Presbiteriano Reformado - Cuidaréis de hacer todo lo que yo os mando: no añadirás á ello, ni quitarás de ello.



¿Son los Himnos «Cristianos» Idolatría?

Tomado de la Revista:

El Defensor de la Reforma.

VOL. I. MARZO 1874 No.1

Algunos lectores pueden estar listos para replicar con una sucesión de interrogantes como la mejor respuesta a la pregunta de arriba: tales como —¿Por qué hacer un pregunta tan impertinente? ¿Acaso no se nos está insultando con una pregunta tan obviamente profana y poco caritativa? ¿Acusamos tácitamente del pecado de idolatría a todos los eruditos y piadosos de las generaciones pasadas y presentes, quienes - viviendo y muriendo - se han deleitado a sí mismos con himnos evangélicos?

Si el lector puede controlar por un momento su espíritu acalorado que estas y tales preguntas producen, nosotros entonces le pediremos que él considere nuestra investigación a la luz de la razón y de las Escrituras.

Bien, si nosotros y nuestros lectores podemos mantener nuestros estribos, entonces nuestro punto de partida será el ser de Dios. También estaremos de acuerdo que Él debe ser adorado. Pero el adorar, ya sea a una criatura o al Creador, se entiende, rindiéndole ú ofreciendo algo en su honor — en una palabra, glorificándole. Luego debemos conocer su carácter para saber lo que contribuirá para su gloria: porque es cierto que según nuestro concepto del carácter del objeto de nuestra adoración, así serán los medios que hemos elegido por los cuales le rendiremos honor. Ahora bien, toda la historia demuestra que a la razón natural Dios le es un «Dios desconocido», en cuanto a su carácter y persona. ¿Cómo entonces lo adoraremos? ¿Con qué nos presentaremos ante el Señor? La naturaleza misma incita a hacer esta pregunta, pero la naturaleza misma o la razón no pueden dar una respuesta satisfactoria. Dios sólo puede dar la respuesta; —«Él te ha mostrado, O hombre, lo que es bueno» Miqueas 6:8. Sí. Es sólo del objeto de la adoración de dónde aprendemos con que podemos acercarnos y ser aceptados. «La única regla para dirigirnos cómo podemos glorificarle,» nos la ha dado misericordiosamente en las Sagradas Escrituras.

Los árboles en el bosque son hermosos y útiles. Así también los himnos pueden tanto recrear como edificar el espíritu humano. Sin embargo, si una persona, «escoge un árbol que no se pudrirá,» para avivar sus sentimientos de devoción; o si multiplica los altares para el mismo propósito; aunque lo haga con «las mejores intenciones,» se nos ha dicho claramente que su culto o adoración no será aceptable a Dios. Los árboles son buenos y útiles para propósitos legítimos, pero muy malos como ayudas para la devoción, ya sea formados en la semejanza de un hombre o de una cruz. El adorador puede alegar – como lo hacen tanto los paganos como los papistas[católico romanos] – que ellos no adoran la imagen; pero aún, como Israel en el pie de Sinai, pueden profesar que están honrando a Jehová (Éxodo. 32:5). Sin embargo el Señor los acusará de idolatría y procederá con ellos como lo merecen (1 Corintios 10:7).

No estamos diciendo que tenemos algo contra la poesía, o contra los himnos de tendencia moral o religiosa. Al contrario, nos deleitan las Musas [inspiraciones poéticas] cuando se mantienen en sus lugares apropiados y respectivos … No somos enemigos de Sonetos Evangélicos. Pero los Salmos son una parte integral de «toda la Escritura dada por la inspiración de Dios.» El «habló por boca de todos sus santos profetas.» Ahora bien ni es el orador ni su boca que imparten carácter divino o autoridad a lo que se habla. Dios es el que habla en los Salmos; y conforme a uno de los cánones del razonamiento, Él y sólo Él, nos puede decir lo que contribuye a su honor o alabanza. La santidad de Aarón no santificó el becerro de oro. El becerro no contribuyó para avivar la adoración verdadera. Es cierto que contribuyó para despertar poderosamente los sentimientos animalísticos de los israelitas: — «El pueblo se levantó a jugar» Exo. 32:6. Sí, «Josué oyó el clamor del pueblo que gritaba» Exo. 32:17. Un celo ciego y una adoración idólatra es a menudo ruidosa (Hch.19:34). Ni David, ni Heman, ni cualquier otro, dirigen nuestra devoción, ni prescriben el material que se debe usar en la adoración divina: esto es algo que le pertenece por derecho exclusivo al «Músico Principal,» el Señor Cristo (Salmo 22:22; Hebreos 2:12). Es un atrevimiento impío en cualquier hombre que procure ejercitar este sublime derecho mediadoral [perteneciente a Cristo como mediador].

No sólo el material de la alabanza, pero también los accesorios a menudo están contaminados con idolatría. Seamos claros. ¿Acaso los adoradores de nuestro día, especialmente cantantes artísticos de himnos, procuran «agradar a Dios»? La sustancia de la piedad de Enóc consistía en hacer esto (Hebreos 11:5). El profeta Miqueas enfatiza este mismo punto (Miq. 6:6,7). ¿En qué se enfocan los pensamientos de los adoradores en tiempos modernos? ¿En los detalles minuciosos de la composición musical, o en las perfecciones adorables y obras maravillosas de Dios? No queremos ser desconsiderados, pero tememos que la devoción y el gusto de los adoradores, brota más de la armonía de los sonidos que de una contemplación de la armonía de los atributos de Dios manifestados en la administración de la redención del hombre. Lector, ¿no es así? Y si tal es el caso, entonces tu música, sea vocal o instrumental, toma el lugar que le corresponde a Dios y sólo es una especie de la idolatría refinada.

Bajo esta misma categoría se incluirían los llamados días de fiesta, las decoraciones, los árboles de navidad, etc., que ocasional o periódicamente se relacionan con lugares y tiempos de adoración. ¿Por qué no se detienen los presbiterianos, o aún los protestantes, para preguntarse de dónde proceden estos símbolos? ¿Acaso no saben que todos estos símbolos son de origen pagano y papista [catolicismo romano], y que en las mentes de sus inventores todo este simbolismo religioso está conectado con ideas idólatras y supersticiosas? Pero se nos dice que los niños y la juventud no va a interesarse en cosas de religión si estas atracciones no están presentes. ¡Interesados en cosas de religión! ¡Cómo! Ninguno de todos estos accesorios o invenciones tienen conexión con cosas de religión. Más bien, todo esto tiene la tendencia para alejar a uno de todo aquello que es espiritual en la religión de Cristo. Y cuando las mentes crédulas e ingenuas de niños se obsesionan con tales exhibiciones seductoras, y se acostumbran a ver estas invenciones asociadas con cosas de religión y con la iglesia, va a ser difícil prevalecer con ellos en el tiempo de su madurez a «dejar cosas de niños» 1 Cor. 13:11. Pero, no es solo por causa «de los niños en Cristo» que escribimos estas cosas. Los «jóvenes y padres» tienen igual necesidad de esta exhortación. Los que son verdaderamente niños lloran para que se les dé leyendas, árboles de navidad, cuadros, etc., así como lo hacen para pedir dulces en las fiestas religiosas modernas; y padres cristianos que fácilmente son manipulados o que son de «religión dudosa» con frecuencia consienten a los antojos juveniles — «no en ningún honor para satisfacer la carne.»

La clara luz derramada sobre el mundo por las Sagradas Escrituras ha desterrado en gran medida la práctica de postrar el cuerpo ante ídolos materiales; pero los ídolos más sutiles — no del ego, ni de la codicia y tales cosas, pero de la imaginación vana, corrompen y rebajan los pensamientos y afectos del alma humana. «¿Se agradará el Señor con miles» de himnos, órganos, grupos musicales, y «con el sonido de toda clase de música?» Daniel 3:5. ¿No esperaríamos recibir aquella pregunta penetrante, al ofrecer tal adoración, «¿Quién demandó esto de vuestras manos?» (Isaías 1:12).

Aún el piadoso [Matthew] Henry, uno de nuestros mejores comentaristas para usar en la familia, en sus observaciones preliminares sobre el Libro de los Salmos, si no inculca, este autor aprueba algo de adoración de origen humano en el servicio de alabanza. El dice, — «Aunque no necesitamos himnos y cantos espirituales, podemos ir más allá de los Salmos de David.» Está claro que con esto se refiere a composiciones sin inspiración divina, y que tales pueden ser ofrecidas como sacrificio a Dios. Él no se atreve a decir que estas composiciones deben, o que por necesidad deberían usarse para la adoración. Pero esta clase de lenguaje cauteloso y traicionero es todo lo que se aventuran a emplear tranquilamente los que abogan la adoración de origen humano. Estos parecen estar concientes de que si la autoridad divina se demandase para apoyar sus invenciones, algunas conciencias tiernas se alarmarían.

«Podemos ir más allá de los Salmos de David,» nos dicen. Pero, ¿Qué tanto «más allá»? ¿Dónde nos detendríamos? O ¿No habrá límites? Tales preguntas brotan naturalmente de la afirmación precipitada del piadoso Matthew Henry. ¿Adoptaremos las efusiones de hombres considerados piadosos, como el Dr. Isaac Watts; de quien a menudo hemos oído afirmaciones, que él era por lo menos «tan buen hombre como David, y por lo tanto tenía tan buen derecho para componer salmos»? O ¿«podemos ir aún más allá,» al grado circunscrito por el Sr. Henry, e incorporar en nuestra «colección» de cantos para el santuario, las melodías lascivas de Robert Burns y las cancioncillas amorosas de Thomas Moore? [¿O los himnos nacionales, las canciones tradicionales, y estrofas de carácter político?] ¡Qué triste! Que para confrontar la situación actual, tengamos que rastrear entre tales materiales obscenos. Los papistas por lo menos en su adoración de origen humano son consistentes; pues no profesan ser limitados por las Sagradas Escrituras, ya que tienen un acceso a una cantidad indefinida de «tradiciones». Pero la contradicción equivale a la impiedad de los que, mientras que protestan contra la idolatría de Roma, están íntimamente imitando su ejemplo anticristiano.

Para contrarrestar la tendencia presente donde quiera visible para seguir las huellas de la iglesia de Roma en su apostasía, no conocemos mejores medios que llamar la atención del lector a algunas de las declaraciones maduras y solemnes de nuestros antepasados reformadores, que creemos estar «fundadas sobre la palabra de Dios». «El segundo mandamiento prohíbe la adoración de Dios por medio de imágenes, o por cualquier otro medio no establecido en su palabra» [Catecismo Menor, pregunta 51]. Otra vez, «el modo aceptable de adorar al verdadero Dios es instituido por Él mismo, y está tan limitado por su propia voluntad revelada, que no se debe adorar a Dios conforme a las imaginaciones e invenciones de los hombres o las sugerencias de Satanás, bajo ninguna representación visible o en ningún otro modo no prescrito en las Santas Escrituras» [Confesión de Fe de Westminster, cap. 21:1]. El libro mahometano del Corán, las tradiciones de Roma, y el Libro de mormón, son añadiduras confesadas a defectos supuestos de la Biblia; ¿de igual manera no son los innumerables himnos, igualmente contrarios como los anteriores, añadiduras confesadas al sistema de adoración que Dios nos ha dado en «el Libro de Salmos»? ¿Acaso no son todas estas invenciones humanas usurpaciones y atentados directos contra las prerrogativas de Dios? Como todo esto son arreglos declarados en la religión cristiana, y ayudas para la devoción; por consiguiente son de carácter supersticioso e idólatra. No pueden ser defendidos exitosamente por argumentos creíbles provenientes de «la antigüedad, de la costumbre, de la devoción, de intenciones buenas, u de otro pretexto o subterfugio cualesquiera que sea.»

Además, aún sobre la suposición que todos los himnos utilizados en la adoración divina fuesen, como se denominan, «bíblicos», sin embargo el uso de ellos haría imposible la unión de la iglesia cristiana. Con cuan mayor razón, cuando sabemos que muchos de ellos no sólo carecen base bíblica pero son contrarios a la misma Escritura. No hay nada más cierto que cada denominación que utiliza himnos en la adoración, incorpora en su sistema de alabanza los principios y el orden que corresponde a todo el cuerpo [eclesiástico]. Los Unitarios [Modernistas], ya sea de la clase arriana [Testigos de Jehová] o socinia, excluirán todo aquello que favorezca a la doctrina de la Trinidad, o a la Deidad suprema de nuestro único Salvador. En sus salmodias, como en sus sermones, «negarán al Señor que los compró». El Universalista y el Arminiano hará lo mismo. Así que mientras aquellos cristianos profesantes se apegan a sus «himnarios gruesos» discordantes y contradictorios, y se «entontecen con sus ídolos» Jer. 50:38, respectivamente, es muy evidente que esa unión entre ellos resultará simplemente imposible.

Nuestro espacio no nos permite por el momento entrar en una discusión sobre los principios incorporados en la himnología moderna; ni para señalar errores, y aún herejías, que a través de este medio fascinador el progreso del Evangelio es estorbado. Podemos reanudar el tema en un tiempo futuro. ¡Ah! ¡Cómo «privan sus almas del bien» quienes rehúsan las aguas de Siloé, y beben de las corrientes enlodadas por los pies de los sacerdotes!



Traducido por Edgar A Ibarra Jr

y

Joel Chairez


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