Presbiteriano Reformado - La Historia de los Pactantes



Historia de los Pactantes Escoceses

Por J. C. McFeeters

Tabla de Contenido:

Capitulo 21 Capitulo 22 Capitulo 23 Capitulo 24 Capitulo 25
Capitulo 26 Capitulo 27 Capitulo 28 Capitulo 29 Capitulo 30

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Capitulo 21



Tiempos de Sacudimiento — 1653 d. C.



Ahora entramos al período más solemne en la historia de los Pactantes o sea los Covenanters. Hasta ahora hemos estado en la línea de batalla. Todo lo que hemos observado nos ha estado dirigiendo a una la lucha desesperada y sangrienta, que duró veintiocho años, a un precio que costó caudales de sangre y sufrimiento indescriptible, mas finalmente teniendo como resultado una herencia rica de libertad, de luz, y de religión, que ahora gozamos.

Oliver Cromwell, habiendo derrotado al rey Carlos, gobernó a Escocia por cinco años. El fue titulado como «Lord Protector», pero en realidad fue un Dictador. El gobierno estaba centralizado más que nunca en ese hombre. Muchas calidades extrañas se mezclaron en este autócrata austero, algunas de las cuales llaman nuestra admiración. Era severo y penosamente severo, aunque mucha sagacidad y justicia caracterizaron su administración. Durante su dominio las Iglesias Reformadas en sus propios reinos y en el Continente fueron por él defendidas heroicamente. El llegó a ser, en la mano del Señor, «la sombra de un gran peñasco en una tierra calurosa». Los perseguidos hallaron refugio bajo su sombra, en la providencia del Señor. Vengó la masacre de los protestantes en Irlanda, detuvo la persecución de cristianos en el Continente, y le dio a Roma la alternativa, de dejar su obra de matanza, o atenerse al trueno de sus legiones ante sus puertas.

La Iglesia de los Pactantes (Covenanters) por otra parte tuvo una experiencia muy excepcional en las manos de Cromwell. En una manera despiadada y despótica disolvió la Asamblea General, eliminó el Tribunal Supremo [Asamblea General] de la Casa [Iglesia] de Dios por un periodo de más de treinta y cinco años. La reunión previa a este acto de violencia se había llevado a cabo en pleno verano de 1653. Los ministros y los ancianos habían venido de todas partes de Escocia, para tomar consejo, o más bien en debatir, con respecto al reino del Señor Jesucristo. El aire salubre y acogedor del cielo de Edimburgo se había unido con los intereses sagrados y alentadores del Evangelio para despertar todo lo que era noble y divino en cada corazón. El Moderador dirigió reverentemente la Asamblea en oración y constituyó el tribunal eclesiástico en la manera más solemne en el nombre de Jesucristo. Tal oración debería agobiar el alma con la presencia de Dios, cargar la conciencia con responsabilidades, hacer el mundo espiritual portentosamente visible, y traer los siervos de Dios ante Su tribunal.

La primera sombra que oscureció la Asamblea General fue la discusión de «El Compromiso». Dos hombres sin escrúpulos - uno de ellos un Covenanter - habían hecho un acuerdo secreto con Carlos I en su cautiverio. Ellos habían prometido elevarlo de nuevo, si fuese posible, en su trono; él había prometido a cambio favorecer el Presbiterianismo por tres años. «El Compromiso» despertó discusiones serias y violentas en la Asamblea. El elemento de contienda había entrado ahora en el Tribunal Supremo de la Casa de Dios, y la tendencia decadente fue deplorablemente rápida.

La siguiente aflicción fue la abolición de «El Acta de Clases». «El Acta de Clases» protegía todos los puestos de confianza en el gobierno y en el ejército. Nadie más que los que expresaban simpatía al Pacto Nacional tenía derecho a puestos de confianza. He aquí un estado inigualable en asuntos civiles; el mundo nunca había visto cosas semejantes. Esto fue un avance maravilloso hacia el Milenio. Los padres son dignos de todo elogio por este esfuerzo nunca antes visto de construir el gobierno nacional sobre el verdadero fundamento de la voluntad de Dios, y administrado por hombres bajo Pacto con Jesucristo, el REY DE REYES. Este fue el primer intento de erigir un gobierno cristiano, en el cual el temor de Dios debería extenderse a cada departamento y caracterizar a cada funcionario público. La disolución del «Acta de Clases»encerraba un gran asunto moral que la Asamblea General tenía que confrontar. En una manera inexplicable, la Asamblea fue dividida en esta discusión; el debate se volvía más intenso y más amargamente apasionado. La mayoría favoreció la disolución, así abriendo de par en par las compuertas de debilitamiento moral en puestos públicos. Estos fueron llamados los «Resolutioners» o Resolucionistas, porque en efecto esta era la resolución que ofrecían, y que apoyaban: la minoría fue llamada los «Protesters» o Protestadores, porque protestaban contra esto.

Los Resolutioners se volvieron cada vez más tolerantes. Ellos podrían haberse estremecido por ser llamados extremistas y rígidos; ellos podrían haber procurado ser tenidos como comprensivos y caritativos. Se debilitaron en principios morales y en influencia, por consiguiente perdieron su poder y posición cuando fueron probados por los fuegos de la persecución. Finalmente se deshicieron y desaparecieron entre los enemigos del Pacto, como hojuelas de nieve que caen en el fango.

Los Protesters fueron los Covenanters que continuaron con el Señor Jesucristo en Su Tentación. Cuando el Pacto demandó mártires, ellos fueron los mártires. Cuándo la causa de Cristo demandó testigos, ellos fueron los testigos. Ellos dieron su testimonio con una voz clara, y lo sellaron con su sangre. Estos son los que ahora cuyo sendero carmesí seguiremos, si es la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, hasta que lleguemos a uno de los últimos en la lista de honor de Escocia - el agradable, joven e inocente James Renwick.

Dios requiere que Su Iglesia reciba, proclame, y defienda la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, como está en el Señor Jesucristo. Esta obligación es de gran peso, y el deber difícil, pero ninguna exoneración se concede de esta obligación. La Iglesia que sostiene la mayor parte de la verdad debe atraer a la mayor parte de las personas; la Iglesia que abandona cualquier verdad por cualquier razón resultará incompetente para almas sinceras. La organización que abarca la medida más grande de la Palabra de Dios es la Iglesia más grande; la que contiene la más pequeña es la más pequeña. «De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos». Estas son las palabras del Señor Jesucristo. Ante sus ojos una Iglesia se mide, no por el número miembros, sino por la verdad que profesa, que representa, y que proclama.


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Capitulo 22


Un Mártir Ilustre – 1660 d. C.



Archibald Campbell, el Marqués de Argyle, fue el primer mártir que sufrió bajo la mano del rey Carlos II. Por veintidós años este ilustre noble estuvo siendo instruido en manera especial para recibir los honores de un mártir. El llegó a identificarse con los Covenanters en la Asamblea General de 1638. De ese tiempo trajo consigo su influencia, riqueza, poder, y posición al servicio de su Señor del Pacto, y llegó a ser poderoso en la causa de Dios. El maduró muy temprano en sus convicciones y fue santificado por las experiencias, que le adquirieron la distinción más alta concedida a mortales - el martirio. Estaba en la flor de sus años, en la cumbre de su carrera terrenal, cuando dio su vida por la causa de Cristo. El fue un verdadero guerrero; cada gota de su sangre estaba saturada de heroísmo. Al confrontar la muerte sintió el latido del espíritu militar, pero lo suprimió y dijo serenamente, «podría morir como un romano, pero quiero morir como un cristiano».

Cuándo Cromwell había debilitado a Escocia, procuró convertir a la Iglesia Pactante al congregacionalismo. Aunque él poseía algunas calidades nobles, sin embargo este trabajo ignominia se llevó a cabo con los métodos del musulmán - con la Biblia en una mano y con la espada en la otra. Una resolución a favor del congregacionalismo se introdujo en la Asamblea General de 1652. Esto fue rechazado. La supresión militar de la Asamblea en su próxima reunión fue la amarga venganza de Cromwell. Sin embargo no dejemos de tomar en cuenta la mano de Dios en el derrocamiento del Tribunal Supremo [Asamblea General] de Su Casa. Al igual que con el Templo en Jerusalén antes de su destrucción, este Templo ya estaba desolado; la gloria había partido antes que la tempestad de la ira divina lo hubiera herido. La resolución de los Resolucionistas, en unos años atrás, que favorecían la revocación del «Acta de Clases,» fue una violación indiscutible del Pacto, y los procedimientos en la Asamblea con esto se habían degenerado a debates amargos. La Asamblea había perdido su poder para bien, y por consiguiente también su derecho de existir; esta parte del candelero dorado había agotado su aceite y Dios removió la parte inservible.

Cuándo Cromwell murió la nación experimentó una reacción extraña. Los políticos de los dos reinos, Escocia e Inglaterra, retrocediendo de la disciplina severa del «Protector,» se emprendieron a todo tipo de libertinaje y disipación. Un clamor para hacer volver el disoluto rey Carlos II barrió el país de Londres hasta Edimburgo. Aún los Covenanters eran enérgicos en el llamamiento del monarca desterrado. Estos determinaron en no ser los últimos en hacer volver al rey. Sin embargo, ellos le renovarían su lealtad sólo a condición de que él renovase el Pacto junto con ellos. Desde Francia, donde había encontrado refugio, llegó su respuesta seductora, «Soy un rey Pactante». Fue recibido con calurosas manifestaciones.

El rey Carlos organizó su gobierno en Escocia al colocar inmediatamente en poder a los enemigos más malignos de los Covenanters. Dentro de un mes estaban listos para ejecutar a cualquiera que quisiesen. El Conde de Middleton fue el funcionario principal. Mientras que se hallaba distraído por la bebida, divulgó las instrucciones secretas del rey, confesando que se le había encargado hacer tres cosas: (1) Abrogar el Pacto; (2) Decapitar al Sr. Argyle; (3) Envainar la espada de cada hombre en el seno de su hermano.

El Sr. Argyle era en aquellos tiempos uno de los grandes hombres de Escocia, si no el más grande. Fue reconocido en el Concilio como alguien que sobrepasaba a sus contemporáneos, en excelencia personal, en un espíritu desinteresado, en honradez y en habilidades ejecutivas. El era un consumado erudito, un estadista magistral, un propietario rico, un soldado valeroso, y un fiel Covenanter. Sus magníficas propiedades yacían en Argyleshire, donde las montañas están rodeadas con lagos en la manera más atractiva. Los paisajes son encantadores. Pero la esplendidez más grande de mil hermosos atardeceres se desvanecen con el recuerdo del famoso Sr. Argyle, de él mismo, de su esposa y de sus niños; su hogar, su altar familiar, su Pacto y su martirio. ¡Que grandiosidad incomparable donde tales recuerdos sagrados extienden sus colores!

Cuando Carlos II fue elevado al trono, diez años atrás, el Sr. Argyle tuvo el honor de poner la corona sobre su cabeza. El rey en aquel momento le disimuló gran amistad y respeto. Pidió consejo del Sr. Argyle y lo recibió en aparente humildad y con un aprecio manifiesto. En cierta ocasión se quedó con él casi toda la noche en oración, para prepararse y estar bien dispuesto para gobernar el reino. Aún procuró la mano de la hija del Sr. Argyle para matrimonio. Tal era la intimidad anterior del rey para con el Sr. Argyle. Pero una vez que volvió ascender al trono, Carlos II determinó aplastar los Covenanters, y el Sr. Argyle fue su primera víctima.

Cuándo Cromwell estaba conquistando a Escocia, el Sr. Argyle luchó contra él al punto que resistencia adicional era inútil. Aún cuando tuvo que rendirse se negó firmar la declaración de rendición, pero concordó en mantener la paz. Este acuerdo con Cromwell fue la acusación principal que se levantó contra el Sr. Argyle. Fue juzgado y condenado. La sentencia contra él se declaró el sábado; fue ejecutado en el siguiente lunes. El se defendió asimismo elocuentemente. Era una escena sumamente trágica - este hombre sereno, inocente y digno, mirando la cara de sus acusadores e imponiendo respeto con su defensa valerosa, y con una apelación conmovedora para recibir justicia. Puesto de rodillas recibió su sentencia: la muerte por decapitación, su cabeza puesta encima de una de las puertas de la ciudad, como una advertencia horrible a todos Covenanters. El Sr. Argyle se levantó de sus rodillas y mirando a sus asesinos judiciales, dijo serenamente, «Tuve el honor de poner la corona en la cabeza del rey, y ahora él me apresura para obtener una mejor corona que la que él posee». La causa verdadera de su muerte fue su devoción al Pacto, y a las amonestaciones solemnes que había propuesto al rey.

Su esposa, al oír el decreto de muerte, corrió a su prisión. «Ellos me han dado hasta el lunes para estar contigo,» dijo él. La agobiada mujer fue vencida. «El Señor lo demandará; el Señor lo demandará;» dijo ella con agobio estremecedor. «¡Desiste, desiste!» contestó el Sr. Argyle, «pues en verdad yo me compadezco de ellos: no saben lo que hacen». Fue lleno de gozo inexpresable al pensar que honraría a Cristo con su sangre. El temor a la muerte había desaparecido. El cielo estaba tan cerca; la gloria estaba por desbordarse sobre él; pronto vería al Señor cara a cara. Se acercó a su ejecución como un príncipe a su coronación. Este fue el Esteban de ese tiempo, y ésta la persecución que dispersó a los Covenanters.


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Capitulo 23


Resistiendo hasta la Sangre – 1661 d. C.



El rey Carlos había puesto al Sr. Argyle a muerte. La cabeza de este noble martirizado había sido colocada encima de la puerta principal, llamada el Puerto de Netherbow de Edimburgo. Allí permaneció cuatro años, para la curiosidad y asombro de la gente en la claridad del día y en la oscuridad de la noche. Y sin embargo el espectáculo tenía sus atracciones. El ceño amplio y el semblante benévolo retenían todavía la expresión de bondad y de grandeza. Las características bronceadas por el sol y los cabellos sacudidos por el viento, la cara inmóvil y los labios silenciosos, llamaban en una manera conmovedora la atención de los que pasaban por allí. Muchos corazones fueron ablandados, muchos ojos fueron humedecidos, muchos pensamientos solemnes fueron despertados.

La muerte del Sr. Argyle sólo despertó el espíritu feroz del rey. El tigre había gustado sangre; ahora quería beber en abundancia del diluvio carmesí y saciar su corazón cruel. Con odio vengativo extendió su mano a Samuel Rutherford, el venerable ministro de Anwoth. Ni la salud débil ni los cabellos plateados pudieron tocar la compasión del rey. Una piedra nunca late con bondad. Pero antes de que el oficial extendiese su mano sobre este hombre de Dios, su Señor y Amo se lo llevó al cielo.

James Guthrie de Stirling, un ministro distinguido de Cristo, fue el siguiente sobre quien el rey fijó sus ojos crueles. El Sr. Guthrie fue arrestado y puesto en la prisión para aguardar ser juzgado por «alta traición». ¡Alta traición! ¿Qué fue alta traición en aquellos tiempos? ¿Qué había hecho el Sr. Guthrie para merecer el disgusto mortal de rey? He aquí el resumen de sus crímenes:

El había escrito y había publicado un mensaje a la nación, titulado «Las Causas de la Ira de Dios», indicando las muchas violaciones del Pacto, y exhortando al arrepentimiento.

La Asamblea se había reunido el año pasado en esta misma manera devota y solemne, pero los negocios del Señor Jesucristo pronto degeneraron en una discusión amarga y perjudicial, que duró dos semanas y terminó en confusión. El debate evidentemente ahora debía ser renovado con amargura y vehemencia adicionales que se habían acumulado durante el año siguiente. Los ministros y los ancianos convocaron, los asuntos del día que estaban en camino, cuando de repente la Asamblea presenció lo inesperado — un regimiento de soldados se hallaba en el cementerio de la Iglesia. Cromwell los había mandado. Los soldados, en uniformes brillantes y encrespados con espadas y fusiles, infundieron asombro en los corazones de los delegados. El coronel ordenó que saliesen de la casa. Ellos salieron delante de los soldados y, siendo acompañados más allá de los límites de la ciudad, fueron enviados a casa, para no volver, bajo pena de castigo.

La Asamblea General había caído en un estado de amarga disensión - la trampa de Satanás. Había dos partidos y ambos tenían casi el mismo número de seguidores. Su poder para el bien fue neutralizado mucho tanto el uno como por el otro; su influencia para hacer daño era incalculable; el efecto nefasto se extendió como una sombra fulminante sobre la tierra. Los dos partidos, al principio, se distinguían principalmente en los métodos empleados para alcanzar el mismo fin. El uno era gobernado por la conveniencia; el otro por principios. La conveniencia atrajo a la mayoría; por principios fue adoptado por los demás. La mayoría rebajó las obligaciones del Pacto; la minoría se apego al espíritu y a la letra del acuerdo sagrado. El partido que tenía el poder precipitó las condiciones espantosas. Esto hizo por violaciones repetidas del Pacto. La responsabilidad para las acciones ignominias, y por el fin vergonzoso de la Asamblea, debe atribuírseles aquellos que hicieron la discusión una necesidad moral.

El debate continuó año tras año a punto que todos los demás intereses en la Asamblea General fueron oscurecidos por este. La voz de la Iglesia, en otro tiempo poderoso en ser una guía en asuntos públicos, ahora era despreciada; los acentos de las voces eran roncos, lúgubres y alarmantes, que hacían correr fría la sangre. Luego llegó Cromwell y disolvió la Asamblea como cuando alguien apaga una vela. Ésta había estado emitiendo humo mal oliente pero con poca luz. ¿Nos sorprendemos que Dios le permitiera extinguir la chispa ruidosa?

Los Protestadores defendieron todo lo que el Pacto encerraba. Al Pacto le daban mucha importancia en su conciencia; temblaban ante sus infracciones. Ellos miraban en las violaciones del Pacto la ira de Dios contra sí mismos, contra la Iglesia, y contra la nación. Ellos creían que nada podría compensar las pérdidas que se acarreaban al abandonar el Pacto. Ellos confiaban en Dios con una fe absoluta; no acudirían a la conveniencia para nada; no se acomodarían a ningún precepto, no, ni siquiera por las ventajas más grandes. Ellos sabían que Dios traería paz, victoria, y prosperidad a su país por medio del Pacto; y que El traería también derrotas, penas y desolaciones por sus violaciones.

Este fue un cedro de Líbano, un árbol escogido de Dios, distinguido por su gracia, por su fortaleza, y por su eminencia, elevándose por encima de los árboles del bosque. Por lo tanto, el primer estallido cayó sobre él con una fuerza mortal. Luego descendió la tremenda tempestad sobre los árboles inferiores, y ahora el monte de la Casa de Dios se hallaba regado de ellos. Los próximos veintiocho años fueron llenos de lamentación, de luto y de aflicción. Observemos la condición de la Iglesia Pactante, entre tanto que esta época de horror se extiende sobre Escocia.

La Iglesia no pareció ser afectada gravemente por la eliminación de la Asamblea. El proceso fue más semejante cuando se elimina un tumor de un órgano esencial. Dios puede prescindir de las partes más excelentes de la organización de la Iglesia, cuando éstas se contagian con alguna enfermedad y ponen en peligro el sistema con envenenamiento de sangre. Durante el régimen de Cromwell, los tribunales inferiores en su mayor parte permanecieron tranquilos. Los sínodos prosperaron; los presbiterios siguieron su trabajo sin interrupción; las congregaciones gozaron de tranquilidad y descanso. La contienda que existía en la Iglesia fue principalmente entre los pastores, no entre las ovejas. Había 14 sínodos, 68 presbiterios, y 900 congregaciones, cuando la persecución empezó bajo el rey Carlos II.

Durante la administración de Cromwell el país tuvo descanso; una tranquilidad única prevaleció entre los clanes [unidades sociales guiadas por un caudillo]; había una gran calma. Los cuatro ángeles detenían los cuatro vientos de la tierra, hasta que los siervos de Dios fuesen sellados en sus frentes. El pueblo fue diligente en esperar al Señor; el Espíritu Santo descendió sobre ellos con poder, se ocuparon con gran entusiasmo en las ordenanzas de gracia. Se reunían en torno del altar familiar, en la Casa de Dios, santificaban el Día de Reposo, atendían a los Sacramentos, y se ocupaban mucho en la oración secreta. Así se preparaban sin querer para entrar en la nube imponente. La vid tomaba raíz profunda, anticipando la tempestad que se extendía en el horizonte.

La escasez de dificultades nos vuelve tiernos y pusilánimes. Los terrenos arduos y las condiciones desagradables, por las que tienen que pasar los cristianos, hacen la vida robusta, sublimen, triunfante, fructífera en toda buena obra, útil en el Espíritu Santo, y una que glorifica a Dios.

James Guthrie había predicado, había hablado, había escrito, había votado, y había protestado contra la «Resolución» y los «Resolutioners,» porque ellos habían aprobado la suspensión del Examen Moral para puestos públicos.

El había rebajado la autoridad del rey, cuando fue citado para ser juzgado por sus servicios ministeriales que sus enemigos consideraban como actos de traición.

El había defendido la supremacía de Cristo sobre la Iglesia y sobre la nación, y había cuestionado la autoridad del rey en asuntos eclesiásticos.

Por proseguir este curso, James Guthrie fue acusado de «alta traición». Pero los términos más viles del mundo y los cargos más bajos hechos por hombres a menudo se convierten en las insignias más ilustres del cielo. Las esposas con que encadenaron a Rutherford, él les llamó «oro», y su prisión llamó «El Palacio de Rey».

¿Podría Guthrie haber tomado otro curso como un ministro fiel de Jesucristo, en su alto llamado del Evangelio? ¿Acaso no era responsable por el honor de la Iglesia? ¿Acaso no se le confió la verdad, los reclamos y la gloria de Cristo? ¿Acaso no era responsable por las almas que dependían en su ministerio?

Guthrie consideraba el ministerio de Evangelio desde una perspectiva exaltada. El tenía ojos de águila para extenderse por todo el horizonte que tenía por delante, y un corazón de león para confrontar los peligros y las dificultades. El recibía sus instrucciones del Señor, y se sostenía por encima del temor de los hombres. El vivió con la Biblia abierta en su mano; su alma se deleitaba en las verdades sublimes, anchas y profundas de la salvación. Los ministros del Pacto moraban en aquellos tiempos en el pecho del Señor Jesucristo, respiraban de Su espíritu, contemplaban Su gloria, palpitaban con Su amor, y eran llevados irresistiblemente para cumplir los deberes de su alto oficio. Sirvieron como embajadores del Rey del cielo. Sólo al deshonrar su puesto, violar su conciencia, rebajar su hombría, repudiar a su Señor, y arriesgar sus almas, ministros de Cristo harían menos de lo que James Guthrie había hecho. Sin embargo él fue acusado de «alta traición».

El juicio se llevo a cabo el 11 de abril de 1661. Guthrie se presento ante de tribunal, lleno de paz y de tranquilidad. Respondió por si mismo en un discurso magistral. Sus súplicas se sintieron profundamente; algunos miembros del tribunal se levantaron y salieron, diciendo, «No queremos ver nada con la sangre de este hombre justo».

El fue instado a retractarse. Se le ofreció un alto puesto en la Iglesia Episcopal si accedía a los términos de ellos. Tales atractivos los tuvo con gran desprecio. Ni las amenazas ni las recompensas pudieron debilitar su lealtad al Señor Jesucristo y al Pacto. Las palabras finales de su defensa fueron tiernas, osadas, y sublimes:

Mis señores, mi conciencia yo no puedo rendir; pero este cuerpo viejo y loco y esta carne mortal sí entrego, para que hagáis con ellos lo que queráis, ya sea por la muerte, o por el destierro, o por el encarcelamiento, o por cualquier otra cosa. Sólo os imploro que reflexionéis bien qué provecho habrá en mi sangre. El que terminéis conmigo, o con muchos otros, no significa que terminaréis con el Pacto y con la obra de Reforma. Mi sangre, mis cadenas, o mi destierro contribuirán más para la propagación de estas cosas, de lo que mi vida o mi libertad podrían hacer, aunque viviese muchos años.

La pena de muerte se pronunció contra él. Fue condenado para ser colgado, su cabeza para ser colocada encima de la puerta de la ciudad al lado de la del Sr. Argyle. El recibió la sentencia con gran serenidad. La ejecución se fijó para el primer día de junio. A los que estaban pasando juicio sobre su caso, él respondió:

Mis señores, que esta sentencia nunca os afecte más que me afecta a mi; y que mi sangre nunca sea demandada de la familia del rey.

En casos semejantes, sin duda alguna, la esposa por su cariño llega a ser la víctima mayor. Pero la Sra. Guthrie fue fuerte en el Señor, y el grado de su valor fue semejante al grado de sus penas. Ella fue la ayuda idónea y fiel de su marido en ocasiones difíciles. En cierta ocasión cuándo el deber ponía en riesgo la vida de su marido, y él estaba en peligro de titubear, ella lo animó, diciéndole, «Mi querido, a lo que el Señor te de luz y claridad para hacer, eso haz». ¡Palabras nobles! Ningunas otra cosa más sabia o más grande podría haber salido de labios consagrados.

Poco antes de su muerte al Sr. Guthrie se le permitió ver a su hijo, Willie, cuando éste tenía cinco años de edad. El padre acarició tiernamente a su niño, quién muy pronto llegaría a ser un huérfano, y le habló palabras adaptadas para un corazón inocente. El niño quizás comprendió muy poco la tragedia terrible, ya que se encontraba jugando en la calle mientras que su padre moría. Pero el significado de esto pronto brotó sobre él con efectos melancólicos. Se dice que él nunca volvió a jugar.

La ejecución fue pública y las calles estaban llenas. Guthrie montó el patíbulo con un espíritu alegre. Habló con mucha circunspección y seriedad por una hora a la multitud inmensa que se amontonaba para oír sus últimas palabras. Luego se presentó al verdugo, quién le colocó el manto de muerte sobre su cara. Pero, como la luz de ese día brillante de junio fue excluida de sus ojos, una visión de gozo arrobador parecía penetrar en su alma. En ese relámpago de inspiración él vio Escocia: La tierra estaba cubierta con la gloria de Cristo; la paz llenaba todas sus fronteras, y la prosperidad coronaba sus industrias; las iglesias y las escuelas adornaban sus colinas y sus valles; los montes y las llanuras estaban saturados de adoradores devotos; el Día de Reposo emanaba sus bendiciones semanales; los Salmos se elevaban con música solemne en alabanza al Señor Jesucristo. La Reforma Pactante, en esa visión, era triunfante. Levantando el manto de sus ojos, él exclamó con un éxtasis de profeta, y con el grito de un conquistador:


Los Pactos, los Pactos aún revivirán a Escocia.


Así murió en la plena certeza de la victoria. Su cabeza fue puesta sobre el portón, donde permaneció muchos años. El sol bronceó el rostro, las tormentas lo herían, las lluvias lo empapaban, las nieves caían sobre él, los vientos arremolinaban los cabellos plateados, las estrellas contemplaban en silencio, la gente miraba con tristeza, pero James Guthrie era desatento de todo. Su alma estaba entre los redimidos en el cielo regocijándose en la presencia de Dios. James Guthrie había partido a su hogar para estar siempre con el Señor.

El pequeño Willie a menudo venía y se sentaba cerca del portón, mirando atentamente esa cabeza inmóvil silenciosa. El permanecía allí hasta que la noche cubría las características sombrías de su padre. El parecía estar en comunión con el espíritu del que ahora habita más allá de las estrellas.

«Willie, ¿dónde has estado?» su madre le preguntaba cuando regresaba. «He estado mirando la cabeza de papá,» él respondía tristemente. La tensión intensa agotó su vitalidad y murió a una edad temprana.

¿Tenemos una conciencia como la de los padres Pactantes? ¿Una conciencia que no se somete a hombre alguno? ¿Una conciencia que recibe instrucciones sólo de Dios? Cuando se rinde la conciencia a los hombres el alma es puesta en gran peligro.


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Capitulo 24


La Fuente de Poder de los Covenanters – 1661 d. C.


La muerte del Marqués de Argyle fue la señal para el derrocamiento total de la Iglesia Pactante en Escocia. Él fue el principal entre los nobles que se sostuvieron a favor del Pacto en aquellos días, y James Guthrie fue el principal entre los ministros. Estos hombres poderosos se siguieron rápidamente uno tras el otro para regar la viña de Dios con su propia sangre.

El asunto ahora entre el rey y los Covenanters fue claro, directo e inconfundible, más allá de toda posibilidad de ser evadido. Ambos partidos se prepararon para la lucha decisiva; de ahora en adelante acomodamientos eran imposibles.

El rey estaba determinado a abrogar el Pacto, arrasar con el Presbiterianismo, establecer el Episcopado, y asumir para si mismo el puesto, el poder, y las prerrogativas del Señor Jesucristo, como cabeza de la Iglesia.

Los Covenanters disputaron su derecho a estos reclamos arrogantes en cada punto. Desafiaban especialmente su autoridad sobre la Iglesia, y testificaban contra su presunción blasfema. Miraron con horror cuando intentó arrebatar la corona de Cristo, que él mismo quiso llevar encima. Esto ellos resintieron y resistieron considerándolo como traición contra el REY DE REYES. Ellos no iban a someterse a un hombre que se revestía con la supremacía de Cristo; ese manto del sacerdocio real no puede ser llevado por hombre mortal.

Los Covenanters se volvieron fervorosos y valientes en la defensa de la independencia de la Iglesia. Cuando estos dos líderes, Argyle y Guthrie, habían sido sacrificados, sus enemigos pensaron indudablemente que el pueblo sería como ovejas dispersadas sobre montes sin pastor. Pero el Buen Pastor estaba siempre con ellos y les dio ministros fieles, que alimentasen la multitud en medio de sus desolaciones invernales. La Iglesia Pactante tuvo hijos nobles para levantar la cabeza de su desfalleciente madre aún cuándo la persecución estaba en su cúspide.

La Iglesia de Cristo era muy amada por estos Covenanters. La miraban fascinados sobre su origen sublime, su carácter insondable, y su gloria indescriptible. Ella yacía en el corazón mismo de Dios; era la Novia del Hijo de Dios; estaba revestida con la justicia de Dios; estaba adornado con todas las excelencias del carácter Dios que le podría otorgar. La Iglesia era la habitación del Espíritu Santo. El Pacto era el lazo matrimonial que la une a su Señor y Marido. El amor de los Covenanters por la Iglesia del Señor Jesucristo surgió en llamas de celos cuando vieron a un mero hombre, un hombre disoluto y pecador, procurar atraer su corazón y enajenar su cariño de su Señor y Rey. Ellos no lo iban a soportar. El honor y pureza de Él les era de más valor que la vida misma.

El testimonio de los Covenanters contra las injusticias hacia la Iglesia era tanto conmovedor como apasionado, extendiéndose desde súplicas lagrimosas y tiernas, hasta denuncias atrevidas y directas. A veces hablaban con humildad y esperanza, como si estuviesen sobre el Monte de las Bienaventuranzas; en otras ocasiones con severidad y tristeza, como si la voz viniese desde la cumbre ardiente del Monte Sinaí. Su elocuencia en el puesto sagrado igualaba a la mansedumbre de la paloma y al terror del trueno; destilaba como la gota de rocío y hería como relámpago directo. La espada de acero bruñido manejaron para propósitos justos en defensa propia, y la espada de la Palabra emplearon con resultados palpables en la guerra espiritual por su Señor y por Su Iglesia.

La fuerza que los Covenanters poseían y empleaban en combatir por los derechos de la Iglesia, y por las prerrogativas de su Señor, asombran la mente observadora. Sus fuerzas eran siempre suficiente, nuevas cada mañana, refrescantes a cada hora, inagotables bajos las más grandes fatigas, y poderosas para ganar victorias morales por doquiera. ¿De dónde procedía este poder? ¿Cual era su fuente?

Expliquemos como queramos la fortaleza, la inspiración, el entusiasmo, el propósito exaltado, la esperanza indestructible, y la fe inconquistable de los Covenanters bajo el trato cruel y la persecución prolongada que soportaron, debemos llegar a la conclusión que su fortaleza residía en su unión Pactante con el Señor Jesucristo. Estando así unidos a Él, la fuerza de Dios era su fuerza.

Su Pacto lo abrigaban con admiración sacrosanta; su carácter sagrado yacía muy cerca de sus corazones. Elevaba su conciencia ante la presencia de Dios. Su tribunal destellaba su brillo continuamente sobre sus ojos. Un conocimiento profundo de la presencia de Dios, de su poder, y de su aprobación, crecía sobre ellos. La majestad aterradora de Dios los sobrecogía. El amor sacrificatoria de Jesucristo ponía sus corazones en llamas. La Biblia para ellos estaba saturada de promesas, radiante con doctrinas, y aterradora con sus advertencias llameantes. Caminaban en los límites, muchas veces más en las regiones de otro mundo que el de éste. La gloria del Señor caía sobre ellos, al punto que algunos de ellos se veían obligados a clamar, «Detente Señor; basta, es suficiente». ¡Sus pruebas los llevaban a los brazos de su Padre; y, ah, cuán dulce era yacer en Su pecho cuando tenían frío y hambre, fatiga y dolor, en medio de las penalidades de este mundo!

¿Pero fue esta la condición afortunada de muchos, o solamente de unos pocos, en aquellos días de triste adversidad? ¿Y qué de los 100,000 Covenanters que sufrieron en sus hogares, o anduvieron errantes por los montes, o se escondieron en cuevas? Tenemos el registro de unos pocos solos, pero estamos persuadidos que muchos otros gozaron de una porción semejante del abundante amor de Cristo. La promesa de Dios siempre ha sido segura: «Según tus días, así serán tus fuerzas» [Deut. 33:25]. Días aterradores traen fortaleza extraordinaria. El Señor obtuvo una gran cosecha en esos tiempos, de ministros y de pueblo, hombres y mujeres, padres e hijos - una generación de valerosos ilustres.

Samuel Rutherford fue uno de ese ejército poderoso. Su vida descubre el secreto y la fuente de la fortaleza de los Covenanters. El era un hombre de pequeña estatura, incapaz para soportar penalidades. Era de un aspecto agradable, que indicaba gentileza y un corazón tierno. Desde muy temprana edad fue arrojado sobre la tempestad de las dificultades. Una esposa inválida ocupó su atención más compasiva que también recibió con cuidado supremo. Sus niños fueron puestos en pequeñas tumbas, uno tras el otro hasta que sólo le quedó una hija pequeña. El perseguidor lo expulsó de su hogar, de la Iglesia y de su pueblo, para vivir expatriado en una ciudad hostil. A los sesenta y un años, la ira de Rey Carlos II cayó sobre él y su vida le fue demandada, pero Dios lo libró de la horca.

A través de todas estas pruebas el corazón de este pequeño hombre, de voz destemplada, con paso ligero, y con mirada rápida, fue siempre un manantial de alegría y de alabanza. Parecía vivir en el corazón mismo de Dios, caminaba mano a mano con Jesucristo, y estaba envuelto continuamente en las llamas del amor más sagrado. Se dice que se levantaba a las tres de la mañana para pasar cinco horas en oración y en el estudio de la Palabra para prepararse para el trabajo del día. Parecía siempre convivir entre su rebaño, sin embargo estaba siempre preparado para el púlpito.

Este ministro, como su bendito Maestro, podría ser visto, temprano y tarde, «saltando sobre los montes,» en su afán por visitar a su pueblo dispersado extensamente a través del país.

Mientras que andaba, su cabeza se mantenía erguida y con su rostro puesto al cielo; sus ojos recreaban en la gloria celestial. Sus meditaciones lo elevaban en desbordes de alegría en Cristo. Su Pacto con Dios elevaba su alma en la intimidad más dulce con el Señor. El Espíritu Santo descendía sobre él con gran poder y con superabundancia de dones.

Rutherford, teniendo una voz de tono alto, fue un orador pobre; pero eso no le impidió mantener multitudes atentas. Venían desde lejos para oír del amor de Cristo. Contemplaba con arrebato las visiones de la belleza de Cristo, se elevaba en arrebatos de alegría mientras que exponía la gloria de Cristo, y a veces como si se elevaba en vuelos desde del púlpito en su ánimo. Estaba tan saturado de vida, de poder, del cielo, de la gloria, y de Dios, que sus palabras y pensamientos y enseñanzas parecían cuadros, revelaciones, inspiraciones, Apocalipsis, escenas en el mundo eterno, vislumbres de la gloria de Emmanuel y de la tierra de Emmanuel.

Aquí algunos ejemplos de su intensidad espiritual tal como tomaban color y expresión de su alma:

Mi único gozo, después de la flor de mis alegrías que es Cristo, fue predicar a mi más dulce, dulce Maestro, y la gloria de Su reino.


«Por amor a Dios, mendigaría un lugar de reposo en el más caliente de los infiernos, con tal que trajese almas a Cristo.
Si mi negrura fuese revestida con la belleza de Cristo, Su belleza y santidad devorarían mi suciedad.
Los panales de Cristo dejan caer miel y corrientes de consuelo sobre mi alma; mis cadenas son oro».


Cuándo Rutherford se hallaba en su lecho de muerte, sus enemigos mandaron a traerlo para juzgarlo por conducta de traidor. Su conducta de traidor fue sólo su predicación valiente del Evangelio y proclamar la gloria de Cristo como Rey, que incluía denunciar en la manera más severa los reclamos arrogantes de autoridad del rey sobre la Iglesia. Su respuesta a la orden judicial fue, «Decidles que ya tengo una mayor cita ante un Juez Superior, y me es necesario responder a esta primera cita; y antes venga vuestro día, estaré donde pocos reyes y otros grandes vienen». Mientras que yacía muriendo, abrió sus ojos, y su visión frecuente de Cristo y del mundo de gloria prorrumpiendo sobre su alma con un sereno resplandor, exclamó: «Gloria, gloria en la tierra de Emmanuel». Con este arrebato de alegría en sus labios, se unió con la multitud de ropas blancas para tomar el cántico celestial.

La misma fuente de poder está todavía disponible. El poder viene a través de una comunión santa con Dios, una relación personal con Cristo, y la morada interna del Espíritu Santo. ¿Estamos llenos de poder en el servicio del Señor?


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Capitulo 25


Expulsando a los Ministros – 1662 d. C.


“La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia”. En el martirio de Argyle y de Guthrie la sangre de la mejor calidad había sido derramada, y la semilla más preciosa había sido sembrada. Por lo tanto, la cosecha ciertamente será grande, el campo dará fruto a ciento por uno.

La fidelidad de Argyle y de Guthrie, su devoción a Cristo y al Pacto, volvió aparecer en centenares de nobles y en centenares de ministros por todas partes de Escocia. ¿Cómo, querer intimidar y subyugar a los Covenanters con martirio de sus líderes principales? Pero sus enemigos malentendieron sus intenciones y subestimaron su fuerza, desconociendo los principios inmortales del Pacto que los sobrellevaba en el servicio del Señor, no estimando preciosas sus vidas por amor a Cristo. ¡Los Covenanters intimidados! ¿Acaso desfallecerá el sol y menguará bajo los vientos fuertes? ¿Se marchitará el roble en la pérdida de unas pocas ramas? ¿Retrocederán los veteranos ante el primer disparo? Más bien ¿no será despertado el espíritu de combate?

Para este tiempo los Covenanters llegaban cerca de 1,000 ministros, y cerca de 100,000 comunicantes. Ellos tenían 900 congregaciones. Los ministros no eran todos firmes; la levadura de acomodamientos había estado trabajando; la mitad de ellos habían llegado a ser más o menos infectados. Ellos se habían debilitado en el Pacto y se habían rendido al Rey Carlos bajo su administración despiadada. El remolino político en sus círculos externos los estaba atrayendo lenta y sin embargo ciertamente hacia su torbellino horrible.

Los tiempos de sacudimiento habían llegado para los Covenanters. Dios sabe cómo sacudir Su cedazo para limpiar el trigo. Él no busca tamaño, sino calidad. Los números no son nada para El; el carácter es todo lo que importa. Le gustaría tener más bien a Gedeón con 300 hombres que cuadrasen con la regla, que treinta regimientos fuera de la regla. Él eligió más bien una décima parte de Israel que el todo, y cernió la nación en el cedazo de Nabucodonosor para separar el buen trigo del inferior.

La Iglesia Pactante llegó a sobrecargarse con paja, heno, hojarasca y con granos enjutos, y con meollos quebrados – a saber con niveles bajos de vida espiritual – y el Señor sacudió lo malo fuera de la Iglesia al grado que permanecer en ella era sumamente doloroso y difícil. La senda de la fidelidad estaba llena de dificultades. Dios hizo que el mantenerse leales al Pacto fuese peligroso y costoso. Los seguidores de Cristo fueron obligados a tomar la cruz y cargarla. Si desean ser leales a su Señor, ellos deben salir fuera del campamento, y llevar Su vituperio. Si desean mantener su conciencia pura, ellos deben aceptar burlas crueles, azotes, prisiones, destierros, y muerte. De esta manera Dios iba a separar para si «un pueblo propio, celoso de buenas obras». Los otros pueden ser de algún uso en grados, pero para prevenir una apostasía general y decadencia universal, Dios avienta el trigo.

¿Pero quiénes fueron echados fuera de la Iglesia Presbiteriana en el reinado de Carlos II? ¿No fueron los inflexibles, fuertes, e inconmovibles Covenanters? ¿Quiénes son éstos que han sido separados de sus hermanos, y arrojados como tamo ante el viento sobre los montes y praderas? ¿No son los defensores entusiastas de la fe Reformada? ¿No son los verdaderos soldados de Jesucristo? Para el ojo ingenuo, los escrupulosos, los grandes luchadores y estrictos Covenanters fueron arrojados fuera, mientras que los demás se quedaron en casa para distribuir la presa; el partido inestable y vacilante se quedó con la organización y con la Iglesia; el partido estricto sufrió la desintegración y fue desterrado. Pero tal vista es sólo superficial; más bien, es una visión ilusoria.

La Iglesia de Cristo no depende en la organización externa. Ella puede sobrevivir sin asambleas, sin presbiterios, o sin sesiones. Ella puede disfrutar la medida máxima del amor de Cristo sin capillas, sin multitudes, o sin propiedades eclesiásticas. Ella puede tener el poder y así prestar servicio a cualquier comunidad, sin ministros, sin ancianos, o sin diáconos.

Cuándo los Covenanters fueron expulsados por el perseguidor, la Iglesia Pactante salió al desierto, reclinándose sobre el Señor Jesucristo su Amado. Llevó consigo misma todas las cosas esenciales. Tenía la Biblia, el Pacto, la fe, los sacramentos, el Espíritu Santo, el amor de Dios, y la presencia del Señor Jesucristo. Los valles vinieron a ser sus lugares de adoración; los asientos de sus lugares de reunión eran de piedra, con púlpitos de roca, paredes de granito, el césped verde como alfombra, y sus techos el cielo azul. Una fila de piedras era su mesa sacramental, y el susurrante arroyo su fuente bautismal. Los montes estaban rodeados de huestes angelicales, y las praderas cubiertas con el maná del cielo; la bandera del amor de Cristo reposaba sobre estos adoradores, y la gloria de Dios llenaba el lugar. Tal fue la Iglesia de los Covenanters en los tiempos de la persecución.

El rey y sus consejeros en 1662 demandaron de la Iglesia Pactante lo que ningún Pactante (Covenanter) fiel y de gran respeto podría rendir. Las demandas en sustancia eran estas:

  • Que el juramento de la lealtad, que representaba la supremacía del rey sobre la Iglesia y el Estado, deberá ser tomado.

  • Que ningún ministro al predicar y orar hará mención de pecados públicos, ya sea cometidos por el rey o por su parlamento.

  • Que la administración de la Iglesia, hasta cierto punto en cuanto a su constitución será prelatica [Episcopal].

  • Que los edictos del rey y decretos del parlamento no serán cuestionados, aún a la luz de Palabra de Dios.

  • Que los ministros obedecerán estas demandas, o serán desterrados de sus hogares respectivos, parroquias, y presbiterios.

Tal fue el cedazo que filtró la obra. ¿Qué corazón leal podría soportar estos términos? ¿Qué ministro de Cristo, inclinado en preservar su honor y conciencia, podría retener el cargo de su iglesia? En comparación con el Pacto, todo incentivo terrenal era como paja podrida, en el juicio de aquellos cuyos ojos abrazaban el mundo de gloria y descansaban en el Señor.

Doscientos ministros Pactantes aceptaron calladamente la pena. En el último Día de Reposo de octubre, 1662, ellos predicaron sus sermones de despedida. Las iglesias estaban llenas; el dolor del pueblo era indescriptible, gemidos de corazón prorrumpían en lamentaciones fuertes. «Nunca se había presenciado un día tan triste en Escocia como cuando estos desafortunados y perseguidos ministros se despidieron de su pueblo». Otros doscientos se mantuvieron firmes y lucharon en la batalla un poco más de tiempo. Estos fueron expulsados violentamente. Así ese estallido asolador derribó cuatrocientas congregaciones de Covenanters.

El ministro con su esposa y niños salieron en profunda tristeza de la agradable casa parroquial despidiéndose de su amoroso pueblo. Vínculos tiernos fueron rotos y el cariño sacrosanto fue sacrificado; los consuelos de la vida fueron abandonados, y la seguridad, el refugio, y provisiones dejadas atrás. El ministro podría haber retenido todo esto si su conciencia no hubiese sido tan sensible. Pero el siervo del Señor no puede ser sobornado. Ofrézcasele al ministro verdadero de Jesucristo dinero, comodidades, placeres, honores, casas, tierras – todo lo que el mundo puede dar para corromper la conciencia en su llamamiento, y lo único que dará a cambio será un desdén de desprecio que congelará la sangre.

Las tempestades invernales descendían sobre el hombre de Dios y sobre su familia desamparada, mientras que pasaban a través de la propiedad eclesiástica para no volver más. Ellos salieron, sin saber a donde se dirigían. La noche puede caer sobre ellos en un lugar triste; el día de mañana puede venir sobre ellos sin techo, sin alimentos, o sin fuego para calentarse. El invierno puede conducirlos a una cueva fría, donde posiblemente una generosa esposa de algún pastor los puede encontrar, y compartir sin quejarse con ellos su balde de leche y sus bizcochos de avena. Sufrieron con gozo el despojo de sus bienes por amor a Cristo. Estimaron mejor el vituperio de Cristo que las riquezas de Egipto.

Alexander Peden fue uno de esos ministros luchadores. El predicó hasta que fue forzado a dejar su púlpito. En el día de su servicio de despedida su congregación se hallaba envuelta de pesadumbre. Alexander Peden tuvo que refrenar los gemidos de la congregación una y otra vez. Bajando del púlpito después de que el servicio terminó, cerró la puerta del púlpito y lo golpeó tres veces con su Biblia, diciendo con gran énfasis, «Te mando, en el nombre de mi Maestro, que ningún hombre entre jamás, mas que sólo por la puerta como yo he hecho». El púlpito mantuvo ese mandato solemne; nadie entró allí hasta después de la persecución; permaneció vacío veintiséis años.

Los ministros prelaticos fueron enviados para suplir los 400 púlpitos vacíos, pero el pueblo se negó a oírlos. El tiempo de predicar por los campos había llegado; los conventículos por los montes y praderas llegaron a ser la costumbre de ese tiempo.

El ministerio del Evangelio de Jesucristo – ese río de Dios que alegra la ciudad del Señor – ahora había alcanzado los lugares escarpados donde fue esparcido sobre las piedras; pero continuaba fluyendo, e incluso aumentó en tamaño y fuerza. La predicación por estos ministros en lugares desolados era poderosa, apasionada, majestuosa, como voz de trueno entre los montes, que hacía temblar el reino. Grandes pruebas producen grandes hombres.

Vivimos en una época de pocas demandas. Los ministros ahora pueden tener púlpitos y salarios en términos fáciles. Ellos pueden guardar una buena conciencia que no requiere una abnegación excepcional. No hay asuntos providenciales que ahora separe lo falso de lo verdadero. Pero la comodidad de conciencia en el ministerio de la Iglesia, y en los términos fáciles de comunión en su membresía, puede cambiar el oro de Dios y enmohecerlo con escoria, y así hacer necesario que lo pase por el horno. El Señor puede de repente traer un acontecimiento sobre Su Iglesia, que obligará a los verdaderos mostrar su verdad, y a los falsos su gran falsedad. ¿Dónde nos encontraremos cuando venga la prueba?


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Capitulo 26


Las Reuniones en los Campos – 1663 d. C.


Middleton, miembro de la delegación del rey, había dictado a los ministros Pactantes cómo ellos deberían llevar a cabo su ministerio. Pero ellos rechazaron valerosamente su autoridad sobre su trabajo en el Evangelio. Entonces les impuso condiciones sobre las cuales su relación pastoral debía depender. Estas condiciones ya se han señalado en el capítulo anterior. Las cuales se pueden resumir en tres frases breves: un Reconocimiento de la supremacía del rey sobre la Iglesia; un Acuerdo para abstenerse de toda acusación pública del rey; un Consentimiento para llevar a cabo la adoración pública tal como el rey lo ordene.

Tales fueron los términos sobre los cuales los ministros Pactantes podrían continuar su trabajo. Se les dio un mes para tomar una decisión. El conflicto de intereses que probó a los famosos 400 ministros nadie conocía mas que Dios. ¡Hogar, esposa, hijos, salario, comodidad, vínculos tiernos, provisiones futuras, y el bienestar de la congregación – ah, cuánto estaba envuelto en esa decisión! ¿Podrá el marido, el padre, el pastor, el guardián levantarse y abandonar todo? ¿Podrá anular el supremo llamamiento, romper los vínculos sacrosantos, abandonar el campo y el rebaño, y salir fuera, sin saber adónde va? ¿Podrá la carne y sangre soportar una prueba tan dura?

Pero miremos por el otro lado. ¿Acaso el siervo del Señor tomará órdenes de los hombres? ¿Acaso el embajador de Dios sucumbirá para ser callado? ¿Acaso un pastor de Cristo se aferrará a su posición por algo que halle en el sartén de carne? ¿Acaso el predicador de justicia consentirá la maldad? ¿Acaso el heraldo del Evangelio de la libertad se volverá esclavo de los hombres más viles? Esa era la otra perspectiva. ¿Cuál camino tomará el hombre de Dios?

El Señor convirtió la senda de la fidelidad en un camino duro para transitar. Sólo ellos, como Caleb que siguió al Señor del todo, pudieron transitar ese camino. Para llegar a esta decisión, el amor del Señor Jesucristo tenía que nacer del corazón y correr por todas las venas, por encima del amor hacía la esposa, hijos, casa, tierras, hermanos, hermanas, o la misma vida; y debería consumir todo esto en las llamas de su ardor.

Y el Señor también hizo el camino equivocado difícil para transitar; aún intransitable para todos menos para aquellos cuyo pecado contra la luz de su conciencia lo hacía sumamente pecaminoso. ¿Qué cosa más vil, degradante, despreciable, y criminal, que un ministro de Cristo, alquilado a un poder terrenal, comprado con cosas perecederas, y dominado por hombres engañadores? Es de esta manera que Dios separa lo precioso de lo vil separándolos a gran distancia lo uno de lo otro.

En el 1 de noviembre de 1662, tres cuartos de los ministros Pactantes fueron traídos a este valle de decisión. El edicto del rey surtió efecto sobre los que habían sido establecidos como ministros en los pasados trece años; los otros, para algún tiempo, fueron eximidos. Cerca de 700, por lo tanto, se hallaban en medio del valle de decisión. De este número cerca de sesenta por ciento escogió sufrir con Cristo, para poder reinar con él; los demás, siendo de poco ánimo, permanecieron atrás. ¡Todo honor a la Iglesia que puede reunir tal numero de ministros nobles y abnegados! Estos hombres aceptaron el desafío y, como soldados, salieron al campo de batalla, diciendo, «Mantendremos el conflicto hasta vencer, o lo entregaremos en debate a la posteridad».

¡Cuatrocientos ministros expulsados de sus congregaciones! ¡Cuatrocientas iglesias dejadas vacías! ¡Cuatrocientas familias abandonadas! ¡Cuarenta mil ovejas de Dios, y tanto número de corderitos, dejados para vagar en el desierto sin un pastor! ¿Quién podrá estimar las proporciones de esta calamidad? ¿Quién podrá considerar las penas, los sufrimientos, y las grandes pérdidas, tanto públicas como personales, causadas por este acto inicuo del rey?

Pero los cuatrocientos ministros no fueron callados. ¿Quién puede callar lenguas de fuego? Ellos fueron dispersados, pero no fueron conquistados. Tomaron refugio donde se podría encontrar - bajo techos fraternales, dentro de cuevas deprimentes, por los campos abiertos y por las cumbres de los montes. Anduvieron errando sobre praderas desoladas y por cordilleras solitarias. Padecieron hambre, fatiga, enfermedad y frío. Las lluvias del verano los empapaban y las nieves de invierno los dejaban congelados. Sus vestidos eran chales y ropas raídas. Se apresuraban de un lugar para otro a fin de evadir a sus perseguidores, y dondequiera que iban llevaban sus Biblias. La Biblia para ellos en su desolación era comida, bebida, luz, refugio, comunión fraternal, – todo lo que el alma podría desear.

Estos hombres de Dios eran predicadores dedicados, amaban predicar, tenían pasión para predicar. La Palabra de Dios que los llevaba a tales excesos de sufrimiento era como fuego en huesos, una llama inextinguible; y en sus corazones era como aguas crecientes, como un río arrollador. Así como Cristo su Amo y Señor predicaba en el verano y en el invierno, en casas y en los campos, a cuantos venían a Él, así ellos le predicaban a una alma, o a diez mil.

El rey mandó cuadrillas de su ejército por el país para obligar a la gente, que había perdido a sus pastores, a asistir a los servicios de los ministros de la Iglesia Episcopal. Pero ellos se rehusaron. Los nuevos clérigos predicaban a bancas vacías en muchas de las parroquias de los Covenanters. Pero los Covenanters descubrían como por instinto los lugares de refugio de sus propios ministros, y allá acudían a oír su predicación. Viajaban largas distancias para poder escuchar el Evangelio precioso, en su riqueza y plenitud de labios consagrados. Tenían hambre por la Palabra de Dios y estaban dispuestos a soportar dificultades y peligros para poder obtener un banquete espiritual. Estas reuniones al principio fueron pequeñas; con el tiempo se convirtieron en los grandes conventículos en que miles se reunían para adorar a Dios.

Un Día de Reposo en uno de estos conventículos era un día solemne. Una vez que la hora y el lugar se habían fijado de antemano, el pueblo era notificado en una manera muy privada. Una clase de telegrafía inalámbrica parecía ser operada por los Covenanters. Las noticias se esparcían y miles llegaban al llamado. El lugar escogido comúnmente era una pradera solitaria, o bajo el refugio de una montaña desolada; sin embargo cualquier lugar era peligroso. El rey había publicado proclamaciones sucesivas contra los conventículos, y sus tropas recorrían constantemente el país en busca de ellos.

Los servicios eran por necesidad impresionantes. A la hora señalada el pueblo se hallaba en el lugar de reunión. Muchos venían de largas distancias, algunos de ellos viajaban bajo las sombras de la noche. De cada dirección se juntaban. Los padres y las madres con sus hijos e hijas estaban allí. Los jóvenes y los ancianos igualmente se hallaban llenos de celo, y las mujeres eran tan valientes como los hombres. Por el camino inspeccionaban cautelosamente el país desde las cumbres, para ver si los temidos dragoons [soldados del rey] se hallaban a la vista.

Cuando la hora para el servicio había llegado, la audiencia se sentaba sobre el césped o en las piedras. El ministro tomaba su puesto en un lugar prominente. Los centinelas ocupaban los puntos más elevados, de donde ellos podían detectar y así poder informar cuando se acercaban las tropas. La montaña extendía su caluroso refugio sobre la congregación. El sol derramaba su luz sobre ellos como la sonrisa de su Padre celestial. El cielo se extendía sobre ellos como el dosel del sublime trono de Dios. Los vientos barrían por los arbustos y sobre los crepúsculos con una frescura agasajadora. Este era el santuario de Dios hecho no con manos; aquí Su pueblo adoraba en espíritu y en verdad.

El ministro desde su púlpito de pedernal recibía su inspiración. ¡Las personas atentas, los rostros serios, los ojos refulgentes, la hora solemne, el paisaje encantador, la ocasión, los peligros, los privilegios, la responsabilidad, la presencia de Dios, la cercanía del cielo mismo – cuántas cosas no habían aquí para despertar todo lo que era noble, valeroso, y sobrecogedor en el mensajero de Dios! La elocuencia ardiente, apasionada y poderosa, que retumbaba entre esas piedras y que corría por esos arroyos, sobrepasa la descripción del más hábil periodista. Aquí el cielo tocaba la tierra; aquí la eternidad se sobreponía en el tiempo; la gloria divina se extendía sobre los adoradores. Estos fueron días cuando lo que es muy sagrado, sobrecogedor y sublime sobrecargaba las almas de hombres. Aquí aquella oratoria sacrosanta destilaba como rocío, respiraba como un aroma fragante, golpeaba como tormentas, saltaba como llamas devoradoras. Los sermones registrados de estos ministros aún se consideran como la misma médula de la literatura cristiana.

¿Tenemos el celo de estos padres por la casa de nuestro Dios? ¿Somos llevados al lugar de adoración en la hora designada por nuestro amor a Jesucristo? Una mirada al entusiasmo de los conventículos de los Covenanters ciertamente haría que la generación presente se ruborizara.


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Capitulo 27


Tiempos de Comunión de los Covenanters – 1664 d. C.



El Señor Jesucristo ama a Su Iglesia con un amor que se eleva en llamas. «Tengo celos por Jerusalén y a Sion la celé con gran celo». La Iglesia es Su Esposa, Su amada, Su única; El le ha entregado su corazón a ella.

El amor de Jesús por Su Iglesia siempre ha sido intenso. Su sangre fue derramada para su redención. El amor lo trajo al altar, donde Su vida fue consumida por ella. Puso todas las bendiciones del Pacto a sus pies, puso a las huestes angelicales a su servicio, hizo el universo tributario para su bienestar, abrió el cielo para recibirla, preparó su trono a la diestra de Dios, y le dio los siglos eternos para su servicio y deleite, en Jesucristo su Señor. Y este amor nunca ha disminuido; Su voz resuena a través de los siglos, cayendo sobre oídos en los acentos más dulces, diciendo, «Te he amado con amor eterno» [Jer. 31:3].

El Señor Jesús demanda de la Iglesia un amor recíproco. Es algo que se le debe; Cristo es digno; nada menos que un amor ardiente satisfarán el corazón Divino. El apóstol, bajo el temor de que este amor naufrague, grita, «Guardaos en el amor de Dios» [1 Juan 5:21]. Cuán fácilmente la Iglesia, en su interés y celo, llega a enfriarse. Su pulso espiritual se hunde al punto que apenas se siente; las llamas desaparecen, y los carbones permanecen escondidos en sus propias cenizas grises.

Con tal condición el Señor se aflige. El reprende suavemente a Su Esposa inconstante, diciéndole, «Has dejado tu primer amor. Recuerda por tanto de dónde has caído; arrepiéntete, y haz las primeras obras». Luego en una fidelidad constante le habla tiernamente: «Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón y allí cantará como en los tiempos de su juventud» [Óseas 2:14,15]. La Iglesia Pactante se hallaba ahora en el desierto; el Señor la había traído acá, para atraerla a El Mismo, y revivir su primer amor. Aquí El le habló al corazón las palabras que reavivaron los fuegos de aquella su devoción más temprana y más fuerte al Pacto, aquel contrato sacrosanto cuando se desposó con su Señor.

La amorosa fidelidad de los 40,000 o más Covenanters, que habían sido privados de sus ministerios por el rey Carlos, fue probada severamente. El Señor Jesús, en Su providencia crucial, fue para ellos como un fuego de refinador; el amor de ellos fue amargamente probado en el calor terrible de la persecución.

La primera pregunta que apelaba al corazón se relacionaba con la comodidad y beneficios. Sus iglesias fueron ocupadas por otros ministros. Allí la gente podía atender a la predicación, oír la Palabra, escuchar las oraciones, cantar Salmos, y recibir el bautismo y la Cena de Señor. Es cierto, los servicios estaban condimentados y adornados con detalles, que causaba repugnancia a los Covenanters, ya que carecían de fundamento bíblico. Pero, ¿acaso no podrían hallar ellos el maná oculto en la arena, y en los granos de trigo entre la paja? ¿Acaso no podrían obtener el alimento suficiente en los nuevos servicios para sustentar sus almas? ¿Acaso no podrían alcanzar el cielo por el nuevo camino tan ciertamente como por el antiguo? Tales fueron las preguntas que apelaban a su amor a la comodidad. Estos robustos hijos del Pacto dijeron, «NO.» Y lo dijeron, además, con énfasis como el relámpago que cae sobre el roble. Ellos dijeron, «La adoración pública, que no esté en todas partes según el Libro de Dios, está corrompida; nosotros no tomaremos parte en tales servicios, pues el Señor ha dicho, 'Maldito el que engaña, que sacrifica a Jehová lo dañado' [Mal. 1:14]».

La segunda pregunta era con respecto a los peligros inminentes que acompañaban a sus propios servicios. Sus reuniones se llevaban a cabo en lugares lejanos; en solitarios montes, en el aislado páramo, en los musgos pantanosos, en las cañadas oscuras, entre las piedras escabrosas, y en las cuevas lúgubres — apenas dondequiera que ellos podían encontrar un lugar para adorar a Dios en paz. Ellos no tenían techo para refugiarse, no tenían paredes para resistir los aguaceros, no tenían fuegos para calentarse. El asistir a estas reuniones envolvía grandes viajes, fatigas, hambre, malos tiempos, pérdida de sueño, temblar por el frío, en una palabra todo lo que demandaba esfuerzo físico, sin tomar en cuenta los riesgos contra la vida, libertad, y propiedad, por mano del enemigo. Estos hijos e hijas heroicos del Pacto dijeron, «Iremos; si perecemos, perezcamos; aunque El nos matare, en Él esperaremos». Estos Covenanters no se adoptaban a sí mismos a condiciones pecaminosas, ni permitían que su conciencia fuese amancillada con el amor de la comodidad. Ellos tenían mucho del espíritu del apóstol Pablo; estimaron todo como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús. Ellos no consultaron con carne y hueso; ni con su propia carne, que a menudo era consumida con el hambre, con la fatiga, y con el dolor; ni con su propia sangre, que era rociada con frecuencia en el pasto y mezclada con los arroyos de los montes.

Los conventículos, que se llevaban a cabo en estos lugares desiertos, fueron de gran solemnidad mayormente los servicios de comunión. Muchas de las personas viajaban de noche hacia el lugar escogido, ya que tropas de soldad-os asechaban el país para matarlos, y el viaje de día era muy peligroso. Ellos por lo tanto proseguían su sendero a la luz de las estrellas, o bajo la luz de la pálida luna. Venían de toda dirección, y como corrientes concurrían al lugar designado, y se extendían como la marea cuando se desborda. A veces llegaban al número de 5,000, y más. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, venían y se sentaban en el ancho pasto verde, en silencio y con una seriedad inusual. Los hombres en sus faldas escocesas, y con sus gorras; las mujeres envueltas en sus chales con ropa sencilla; los niños y las niñas con sus rostros radiantes, y vestidos con sus mejores vestidos — todos reunidos, sentados en el pasto o sobre las piedras. ¡Qué cuadro tan inspirador al ministro, que mientras abría su Biblia observaba los rostros serios y captaba el destello de esos ojos ansiosos!

El sábado era el día de Preparación para el servicio de Comunión. Los servicios de preparación a veces duraban hasta la puesta del sol. Varios ministros por lo general asistían para ayudar. Por la noche los ancianos de gran respetabilidad y seriedad se reunían en grupos, bajo la sombra de una piedra, o en una cueva, o al lado de un arroyo, y pasar horas en oración. Con el alba del Día del Señor el pueblo era despertado, y pronto volvían aparecer en el lugar designado. Entonces comenzaban los servicios solemnes que elevaban sus almas al cielo con alegría y gozo, y que los llevaban a la presencia gloriosa de Jesucristo.

Podemos formarnos una idea de la majestuosidad de estas ocasiones, por los monumentos que aún se ven en partes de lugares sagrados donde los servicios de Comunión ser llevaban a cabo. Algunas piedras cerca del pueblo de Irongrey permanecen como testigos de estas solemnidades inspiradoras. Las piedras evidentemente se hallaban en este lugar, como testigos de las obras maravillosas de Dios y de Su pueblo, en los días de los conventículos. ¡Ah, que éstas pudiesen hablar! Este lugar está en el pecho de un monte. Aquí encontramos un campo abierto, como un anfiteatro, lo suficiente grande para sentar a miles. En este terreno hay dos filas de piedras cada fila lo suficiente altas para asientos, y lo suficiente grandes para acomodar a cincuenta personas. Entre éstas, otras piedras se hallan puestas verticalmente, que evidentemente sirvieron como tablones, en donde el pan y el vino fueron puestos para los comunicantes. A una distancia de más allá están otras dos filas de construcción semejante. Éstas sirvieron para sentar a 200 en un servicio de comunión. En cierta ocasión, se dice, que dieciséis mesas fueron servidas, el número de comunicantes en ese día fueron no menos de 3,000.

Al final de estas cuatro filas se halla una mesita de piedra, de donde, sin duda, el ministro repartió el pan y el vino al pueblo. Aquí él dio los discursos sobre la comunión, que fueron tan dulces y refrescantes a estas almas fatigadas. Qué días solemnes estos deben haber sido. Los corazones hambrientos encontraron un banquete en el desierto. Los manantiales de salvación se desbordaban; las sagradas palmeras de las ordenanzas impartían su dulce perfume, extendían su sombra, y daban su fruto, a estos seguidores del Cordero. La presencia del Señor se sintió profundamente. Estos Covenanters adoraban aquí en espíritu y en verdad. Sus oraciones se elevaban en las alas de los vientos; el sonido de los Salmos mezclados con el cántico de las aves y el bullicio de los arroyos. La elocuencia del predicador — ahora elevándose como tempestad, ahora descendiendo como llovizna primaveral — ahora consolando al triste, ahora despertando al fuerte — ahora exhibiendo la belleza de Jesucristo, ahora representando las miserias del perdido — en tonos variantes de ternura y de poder, resonando por las laderas, y desapareciendo a lo lejos. Algunos de estos sermones todavía están impresos.

Estos días han sido considerados, por ciertos escritores, como los días más grandes de la Iglesia desde los tiempos de los apóstoles. ¡Cuán brillante y refrescante fue este resplandor derramado de los cielos espirituales sobre estos Covenanters! El desierto se regocijó y floreció como la rosa. El cielo estuvo muy cerca. Uno que sobrevivió la persecución dijo, que si él tuviese que vivir su vida de nuevo, él escogería estos años.


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Capitulo 28


El Hogar Invadido – 1665 d. C.


El hogar, por institución Divina, es un refugio de descanso para el padre fatigado, un palacio de honor para la madre virtuosa, un castillo de protección para niños indefensos. ¡Cuán sagrado, agradable, y ennoblecedor es el hogar cristiano, cuando es modelado según el patrón divino! Es un pequeño paraíso, un cielo en miniatura, un vestíbulo de la habitación eterna; está al frente de las fronteras del mundo de gloria.

El hogar de los Covenanters en aquella época en su mayor parte fue la residencia de la virtud y de la inteligencia, del consuelo en el Espíritu Santo y de la gracia abundante en el Señor Jesucristo. El conocimiento de Dios fue la luz que habitaba en el hogar. El idioma del Catecismo Menor era la lengua materna; los niños se les alimentaba con los Salmos y con su sopa; el altar familiar era esencial; la Santa Biblia era apreciada más que el pan diario, y las poesías del Rey David más que carnero asado. La oración del padre en el hogar era esencial para el hogar como el mismo aliento; la voz de los padres y niños se mezclaban por la mañana y por la tarde en la adoración de Dios.

Para la familia que guardaba el Pacto con Dios el Día de Reposo llegaba con una belleza e inspiración especial. El sábado por la tarde se hacía una preparación especial para el siguiente Día del Señor; aún el césped era puesto al lado del fuego del hogar, las papas eran lavadas y puesta en la olla, y el agua era traída de la fuente; «las obras de necesidad y misericordia» eran reducidas a un mínimo. Una quietud solemne descendía sobre los campos, y una luz celestial brillaba sobre la casa, entre tanto que el sol ascendía al cielo. El ruido del trabajo había cesado, y la voz humana era suprimida. Las notas de los pajaritos, el balar de un cordero, o el mugido de una vaca, se podrían oír haciendo el silencio todo más impresionante. La mañana llegaba derramando bendiciones sobre pueblo, como Jesucristo en el Monte de las Bienaventuranzas, que llenaba cada corazón abierto con dulzura, con santidad, y con inspiración. La bienaventurada mañana llegaba para dirigir al padre y a la madre, con sus hijos e hijas, al monte de la Casa de Dios, para presentarse ante el Señor de la gloria, y absorber el resplandor que brillaría en sus rostros durante muchos días venideros. El Día de Reposo era el gran día de la semana en el hogar del Covenanter.

Obtengamos una vislumbre de estos hogares de los Covenanters, mientras que sufrían cuando las tempestades de la persecución barrían la nación. Pero ¿acaso la morada del justo no será protegida de daño? ¿Acaso el Señor, con Su presencia gloriosa, no se extenderá sobre ellos como una nube de día y como un fuego ardiente de noche? ¿Acaso no dijo El, «Sobre toda gloria habrá cobertura» [Isa. 4:5]? ¿Acaso tendrá el cruel perseguidor el poder de hollar en ese umbral sagrado? ¿Se le permitirá al asesino despiadado entrar a este pequeño santuario, donde Dios y Sus hijos moran juntos en amor mutuo e inextinguible? ¿Acaso se le permitirá al malvado sacar la espada, y extinguir los carbones del hogar, y el fuego en el altar, con la sangre de los adoradores? La respuesta se halla registrada en la historia de los sufrimientos de los Covenanters.

Dios ahora había comenzado el juicio en Su propia Casa. El estaba probando la fidelidad de Su pueblo. La prueba debe tocar cada punto, abarcar cada relación, y alcanzar el grado de sufrimiento que cumpla Su voluntad oculta. Dios se preocupa mucho, aún por casas, por campos, por cosechas, graneros, por comodidades, por prosperidad, por lazos terrenales - El se preocupa mucho por todo esto ya que afectan a Su pueblo. Sin embargo, El se preocupa infinitamente más por su pureza moral, por su desarrollo espiritual, por su fidelidad inmaculada, por su fe indomable, y por su honor eterno. Por lo tanto El permite que el horno sea calentado, y en ocasiones que sea calentado siete veces; mas El los saca de las llamas sin el olor del fuego en sus vestidos.

Los perseguidores, despiadados e insensibles como las piedras y fríos como el hielo, eran indiferentes tanto de los derechos de hombres, como de la delicadeza de mujeres, y la inocencia de niños. Unos pocos incidentes mostrarán las condiciones generales. Ni aún estos casos son excepcionales; miles, sí, decenas de miles sufrieron en una manera semejante.

Un Hogar en Lochgoin. Esta es una residencia muy antigua de los Covenanters. La familia de los Howie's han vivido aquí desde el año 1178, la generación veinte-octava ahora ocupa la casa. El edificio es de piedra, de un solo piso, con un pajar. Mientras la persecución rugía, este lugar fue un recurso principal de los Covenanters. Ocupando un lugar solitario, con una vasta extensión de llanura desierta a cada lado, esta casa fue como la sombra de un gran peñasco en tierra calurosa [Isa. 32:1]: los perseguidos a menudo encontraban refugio bajo su techo. Allí Alexander Peden, Richard Cameron, James Renwick, John Paton, y muchos otros acudieron, y hallaron una bienvenida cordial. En cierta ocasión un grupo había venido a pasar la noche en oración. Ellos se sentían relativamente seguros, pues una tormenta rugía sobre la llanura. Las nubes vertían torrentes, y los aguaceros espasmódicos caían desenfrenadamente a través de la amplia extensión de musgo y llanura. Estos hombres de Dios sabían cómo luchar con el Ángel del Pacto, y perseveraban a buena hora en sus oraciones hasta el amanecer. Los perseguidores habían olfateado su presa; por la mañana una unidad de soldados de caballería llegó hasta la casa. Los Covenanters se escaparon por la puerta trasera. Para darles más tiempo, la Sra. Howie se paró delante de los soldados, y disputó con ellos por entrar en su casa. Un dragoon [soldado del rey] corpulento intentó introducirse. Ella lo tomó por el hombro, lo hizo girar rápidamente, y lo empujó fuera con tal fuerza que él cayó al suelo. Todos sus huéspedes Pactantes escaparon, y los soldados, después de una persecución inútil, se retiraron. Por este servicio heroico la Sra. Howie sufrió mucho y su vida era acechada. A menudo ella tuvo que dejar su hogar, y pasar las noches enteras en la llanura fría y húmeda, con un bebé tierno en su seno.

Había un hogar cerca de Muirkirk. James Glendinning era un pastor cuya humilde cabaña no se escapo de la vista del perseguidor. Sabiendo el peligro que rodeaba su hogar, él se levantó una tarde de sus rodillas después de la adoración como familia, y, caminando tranquilamente a través del piso, destapó la cuna y levantó suavemente al bebé, a quien colocó tiernamente en las rodillas de su madre, diciendo, «Yo te encomiendo, mi querida esposa, y a este dulce bebé al cuidado paternal del Gran Pastor de Israel. Si mis días son acortados, Dios, el Dios bajo cuyo sombra hemos tomado refugio, te será como Marido, y a este niño como un Padre». No mucho tiempo después de esto, el hogar fue acosado por una compañía de soldados. Esa misma noche su esposa lo había constreñido a retirarse a su escondite cercano. Los soldados entraron violentamente a la casa, esperando caer sobre él como su presa. Pero como no lo hallaron se enfurecieron. Arrebatando al niño, sostuvieron ante la madre frenética al pequeñito que luchaba, y, destellando una espada refulgente, amenazaron con cortarlo en pedazos, si ella no les declaraba el escondite de su marido. En ese momento el padre, que había sido atraído a la puerta, viendo tales acciones, corrió adentro. Su alma se desató en fuego; en ese momento se hizo fuerte como diez hombres; no temió las consecuencias. «¡Deténganse, asesinos! ¡Retrocedan! ¡Para atrás!» clamó él, girando su espada sobre sus caras. El saltó hacia su bebé y lo rescató, mientras él empleó su espada con resultados heroicos sobre los intrusos. Los soldados se retiraron, dejando el piso rociado con su propia sangre. La familia después partió para Holanda.

Había otro hogar cerca de Closeburn. James Nivison era un labrador cuyo hogar hospitalario proporcionó consuelo y refugio a muchos que carecían de hogar. El era un Covenanter inflexible. Nada podía intimidar su alma noble. Siendo amenazado con penas y con pérdidas, respondió en cierta ocasión, que si la sumisión a gobernantes volubles y sin escrúpulos, la vuelta de una simple paja lo salvase de daños, él no obedecería. Su esposa también fue de un heroísmo semejante. Su hogar, a menudo, era acosado por soldados en búsqueda de él, que tuvo que retirarse a lugares solitarios. En cierta día le dijo a su esposa, «Mi querida esposa, la inflexible necesidad demanda de nosotros una separación breve. Dios estará con nosotros dos – contigo en el hogar, y conmigo en el desierto». «Yo te acompañaré,» ella le respondió firmemente; «yo te acompañaré. Si los arqueros te hieren, estaré allí para contener tus heridas y para vendar tu cabeza sangrienta. En cualquier peligro que te halles, estaré a tu lado – yo, tu cariñosa esposa – en la vida o en la muerte». Salieron los dos juntos. Tristemente cerraron la puerta de su dulce hogar, para peregrinar, sin saber a dónde. La madre llevaba en el pecho un bebé pequeño. Su primer refugio fue en el bosque, después en cuevas diferentes. Se hicieron una cesta de ramitas para el niño. La madre, sentándose en la entrada de una cueva fría, mecía su hermoso pequeñito, y le cantaba suaves canciones de cuna que se mezclaban con el suspirar de los vientos. Ellos sobrevivieron la persecución.

¡Dulce hogar! El hogar pactante es simplemente un enlace del cielo. El hogar es una institución de Dios, dotado por El con la riqueza de gracia infinita, proporcionado con ordenanzas santas, y consagrado con la sangre de Cristo. ¿Apreciamos el valor, la dignidad, y los privilegios de un hogar Pactante? ¿Mantenemos nuestro hogar radiante, alegre, e inspirador, al adorar a nuestro Dios Pactante, y al honrar la presencia de nuestro Señor Jesucristo?


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La Batalla de Rullion Green — 1666 d. C.



Un joven Covenanter, en cierta ocasión se detuvo en el campo de la batalla de Rullion Green, reflexionando sobre la batalla y sobre los héroes cuya sangre había regado esta tierra. Dos siglos y más había pasado desde el combate, sin embargo el lugar apelaba al corazón sensible con una elocuencia poderosa. La cuesta hermosa, el pasto verde, los rebaños que allí se apacientan, el valle ancho, las colinas lejanas, el anchuroso cielo, los atractivos del verano — todo se mezclaba en un extraño encantamiento alrededor del alma de joven. La meditación silenciosa avivó el corazón; el corazón despertó la imaginación; la imaginación revivió las escenas del 28 de noviembre de 1666, por lo cual este campo llegó a ser memorable en la lucha de los Covenanters a favor de la libertad civil y religiosa. El se sintió profundamente impresionado con el valor del Pacto, que fue sellado con la sangre de los nobles guerreros que duermen en esta ladera. Allí él prometió, que si Dios le concedía un hogar propio, lo llamaría RULLION GREEN. Dios le dio un hogar; una residencia hermosa, adornada con este nombre, que hoy día embellece la ciudad de Airdrie.

La batalla de Rullion Green tuvo sus muchas causas días antes del combate actual. Obtendremos un mejor panorama siguiendo la serie de acontecimientos.

Cuatro años antes de esto, en el mismo mes, cuatrocientos ministros habían sido expulsados de sus iglesias, porque no estuvieron dispuestos abandonar su Pacto, ni renunciar el Presbiterianismo, ni seguir las instrucciones de rey Carlos y de su Concilio, tocante a la administración de la Casa [Iglesia] de Dios.

El pueblo Pactante, en profunda simpatía con sus ministros, se negaron asistir a las predicaciones de los párrocos — los ministros de la Iglesia Episcopal enviados por la autoridad del rey para suministrar los púlpitos vacíos.

Luego una serie de proclamaciones fue publicada para traer a los Covenanters bajo sujeción, cada proclamación vino a ser más severa que la anterior.

El pueblo era obligado asistir a su propia iglesia parroquial, se le advertía contra de ir a los conventículos, y se le amenazaba con multas, con encarcelamientos, y con destierro por frecuentar lo que el rey llamaba «predicaciones no autorizadas».

Para imponer la voluntad del rey e intimidar a los Covenanters, tropas eran puestas entre el pueblo y se les daba la autoridad de saquear y matar a su antojo a los desobedientes.

Los padecimientos de los Covenanters, en las manos de los soldados, eran indescriptibles. Sus hogares eran invadidos; sus propiedades eran confiscadas; sus rebaños y su ganado eran dispersados; sus familias eran separadas; el anciano y el débil, mujeres y niños — todo aquel que no sometía a las demandas de ellos soportaban abuso personal. El país gemía y titubeaba bajo la crueldad autorizada por el rey Carlos, y que era llevada a cabo por sus agentes.

Las condiciones se volvieron atroces; el sabio eran llevados al punto de la locura; la paciencia dejó de ser una virtud; la resistencia estaba al punto de extinguirse. Miles tuvieron que huir y tuvieron que mantenerse escondidos, para escapar el daño personal e incluso el derramamiento de su propia sangre.

En este enlace de acontecimientos, cuatro Covenanters jóvenes, huyendo de un lugar para otro buscando seguridad, llegaron a una vivienda, donde encontraron a cuatro ‘dragoons’ [soldados] que se preparaban para asar un anciano en una parrilla, a fin de poder sacarle información con respecto a su dinero. La escena sacudió cada noble sentimiento en estos jóvenes; su virilidad fue despertada, y su valor era más grande que su prudencia. Ellos desafiaron la conducta de los soldados, y la respuesta que se les dio fue con espadas desenvainadas. Los Covenanters salieron ganando. Ellos rescataron al anciano víctima, desarmaron a los soldados, y los despidieron lejos marchando bajo el filo de sus propios sables. En la pelea uno de los Covenanters disparó una pistola, hiriendo a un ‘dragoon’. Ese fue «el tiro que resonó alrededor del mundo,» y volvió a resonar, hasta que resonó sobre el valle verde del Boyne, entre las rocas de Bunker Hill, y por las riberas del Appomattox.

Los Covenanters sabían que ellos ahora habían precipitado un conflicto, que traería a ejércitos al campo de batalla. Las medidas del rey hasta ahora habían sido severas, pero ahora el horno será calentado siete veces. Los Covenanters ahora deben enfrentar fuerza con fuerza, o ser completamente aplastados. Procuraron levantar un ejército. Al día siguiente, los cuatro hombres fueron aumentados a diez, y un segundo encuentro tuvo como resultado la captura de una tropa regular del rey, con un muerto. El segundo día voluntarios aumentaron el número a 250; las perspectivas se volvían más optimistas. Otro combate resultó en la rendición de Sir James Turner, el comandante local del ejército del rey. Hasta ahora las operaciones habían alentado mucho a los Covenanters; ellos esperaban que ahora al fin sus agravios fueran reparados, y obligar al rey retirar su ejército, así trayendo a un fin los horrores de esos tiempos.

El rey Carlos se preparó apresuradamente enfrentar las nuevas condiciones. El llamó al levantamiento, «Una insurrección formidable». Concentró sus tropas para aplastar a «los rebeldes». Los Covenanters ocuparon su tiempo moviéndose de un pueblo a otro para aumentar sus fuerzas. El Coronel James Wallace, un oficial valiente de experiencia militar considerable, fue escogido como comandante. Los reclutas no eran numerosos. Ellos carecían disciplina, y estaban ineficazmente armados, llevaban mosquetes, pistolas, espadas, puntas de lanzas, hoces, orquillas, desgranadores.

Permanecieron un día en Lanark, renovando su Pacto y publicando una Declaración Pública, indicando que el objeto de su levantamiento en armas era para reparar sus agravios. Al día siguiente se pusieron en acción, entrando en contacto con tropas del enemigo. El tiempo fue desfavorable; la lluvia, la nieve, las lloviznas, y el viento se unieron para empapar, enfriar, y deprimir a los a hombres desnutridos y sin techo, y volviendo los caminos sobre los que marchaban, en fangos profundos. Cuándo había llegado la mañana del 28, el día de la batalla, el Coronel Wallace tenía consigo sólo 900 hombres bajo su mando.

Los Covenanters avanzaban alrededor de las colinas de Pentland, unas pocas millas de Edimburgo, cuando el General Dalziel, con 3,000 de las tropas de rey, surgió de cierta distancia tras ellos, y emprendiendo la batalla. Wallace aceptó el desafío. El formó a sus hombres para la acción en la ladera, teniendo la ventaja hallarse en terreno más alto. La cuesta apacible se extendía hacia abajo al lugar donde el caballo de Dalziel escarbaba la tierra. El sol hundía detrás de las colinas. El día fue frío y el campo estaba cubierto con lloviznas.

Dalziel ordenó un ataque por su caballería. Los jinetes formaron, cada uno con espada en mano, y avanzaron rápidamente al terreno ascendiente. El Coronel Wallace colocó inmediatamente a sus hombres montados a caballo en posición para recibirlos. El espacio entre los dos ejércitos era como un kilómetro. Los Covenanters miraron lúgubremente su llegada. Los momentos de espera fueron cargados con solemnidad, pero los Covenanters sabían cómo transformar momentos atroces en momentos de poder. Ellos llevaban los Salmos en sus corazones. Alguien comenzó a cantar. El Salmo era que requería reflexión y de un tono solemne. Todos corazones respondieron; de las 900 voces una onda de música sagrada cubrió la ladera de la montaña contra los cielos. El sentimiento del Salmo [74:1] parecía batir los corazones, que entraban conscientemente en una batalla acongojada:


«¿Por qué, oh Dios, nos has desechado para siempre? ¿Por qué se ha encendido tu furor contra las ovejas de tu prado?»


Ellos cantaron tres estrofas. Mientras que los ecos desaparecían gradualmente, el valiente Coronel ordenó un ataque. Hacía el campo de batalla precipitó su caballería. Atacaron al enemigo con fuerza tremenda, rompieron sus filas, y los lanzaron de regreso a su propio terreno.

Dalziel ordenó otro ataque. Las tropas se extendieron hacia delante para recuperar su honor perdido. Galoparon sobre la nieve manchada de sangre; más y más se acercaban a la inflexible línea de batalla que los aguardaba en la ladera. Wallace da la orden, y los Covenanters de nuevo se estrellan con sus espadas contra la columna refulgente del enemigo, una vez más haciendo retroceder al enemigo en confusión.

Por tercera vez la caballería dirigió el ataque cuesta arriba, y por tercera vez los Covenanters los hicieron retroceder. Dalziel finalmente movió hacia delante todas sus fuerzas del ejército, que, como olas de marea, barrió todo por delante. Los Covenanters fueron barridos del campo de batalla quedando 50 muertos. Perdieron la batalla, pero no la causa. Estos héroes lucharon bien. La derrota fue cierta, en sus propias mentes, aún antes de que fuese disparado un tiro; pero creyendo que la causa de la libertad ahora demandaba un sacrificio, ellos se ofrecieron libremente a sí mismos en el altar.

¡Rullion Green! ¡Cuán agradable resuena el nombre! ¡Qué música en las palabras! ¡Qué hermoso ramillete de memorias para despertar todo aquello que es heroico y ennoblecedor en nuestros corazones! ¿Apreciamos el fruto de esos campos, fertilizados con la sangre de esos padres? ¿Somos nosotros leales como ellos lo fueron a los Pactos? ¿Acaso nuestras vidas se elevan en un espíritu heroico, y echan mano de la majestad moral exhibida por ellos?


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Capitulo 30


La Venganza del Opresor — 1667 d. C.



El sol se ocultaba detrás de las colinas de Pentland, cuando el último ataque fue hecho contra los Covenanters en la batalla de Rullion Green. Ellos, dispersados del campo de batalla, fueron perseguidos sin misericordia hasta que la benigna noche extendió su sombra sobre la escena de la matanza. Cerca de 30 fueron muertos mientras que huían, y 50 tomados presos; muchos de estos fueron inmediatamente ejecutados.

Las estrellas surgían pesadamente y extendían su pálida luz sobre el campo ensangrentado. La noche fue amargamente fría. Los muertos yacían dispersados sobre el suelo helado, y el aire se hallaba agobiado con los gemidos de los moribundos. Todos habían sido cruelmente despojados de su ropa por los despiadados conquistadores. La sangre de los moribundos se enfriaba en sus venas, antes de que vertiese de sus heridas para congelarse sobre el suelo. Las mujeres compasivas de Edimburgo vinieron el día siguiente, con ropas para los vivos y lienzos para los muertos. Una piedra vertical, de tres por cuatro metros, marcan el lugar donde estos soldados de Cristo, cerca de 50, duermen tranquilamente, aguardando la resurrección de los justos. Los hermosos pinos que oscilan sus ramas suaves sobre la tumba parecen estar cantando el canto fúnebre de los héroes caídos.

¡Héroes! Esta fue una batalla desesperanzada. La batalla que debía ser perdida, para que otras batallas pudiesen ser ganadas, demanda héroes del tipo más noble; y he aquí tenemos a tales hombres. Ellos estuvieron dispuestos a luchar en la presencia de la derrota. Escuchemos su autodeterminación poco antes de la batalla: «Proseguiremos hacia adelante, hasta que Dios cumpla Su servicio por medio de nosotros; y aunque todos debamos morir al final de ello, creemos que el dar un testimonio es suficiente para todos».

El ejército pequeño de los Covenanters, deshecho y herido, era ahora dispersado sobre las montañas y completamente desorganizado. Uno de estos hombres, vagando solo, vino a una cabaña a medianoche. El se hallaba sangrando, hambriento, fatigado, totalmente agotado, ya listo para morir. Pidió alimento y refugio. La súplica lastimosa le fue negada, ya que un acto de caridad como éste, si las autoridades eran informadas, ponía en peligro a la familia; y la pena podría ser destierro, encarcelamiento, o muerte. Ningún vaso de agua fría para esta alma sedienta; ninguna chispa de caridad para calentar este moribundo hijo del Pacto. Presintiendo el frío helado de la muerte que ya corría por sus venas, dijo conmovedoramente, «Si me halláis muerto por la mañana, enterradme en la ladera, en dirección hacia mi hogar más allá del valle». Por la mañana él fue encontrado muerto, bajo un roble al lado de la casa. El fue enterrado como lo había pedido. Una piedra, con una inscripción interesante, marca la tumba.

Después de esta batalla los Covenanters fueron expuestos a un período de horrores que sobrepasan toda descripción. Esta demostración breve militar fue por el gobierno llamada «La Insurrección de Pentland». Los hombres que se habían puesto a sí mismos bajo el Coronel Wallace, para la reparación de injusticias que les hicieron, habían venido de condados contiguos. El general Dalziel fue mandado inmediatamente con un ejército para castigar al pueblo de estos distritos. Aquí debemos arrojar un velo para cubrir las brutalidades más espantosas y los ultrajes más horrorosos; los crímenes indecibles practicados sobre estos Covenanters, que ya habían sufrido más allá de los límites de la paciencia; sobre hombres, sobre mujeres, y sobre niños que fueron no solo inofensivos, pero también indefensos, bajo la monstruosa tiranía de Rey Carlos y bajo sus soldados despiadados.

La historia del pillaje puede ser pintada en llamas; la historia de la venganza puede ser registrada con palabras violentas; la historia de la matanza puede ser escrita con sangre; pero la historia de los horrores que acontecieron a las familias Pactantes, especialmente a aquellos individuos débiles e indefensos de un hogar, no deben ser mencionados. La manera en que padres, maridos, y hermanos se levantaron y murieron en la puerta de la casa en defensa de madres, esposas, hermanas, e hijas puede relatarse; pero la inhumanidad que le siguió no debe ser mencionada. La pureza misma se estremece ante el horror; el corazón se enferma ante el pensamiento; los ojos se apartan instintivamente.

El general Dalziel dividió su ejército sobre los Covenanters, y envió tropas en toda dirección para saquear el país, para desheredar a los que estuvieron envueltos en la «Insurrección», para arrestar a todos los que eran sospechados, y para reducir al pueblo a la pobreza más extrema. Los soldados se alojaron en los hogares de los Covenanters, obligaron a la familia a suplir provisiones, tiranizar y esclavizar a la familia. Estos devoraron, o destruyeron las cosechas; mataban, o dispersaban los rebaños y las manadas; torturaban, encarcelaban, y mataban a cualquiera que se les antojaba. Las prisiones se hallaron sobre pobladas con ancianos y jóvenes, con hombres y mujeres, con enfermizos y con moribundos.

Tres hombres bajo el rey fueron principalmente responsables de estas atrocidades, y los tres fueron Covenanters réprobos [traidores]. Sus nombres pueden ser mencionados sólo con aborrecimiento y repugnancia; el Conde de Lauderdale, el Conde de Rothes, y el Arzobispo Sharp. Lauderdale, anteriormente conocido como John Maitland, uno de los Miembros de la Delegación Escocesa en la Asamblea de Westminster, brilló en esa galaxia refulgente como un lucero del alba; pero como Lucifer, hijo del amanecer, cayó de esa cima alta de gloria. Rothes fue el hijo del Conde de Rothes, célebre para su parte activa en el Pacto de 1638. El arzobispo Sharp fue un ministro Pactante, antes de la restauración del rey Carlos. Tales fueron los actores principales en estas escenas de crueldad infernal practicada sobre los Covenanters. Ciertamente estos no podrían haber ido a tal grado de maldad atroz, si no hubieran sido antes exaltados al cielo tanto en privilegios como por puestos. Satanás no podría haber sido el diablo, a menos que hubiera sido primero un ángel.

Algunos presos tomados en Rullion Green, después de su ejecución, fueron empleados por el gobierno para intimidar a los Covenanters. Sus cabezas fueron puestas en lugares públicos en varias ciudades, como una advertencia horrible a todos los demás. Estos hombres, cuando iban rumbo a Rullion Green, se habían detenido en Lanark para renovar su Pacto. Allí ellos levantaron su mano derecha al cielo, haciendo su apelación a Dios. Ahora esas manos derechas son cortadas y puestas en puntas de estacas sobre las puertas de la ciudad — como una amonestación cruel a los vivos.

Algunos de los presos fueron reservados para el proceso más lento de la ley, y de las operaciones más severas de crueldad. John Neilson llegó a ser notorio por los tormentos que soportó, por su espíritu noble que demostró, y por la muerte con que glorificó a Dios. El fue un hombre de renombre por su riqueza, así como por su gran corazón. El año anterior Sir James Turner, cuando dirigía las tropas del rey, lo despojó de su propiedad; más cuando ese oficial sin ley y sin Dios había sido tomado preso por los Covenanters, Neilson intercedió por él y le salvó su vida. Ahora Neilson está en sus manos. ¿Le regresará aquella bondad? ¡Ah, qué bondad devuelta! Es más posible obtener latidos de una piedra fría o esperar una sonrisa amorosa del mármol blanco.

El Tribunal interrogó a Neilson, pero sus respuestas no fueron satisfactorias. Lo atormentaron, pero no pudieron extraer nada más de él. Sujetaron una de sus piernas en una bota de hierro, y la aplastaron con una cuña, hendida entre la carne y el hierro; sin embargo nada arrancaron de él más que gemidos. Llenos de ira — pues una confesión que involucraba a otros — no pudieron sacar de él; ellos pasaron sobre él la pena de muerte. El se dirigió alegremente a la horca.

Hugh M’Kail, un joven ministro de Jesucristo, fue otra víctima. El fue un hombre poderoso en las Escrituras y lleno del Espíritu Santo. Sus labios fueron tocados con un carbón vivo del altar de Dios, su elocuencia celestial era encantadora. En uno de sus arrebatos apasionados él había dicho, «La Iglesia en todas las edades ha sido perseguida por un Faraón en el trono, por un Amán en el estado, y por un Judas en la Iglesia». El arzobispo Sharp oyó la declaración breve. El relámpago había dado en el blanco. Sharp aceptó la comparación, y vio a Judas personificado en su propia persona. El nunca perdonó al joven ministro.

M’Kail fue traído a juicio por su conexión con la Insurrección de Pentland. El confesó abiertamente su parte en la insurrección. El Tribunal entonces les demandó información con respecto a los líderes; él no tenía nada que impartir. Entonces lo atormentaron con la bota de hierro; la única respuesta fueron gemidos. El se desmayó durante la espantosa angustia.

Este joven ministro noble fue sentenciado para morir. El recibió la sentencia con una felicidad serena. Cuándo se hallaba en el patíbulo, él fue lleno de una indecible alegría; su victoria sobre el temor y sobre la muerte fue consumada; su alma fue vestida con una dicha inmortal. Sus más sublimes esperanzas ahora se volvían realidad diez mil veces más refulgentes y gloriosas que la mayoría de sus más sanguíneos deseos. El Señor Jesucristo estaba a su lado; los cielos se abrían para recibirlo; en unos pocos momentos su rostro brillaría en la luz que deslumbra a ángeles, y su voz se uniría en el coro de los redimidos alrededor del trono. No es maravilla alguna que notemos el éxtasis derramado en estas sus últimas palabras de un alma transfigurada: «Bienvenido, Dios y Padre; bienvenido, dulce Jesús, el Mediador del nuevo Pacto; bienvenido, bendito Espíritu de gracia, y Dios de toda consolación; bienvenida, gloria; bienvenida, vida eterna; bienvenida, muerte. Oh Señor, en Tus manos encomiendo mi espíritu; pues has redimido mi alma, Señor Dios de verdad».

Estos fueron los días invernales de la Iglesia. Pero el invierno fue como el verano en su aspecto fructífero. ¡Cuán noblemente soportó los tiempos inclementes y aún así dar el fruto de calidad excelente! Ahora disfrutamos el tiempo de verano de paz y de consuelo, de privilegios y beneficios. ¡Cuánto más abundante deberían ser nuestras tareas de amor en el Señor Jesucristo, que las de ellos! Una comparación, tememos, nos pondría a una gran desventaja, quizás para avergonzarnos.



Traducido por Joel Chairez



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