Presbiteriano Reformado - La Historia de los Pactantes



Historia de los Pactantes Escoceses

Por J. C. McFeeters

Tabla de Contenido:

Capitulo 31 Capitulo 32 Capitulo 33 Capitulo 34 Capitulo 35
Capitulo 36 Capitulo 37 Capitulo 38 Capitulo 39 Capitulo 40

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Capitulo 31


Las Indulgencias – un Lazo de Seis Dobleces - d. C. 1665



Los Covenanters, después de la «Insurrección de Pentland», fueron puestos bajo ley marcial. Cada distrito fue puesto bajo guarnición y controlado por tropas. El ejército militar, habiendo recibido autoridad para cometer saqueo, pillaje y castigar según su antojo, no titubeaba en matar gente inocente sin ser juzgados, dejándolos revolcarse en su propia sangre. El rey Carlos tuvo a los Covenanters como rebeldes que debían ser subyugados con fuego y espada. Estaba determinado en subyugarlos o destruirlos. Uno de los que estaban bajo servicio dijo, «Mejor es que el país tolere «whins» [matorrales] que «whigs» [Liberales].» Los Covenanters eran llamados whigs [miembros del Partido Liberal, rebeldes]; los whins eran arbustos silvestres inservibles.

¡Los Covenanters rebeldes! Recordemos que Escocia estaba bajo un gobierno constitucional, y la Constitución estaba incorporada en el Pacto. También el rey y el pueblo habían aceptado el Pacto bajo juramento. Sin embargo a la luz de todo esto, el rey Carlos procuró abrogar el Pacto, destruir la Constitución, y asumir un poder absoluto. Pero, ¿no era Carlos el rebelde? ¿No era él el traidor, el revolucionario, el autócrata quien procuró trastornar todo de arriba abajo? Los Covenanters eran la Guardia Antigua, aquellos que defendían las leyes, la justicia, el gobierno y los derechos constitucionales sobre un fundamento aceptado y recibido – a saber, la ley de Dios y el Pacto. Ni tampoco esta Guardia Antigua cedió el campo de batalla, aún lo ocupaban.

¡Es cierto, los Covenanters rechazaron la autoridad del rey en ciertos detalles! Pero, ¿acaso no tenían razones suficientes para hacerlo? Una mirada de la situación resolverá esta pregunta.

El rey, habiendo expulsado a los ministros Pactantes, sustituyó a otros de su propia elección. Los Covenanters se negaron a oírlos.

El rey restringió a los Covenanters a sus propias parroquias en la adoración pública. Pero ellos acudían a donde mejor les parecía.

El rey prohibió los casamientos o los bautismos, salvo aquellos que eran oficiados por ministros Episcopales. Los Covenanters acudían a sus propios ministros para estos servicios.

El rey ordenó que ellos se sujetasen a la forma Episcopal de la adoración. Ellos creían que esto es antibíblico, por tanto se negaron hacerlo.

El rey ordenó al pueblo que entregasen a sus ministros a las autoridades para ser castigados. Esto, ellos, de ninguna manera harían.

Los Covenanters ¿rebeldes porque rechazaban la autoridad de rey en asuntos como éstos? ¿Cómo podrían haber hecho ellos de otro modo? Dos alternativas tenían ante ellos; resistir la voluntad del tirano, o someterse como sus esclavos. Bendito sea el Señor Jesucristo, que les impartió luz, fuerzas, valor, y victoria. Estos padres del Pacto escogieron mejor sufrir y ser libres; escogieron soportar la ira del rey y mantener una conciencia pura; escogieron despreciar toda sugerencia de acomodamientos y continuar con el conflicto. La invitación para bajarse, y consultar en las llanuras de Ono, fue contestada por su propio eco - «O, no».

Los Covenanters, como los israelitas, prosperaron mientras que se hallaban en esta gran tribulación. Fueron fructíferos, y su número aumentó y se multiplicó abundantemente, y se hizo sumamente poderoso; y el país estaba lleno de ellos. Cuanto más eran afligidos, cuanto más se multiplicaban y crecían. Sus ministros se numeraban por centenas; el pueblo, que se reunía en conventículos , era por diez millares. La opresión no los podía aplastar; el horno, aunque calentado siete veces más de lo acostumbrado, no podía tocar sus vestidos. Sus adversarios llegaron alarmarse y comenzaron a idear otras medidas. Sus maquinaciones procedían de sabiduría diabólica. Satanás, que tuvo más de tres mil años desde que él fracasó con Israel en Egipto, ahora estaba mejor preparado para su trabajo. El rey propuso conceder clemencia a los ministros. Esta clemencia concedida de parte del rey ciertamente era un producto del mismo infierno. El lazo se colocó seis veces y atrapó muchas almas ingenuas.

La primera clemencia concedida o Primera Indulgencia, como se conoce, fue otorgada en 1669. A los ministros expulsados se les ofreció perdón, y permiso para volver a sus iglesias con ciertas condiciones estipuladas por el rey. Cuarenta y dos aceptaron la Indulgencia, y por ese mismo acto se le concedió el derecho al rey el expulsar, y hacer volver, los ministros de Cristo, a su propio antojo. Los grandes principios por los cuales ellos habían sufrido fueron de esta manera, sacrificados – que eran la supremacía del Señor Jesucristo sobre Su Iglesia, y la independencia de la Iglesia bajo Cristo.

¿Cuáles fueron las condiciones sobre las cuales estos ministros regresaron? Nosotros los damos en resumen:


1. Ellos deben asistir a las reuniones de los ministros Preláticos [Episcopales].

2. Ellos no deben permitir que ninguna persona de otra parroquia asista a sus servicios.

3. Ellos deben abstenerse de hablar o predicar contra la supremacía del rey.

4. Ellos no deben criticar el rey ni su gobierno.


La Indulgencia, con tales condiciones, fue aceptada por cuarenta y dos ministros. ¿Nos sorprendemos? ¿Nos maravillamos que tantos hayan cedido bajo el cansancio de la persecución, y vuelto a su propia vid e higuera? No dejemos que la reprensión, desde de sus enramadas de la comodidad, sea demasiada severa. Las dificultades de estos hombres fueron grandes, los sufrimientos excesivos, el porvenir sombrío. Se hallaban agotados y enfermos; estaban llenos de dolor por las inclemencias del tiempo, viviendo en cuevas, y durmiendo en el suelo. Sus vidas corrían peligro a cada momento. Sin embargo debemos decir que estos ministros sacrificaron mucho por sus nobles y prolongadas luchas que sostuvieron; ellos se entregaron bajo los términos dictados por el enemigo, rindieron sus derechos de embajadores de Cristo, y aceptaron las condiciones que los hizo esclavos del rey Carlos. Fueron atrapados en el lazo.

La Segunda Indulgencia fue publicada en 1672. Ochenta ministros fueron escogidos por el rey para este cebo, y la mayor parte de ellos lo comieron. Sin embargo entre los ochenta se hallaron algunos hombres inflexibles en quienes la engañosa oferta no tuvo efecto. Ellos sabían cómo soportar penalidades como buenos soldados. Uno de ellos al recibir la notificación legal de la mano de un funcionario dijo, «yo no puedo ser tan descortés como para rehusar este papel que me ofrece su señoría». Luego lo dejo caer al suelo, y agregó, «Pero yo no puedo recibir instrucciones de usted para que gobiernen mi ministerio; pues entonces yo sería su embajador, pero no de Cristo.» Inmediatamente fue arrojado a la prisión, y continuó allí hasta la muerte. La Tercera Indulgencia fue otro lazo, igualmente engañoso e injurioso.

Las otras tres fueron ofrecidas por el rey Jacobo VII, y todas fueron de la misma naturaleza, sólo que cada una más clemente, seductora, y diabólica, que la anterior. La Indulgencia fue una red, atrapando grandes redadas de peces hambrientos, y dejándolos que se retorciesen en las costas de acomodamientos pecaminosos.

Los Covenanters que permanecieron fieles fueron en gran manera disminuidos. Los ministros fueron reducidos hasta que pocos fueron dejados. Y sin embargo, aunque el estandarte del Pacto cayó de la mano del uno, fue tomado por otro, y en manera desafiante alzado al viento. En ningún momento la batalla cesó por falta de héroes.

La Indulgencia logró lo que la espada, el pillaje, la prisión, el tormento, el exilio y la horca no pudieron hacer; quebrantó el ejército del Pacto y disminuyo su poder. Los fuegos más violentos de la persecución sólo fundieron los elementos, y consolidaron la masa del metal. Pero los resultados de la Indulgencia fueron debates, disensiones, confusiones, divisiones y la eliminación de números. El árbol se conoce por su fruto; el fruto fue malo, muy malo. Los que no aceptaron la Indulgencia acusaron a sus hermanos con traición a Cristo y a Su causa. Los que sí aceptaron la Indulgencia respondieron, que la oferta del rey abría de nuevo el camino a las iglesias, y el rehusar en aceptar esto prolongaría los tiempos malos. Así las huestes de Dios fueron divididas contra sí mismas; Judá contra Israel, e Israel contra Judá. El arzobispo Sharp se había jactado, que por la Indulgencia, él arrojaría una «manzana de discordia» entre los Presbiterianos. El juzgó correctamente.

La causa de Cristo demanda sacrificio personal. La fidelidad a Jesucristo es amarga para la carne; siempre ha sido y siempre lo será. La amistad de este mundo es enemistad contra Dios, y contra todos los que aman a Dios sinceramente. Hacer paces con el mundo significa perder el amor de Dios. La Iglesia ha perdido mucho del corazón heroico, del poder militante, de los nervios de hierro y del fuego del Espíritu Santo, por amor a la comodidad, a la complacencia, al acomodamiento y al deseo desmesurado por la amistad del mundo. «Si sufrimos, también reinaremos con Él; si le negáremos, Él también nos negará» [2 Tim 2:12].



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Capitulo 32


Las Reuniones de Campo bajo Persecución – d. C. 1679.



La Indulgencia del rey hizo doble trabajo con los ministros perseguidos. La Indulgencia fue un cuchillo quirúrgico que quitó el nervio dorsal de los que se sometieron a la Indulgencia; y fue también una espada aguda arrojada al corazón de los que rehusaron la Indulgencia. La proclamación que ofrecía perdón anunciaba medidas angustiadoras contra todos los que rechazaban la oferta. De esta manera la persecución se hizo más violenta y los sufrimientos más insoportables.

La Indulgencia redujo los rangos militares de los Covenanters; muchos ministros se retiraron del Antiguo Estandarte Azul con su lema dorado: «POR LA CORONA Y POR EL PACTO DE CRISTO». ¡El hogar! Un lugar dulce muy dulcísimo que había cautivado el corazón. Los que se sometieron a la Indulgencia ya no eran dignos de ser llamados Covenanters. Ellos habían perdido el celo, el valor, el puesto, y el nombre entre estos valerosos – aunque algunos se arrepintieron y regresaron a las soledades. Éstos cuando habían cruzado el umbral de su hogar, tal hogar ya no era un hogar sino una prisión oscura, un lugar triste, solitario e intolerable, porque su corazón los condenaba, y Dios era mayor que su corazón [1 Juan 3:20]. Pero aquellos otros volvieron con sus hermanos, para sufrir penalidades como buenos soldados por amor a Cristo. La persecución con todas sus dificultades, en la comparación con la aceptación de la Indulgencia, era un paraíso entre tanto que el amor de Jesucristo cautivaba el alma.

Los ministros que permanecieron leales al Señor y al Pacto fueron perseguidos por hombres que marchaban como Jehú con gran ímpetu [2 Reyes 9:20]. Los conventículos, sin embargo, continuaban llevándose a cabo. Los Covenanters concurrían a los lugares donde iba a haber predicaciones. Ellos se rehusaban oír los eclesiásticos de la iglesia episcopal, así como los ministros que se habían vuelto por la Indulgencia del rey. Estos últimos habían perdido su confianza y respeto. El pueblo, abandonando las iglesias parroquiales, viajaba a las praderas y montes para la predicación de la Palabra. Allí ellos encontraban a sus propios ministros, los indomables embajadores de Cristo, los inflexibles mensajeros de Dios.

Un precio fue puesto sobre las cabezas de estos ministros, por el gobierno del rey Carlos. Eran cazados como perdices sobre los montes. El premio se extendía comenzando desde $500 hasta $2,000 sin importar si eran traídos muertos o vivos. Al pueblo se le ordenaba rehusar darles pan, alojamiento, confraternidad, toda bondad y apoyo, para que pereciesen sin la ayuda de una mano protectora o de una palabra consoladora. El asistir a sus predicaciones era tenido como un crimen mayor digno de ser castigado por los jueces, era tenido como un acto de rebelión digna de encarcelamiento o muerte.

Los ministros no fueron intimidados, ni el pueblo desanimado. La predicación por los campos caracterizó tales tiempos. Los conventículos eran más numerosos y su asistencia mucho mayor que antes. Se estima que en un cierto día de reposo, asistieron 16,000 en tres reuniones en un solo condado. Hombres, mujeres y niños viajaban millas y millas a estos lugares alejados entre los montes y praderas, desafiando a toda amenaza y confrontando todo peligro. Allí permanecían por largas horas en el día de reposo, escuchando el rico y dulce Evangelio de Cristo, mientras que los ministros hablaban con una solemnidad y fuego divino como desde los mismos portales de la eternidad.

Los conventículos prosperaron a pesar de todo esfuerzo para suprimirlos. El rey y sus consejeros se alarmaron y mandaron al «Highland host [Ejercito Montañés],» un ejército inclemente de 10,000 soldados, para extinguir esas reuniones campestres tan odiadas. Los Covenanters sufrieron en sus manos, como si hubieran sido atacados por una invasión extranjera. Las atrocidades militares, que antes eran horribles, ahora eran salvajes en extremo. «Fuego, y sangre, y vapores de humo» marcaban el sendero de estos hombres brutales mientras que invadían el país. Sin embargo los conventículos no fueron extinguidos.

Para hacer frente a las condiciones del terror creciente, los Covenanters venían a las reuniones armados y preparado para su defensa propia. Los centinelas eran estacionados en las colinas que se extendían por encima de los adoradores, y con el disparo del fusil significaba la señal de peligro. Cuando se acercaban los soldados, el pueblo se dispersaba calladamente, si es que el escape fuese posible; si no, entonces los hombres armados salían y se ponían en fila para la batalla. Muchas veces las reuniones de adoración eran vueltas de repente en choque de armas.

Las colinas de Lomond formaban buenos lugares para estas reuniones. En cierta ocasión, un gran número de personas se habían reunido entre esos lugares altos de refugio. El Rev. John Wellwood, un joven ministro a quienes los soldados no podían agarrar, alimentaba a estas almas hambrientas con la Palabra de vida. Algunos de sus sermones todavía se hallan hoy día. Estos están ricos en alimento, saturados de solemnidad, y relampaguean con una elocuencia seráfica. Él vivió en días oscuros, pero murió exclamando, «¡Ahora, luz eterna! ya no más noche, ni oscuridad para mí». Mientras que el pueblo en este día se alimentaba de sus palabras, la señal anunciaba la llegada de los «dragoons [soldados]». El pueblo se dispersó calladamente por los valles. Los soldados subieron y dispararon cinco tiros entre la multitud. Los tiros zumbaron entre hombres, mujeres y niños, pero nadie fue herido. Una peña grande y elevada detuvo el ataque. El capitán les ordenó que se dispersaran. «Lo haremos,» ellos contestaron, «cuando termine el servicio, si usted nos promete no hacernos daño». La promesa fue dada, mas las tropas traidoras, les cayó por detrás y capturaron dieciocho personas.

Un ataque también fue hecho en un conventículo llevado a cabo en la pradera de Lillies-leaf. Muchas personas se habían reunido. El famoso John Blackader predicaba. El disparo de alarma se dio cuando el ministro se hallaba en medio del sermón de la tarde. El cerró inmediatamente el servicio con unas pocas palabras para mitigar el temor. Las personas se quedaron en sus lugares, sin mostrar excitación alguna. Las tropas montadas subieron en pleno galope y se formaron en la línea de batalla delante de los Covenanters. Los soldados se quedaron asombrados ante la calma de las personas. Una pausa siniestra le siguió; no hubo palabra alguna, ni movimiento. El oficial rompió el silencio, gritando, «En el nombre del rey, os ordeno que os disperséis». La respuesta fue inmediata: «Estamos aquí en el nombre del Rey del cielo, para oír el Evangelio, y no para dañar a hombre alguno». Tal calma y fortaleza inesperadas abatieron al oficial. Vino otra pausa dolorosa. ¿Y ahora qué? Nadie lo sabía. El suspenso fue roto de repente por una mujer que dio un paso hacia adelante de entre los Covenanters. Ella se hallaba sola; sus movimientos mostraron determinación; sus ojos destellaban; su cara ardía de indignación. Ella se acercó directamente ante el oficial, tomó el freno cerca de la boca del caballo, y lo lanzó a un lado vociferando, «Ay de ti, ay de ti, hombre; la venganza de Dios te alcanzará por estropear una obra tan buena». El oficial se quedo aturdido como por el estallido de un proyectil de mortero. La mujer era su propia hermana. Se apartó cabizbajo, y retiró los dragoons [soldados], mientras que las personas volvían a sus casas sin daño alguno.

Una de estas reuniones armadas se llevó a cabo en Drumclog. Fue un dulce día de reposo de verano, 1 de junio de 1679. Los Covenanters habían venido en gran número. Ellos cubrían el césped verde, sentándose entre montones de musgo y arbustos. Se hallaban lejos en lugares solitarios; allí nada podía romper la calma solemne del día del Señor, sólo las melodías del ruiseñor y del chorlito. La colina de Loudon se elevaba cerca como un poderoso campeón. El aire soplaba suavemente a través del campo, y el cielo se inclinaba silenciosamente sobre los adoradores; los corazones de las personas eran elevados en dulces Salmos que resonaban sobre las colinas, y una alegría serena llenaba todo. El Espíritu Santo cayó poderosamente sobre el pueblo; el Señor estaba entre ellos. Thomas Douglas era el ministro. El fue uno de los tres poderosos, que más tarde publicó la Declaración de Sanquhar que repudiaba al Rey Carlos II como un tirano. El sermón estaba a la mitad cuando la señal de disparo fue oída. El Sr. Douglas cerró inmediatamente la Biblia, diciendo, «Ya tienen la teoría; ahora para la práctica». 250 hombres resueltos saltaron apresuradamente sobre sus pies, se pusieron en fila, y salieron a encontrarse con Claverhouse que venía con 240 dragoons [soldados]. Los Covenanters se detuvieron en una elevación para aguardar el ataque. Mientras que esperaban, cantaron el Salmo 76 a la melodía de «Martyrs». El Salmo era muy adecuado; estaba bien apropiado para despertar el espíritu militar:


«Dios es conocido en Judá;

En Israel es grande su nombre.

En Salem está su tabernáculo,

Y su habitación en Sión.».


Las tropas galoparon hacia adelante y abrieron fuego. Su fuego atrajo una respuesta vigorosa. Los Covenanters apuntaron con precisión mortal; la lucha era intensa; los encuentros cuerpo a cuerpo fueron seguidos. Las tropas se separaron y huyeron, dejando 20 muertos en el campo. Los Covenanters tuvieron 1 muerto y 5 mortalmente heridos. Hamilton, Hackston, Paton, Balfour, Cleeland y Hall fueron los nobles capitanes que ganaron la victoria en el nombre del Señor de ejércitos.

Estos luchadores Covenanters, que podían así luchar como orar, ganaron para su posteridad el privilegio de adorar a Dios en paz. No hay nada ahora que dañe o que moleste en el monte de Dios. ¡Cuán puntuales, diligentes y agradecidos debemos estar en el servicio de nuestro Señor Jesucristo!



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Capitulo 33


Una Masacre – d. C. 1679.



Los Covenanters prosiguieron con vigor la victoria en Drumclog. Claverhouse, con su ejército dividido, fue perseguido ferozmente. El huyó del campo de batalla en un caballo herido; no se detuvo hasta llegar a Glasgow, a 25 millas de distancia. Los perseguidores lo perseguían a mitad de distancia. El comenzó aquel día de reposo con el golpe de tambores, y lo terminó con derrota y vergüenza.

El día siguiente estos Covenanters habían duplicado su número; 500 hombres estaban preparados para la guerra, determinados en alcanzar al enemigo, renovar la pelea y ganar otras victorias. Esa mañana, con Hamilton al mando del ejército, se precipitaron valerosamente hacia Glasgow para caer sobre el ejército dividido de Claverhouse; pero fueron resistidos. Se retiraron muy abatidos a un campamento. Como era de costumbre con los Covenanters, ellos comenzaron a inquirir en la causa moral de esta desgracia. Ellos creían que por alguna razón Dios estaba desagradado. La investigación reveló el hecho de que Thomas Weir, que se había unido a ellos con 140 soldados de caballería, había sido un dragoon [soldado] en el ejército de Dalziel en Rullion Green, donde los Covenanters fueron derrotados.

Un comité fue designado para encargarse e investigar el caso de Thomas Weir. Fueron recibidos ásperamente. El no dio respuesta satisfactoria por haber estado en el lado del enemigo en otro tiempo. Los Covenanters fueron rápidos para llegar a conclusiones bíblicas y al instante lo clasificaron con Acán quien en los días de Josué trajo derrota sobre Israel. Thomas Weir con su escuadrón fue despedido en breve. Una resolución entonces fue adoptada en que ninguno fuese admitido en el ejército que había abandonado el Pacto o que era culpable de los pecados de los tiempos. Este fue un paso heroico, un regreso a un fundamento sólido, a saber a las bases antiguas del Pacto que había sido abandonado en 1650, cuando el «Acta de Clases» fue cancelada, y las puertas fueron abiertas para admitir hombres infieles en lugares de puestos públicos. Sir Robert Hamilton, al mando de la mitad de un escuadrón de Covenanters, así procuró noblemente reedificar los muros de Sión y levantar sus puertas, aún en tiempos turbulentos. Estos eran hombres de Dios que conocían al Señor de ejércitos, en cuyo ojos la fidelidad es todo y los números son nada. Ellos no tenían miedo de nada más que del pecado.

El espíritu militar de los Covenanters se esparció rápidamente durante la semana; ellos se congregaron bajo el estandarte que se levantaba de nuevo Por la CORONA y el PACTO de CRISTO.

Bajo el Estandarte Azul ondulante 5,000 hombres se habían congregado cuando el sol del sábado se hundía en el occidente. Tenían un confianza sin límites en la causa por la que habían arriesgado sus vidas; un entusiasmo sacrosanto los unía. Estaban listos para la batalla aún «con golpes de mano,» tal como se lo expresaron a Hackston, uno de sus nobles capitanes. Ellos habían aceptado la responsabilidad de la guerra y estaban determinados a ganar o morir. El día de reposo se acercaba. Ellos habían planeado entrar en su dulce descanso y ofrecer la adoración apropiada; luego marchar el lunes por la mañana contra el enemigo, y combatir por la libertad. ¡Pero, que tan pronto las esperanzas más hermosas pueden ser cubiertas con oscuridad! El sol de ese atardecer se ocultó tras una fea nube.

Hamilton convocó el jueves un concilio de guerra. Él aprovechó la sabiduría y el consejo de Donald Cargill, Thomas Douglas, John King y John Kid, ministros eminentes entre los Covenanters. Ese Concilio adoptó una Declaración pública, declarando sus razones para tomar armas. Esta declaración encerraba lo siguiente:


1. Su propósito para defender la verdadera religión Reformada;
2. Su fidelidad al Pacto y Liga Solemne;
3. Un reconocimiento de pecados y deberes públicos;
4. Una denuncia del papado, de la prelacía, y del erastianismo.


La Declaración fue proclamada al ejército y publicada al mundo. Sobre estos principios inexpugnables el pequeño ejército se fortaleció; se sintieron a sí mismos fuertes en el Señor, y capaces en Su nombre para luchar Sus batallas.

El sábado por la noche, cuándo el silencio había caído sobre el campamento, John Welch llegó con una fuerza adicional de 440 hombres. Esto debiera haber sido una inspiración, pero fue todo lo contrario. John Welch fue un ministro prominente de los conventículos; «un predicador diligente, ferviente, próspero e incansable». El fue un hombre valeroso; un precio de $2,000 había sido puesto sobre su cabeza por el gobierno. Tal hombre no puede ser desacreditado. Sin embargo, él fue quién introdujo la confusión de lenguas que tuvieron como resultado la disipación total del ejército, y la derrota consecuente de los Covenanters en el Puente de Bothwell.

Welch se sintió insatisfecho con la Declaración. Era demasiado dura y rígida para él. En su parecer él la rebajaría para tranquilizar el rey, apaciguar al Duque de Monmouth, absolver a los ministros que recibieron la Indulgencia o clemencia, y restaurar a Weir al ejército. El presentó una nueva Declaración como un substituto para la que ya estaba vigente. Por dos semanas, hasta el momento en que el enemigo se formaba para la batalla, levantó la pregunta. La mayoría siempre estaba contra él. Finalmente Hamilton, el comandante, contrariamente a sus convicciones, se rindió por amor a la paz. El esperaba salvar de esta manera a su ejército dividido, para que con un ejército sólido él pudiese hacer frente al enemigo y ganar la batalla. Pero él confundió tristemente la sagacidad por la sabiduría. La batalla del Puente de Bothwell se perdió en ese mismo instante. La batalla se había perdido antes que se disparara un tiro. Hamilton se rindió antes de llegar a Monmouth. El había cambiado la verdad por conformidad. Su estandarte ya se halla envuelto, nadie emprenderá la lucha ahora, salvo los héroes de la retaguardia. El favor Divino que da victorias se ha sido retirado. El espíritu militar ha huido del líder y sus hombres se hallan débiles como mujeres.

El sábado por la mañana, el 22 de junio de 1679, el ejército del rey, 15,000 hombres, se reunió en la orilla norte del río Clyde; en el lado sur, los Covenanters llegando a los 5,000 los confrontaron. El puente estrecho yacía entre ellos. Hackston, Paton, y Balfour, con 300 Covenanters se mantuvieron en el lado sur. El resto del ejército estaba detrás de ellos en la llanura a tiro de distancia, agrupados en once cuadros sólidos; seis estandartes que ondulaban imperiosamente sobre ellos. Tenían un cañón, dos escuadrones de caballería y un grupo de guerrillas.

Monmouth ordena a sus tropas a marchar a través del puente. Una columna sólida empuja hacia adelante por el puente; paso sigue tras paso en esa procesión de terror, cuando he aquí, un soplo creciente de humo se eleva en la ribera de enfrente, y un disparo de cañón es lanzado entre ellos, mientras que mosquetes emanaban lluvias de muerte. El puente se halla cubierto con hombres heridos y los escuadrones dispersos retroceden. El Duque ordena otro ataque. Una segunda formación se mueve apresuradamente sobre el sendero ensangrentado de sus camaradas caídos para encontrar el mismo destino. Una y otra vez, hay ataque y contraataque. Ellos procuran atravesar el río, pero Balfour con sus tiradores de primera los hacen retroceder, mientras que muchos valientes yacen en la corriente fresca del río para no levantarse jamás. El puente gotea con sangre; el río Clyde se halla enrojecido. Después de tres horas los repuestos y las municiones de los Covenanters faltan, y Monmouth se apresura al puente. Los Covenanters los encuentran con espadas, pero son dominados; retroceden sobre el cuerpo principal y encuentran que está incapacitado para entrar en acción.

El ejército del rey pronto estaba al otro lado. Se forman en fila para el ataque general, pero vacilan entrar en batalla; ellos han probado el valor de los Covenanters, y se encontraron con resultados pésimos. Hamilton aguarda su oportunidad. Su intención es precipitar al enemigo en el río. El ordena un ataque delantero, pero la orden falla. ¿Por qué titubea su ejército? Ah, muchos de los oficiales han desaparecido. El terror se extiende sobre las masas como un frío mortal. Welch y sus amigos se han ido; Weir con sus 140 jinetes se espantan y huyen; Hamilton pierde la cabeza y su caballería se desbarata; el ejército cae en confusión; todo está perdido. En la pelea sólo 15 fueron muertos; en la huida 400 fueron muertos.

Monmouth, viendo el pánico, ordenó una persecución que tuvo como resultado una carnicería extensa, una masacre horrible. Un cuerpo de 1,200 soldados se rindieron; éstos fueron obligados a yacer en el suelo toda la noche. Si en sus heridas o dolores movían tan solo la cabeza o una mano, una reprensión se les entregaba desde un mosquete. Un cambio de posición, luego el zumbido de bala, una víctima sangrando, una lucha de muerte, y finalmente un cadáver pálido.

Ese fue un día de reposo triste para los Covenanters. Derrota, deshonra y angustia convirtieron el día en un recuerdo doloroso. La calamidad, indudablemente, surgió por traición a los principios de los Covenanters. La sabiduría Welch resultó necedad; la fuerza de Weir en debilidad; la conformidad de Hamilton en derrota.

El sacrificio de la verdad nunca puede traer nada bueno. Pérdidas, penas, derrotas, y muerte se encuentran en cualquier sistema que sacrifica principios.



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Capitulo 34


Las Prisiones de los Covenanters – d. C. 1680.



«Aquellos que profesan a Cristo en esta generación deben sufrir mucho o pecar mucho,» exclamó uno de los mártires escoceses. El enemigo estaba en poder y todo medio se empleó para obligar a los Covenanters a abandonar su Pacto con Dios, quebrantar su relación con Jesucristo y así destruir su testimonio. Para lograr esto, el rey y sus cortesanos sujetaron a estas personas inofensivas a las más espantosas crueldades. Mientras que permanecieron firmes en su Pacto, la violencia aumentaba; cuando alguno de ellos cedía, un paso de traición llevaba a otro, hasta que finalmente caían en el campo del enemigo. El mismo proceso es verdadero en todo tiempo.

La masacre en el Puente de Bothwell trajo sobre los Covenanters las máximas penas. Sus sufrimientos habían sido hasta ahora como gotas continuas que caen en un día muy lluvioso, con vientos espasmódicos que golpean aquí y allá; pero ahora un huracán barría el país, trayendo consigo mismo ruina y desolación en su amplio sendero. Todo recurso disponible fue puesto en operación para la aniquilación total de los Covenanters. Su ardor por Cristo y por Sus derechos reales debe ser extinguido en su sangre, y su testimonio por la verdad debe ser callado. El rey, los tribunales, el ejército, los obispos – todos se unieron para derrocar el sistema Presbiteriano de la fe y del Pacto de Dios. El Rey Carlos se había determinado a construir su castillo de despotismo absoluto sobre las ruinas del templo de la libertad, erigido por los Reformadores. El sabía que la gloria de la supremacía de Cristo nunca se desvanecería del cielo de Escocia, mientras que los Covenanters predicasen, orasen y cantasen Salmos; ni tampoco su despotismo prosperaría mientras que hubiese Covenanters que desafiasen sus reclamos impíos de autoridad sobre la Iglesia, y sus intenciones inicuas para gobernar las conciencias de los hombres. Fue de ahí que se originó la intención temeraria de intimidarlos y suprimirlos.

Después de la batalla del Puente de Bothwell, el primer golpe de la excesiva crueldad cayó sobre los 1,200 presos que se habían rendido en el campo. Fueron puestos toda la noche sobre el suelo frío como ovejas amontonadas, rodeados por un guardia fuerte. Fue una noche de horror. Los centinelas observaban cada movimiento, y disparaban a cualquier mano o cabeza que se atreviese a mover. Por la mañana fueron tomados, dejando el verde campo manchado con enrojecidos estanques de sangre, y regado con muertos que habían recibido los disparos fatales; allí yacían en vestidos arrollados en sangre.

Los presos fueron atados juntos, de dos en dos, y llevados a Edinburgh, como ganado al matadero. El viaje fue penoso, durante el cual padecieron hambre, fatiga, burlas crueles y tratamientos brutales. En el cementerio de Greyfriars, estos presos fueron arrojados como animales mudos en un pequeño cerco que hasta hoy día permanece. Aquí fueron encerrados para aguardar su sentencia. Mil doscientos hombres, apenas con un espacio cómodo de posición, sin ropa decente, sin alojamientos sanitarios, sin alimento apropiado, sin techo alguno, encerrados por meses dentro de éstos muros de piedra bajo un guardia despiadado – ¿quién puede imaginar sus sufrimientos? Se les había despojado de todo excepto su ropa interior; el suelo duro fue su cama; el cielo raso fue su techo; fueron expuestos al calor de día, y al frío de la noche; las lluvias de julio los empaparon; las nieves de noviembre los cubrieron.

Durante estos meses fatigosos el número de presos cada vez se hacía menos, y en su mayor parte por medios descorazonados. Algunos de ellos se sometían a una fianza en que se confesaban a sí mismos ser rebeldes y prometían una obediencia incondicional al rey. Las penalidades de su condición, las amenazas contra sus vidas y los ruegos de parientes abrumaron sus conciencias. Fueron liberados sólo para ser reprochados, afligidos, atormentados, y para ser saqueados en sus casas por soldados que dominaban el país. Su fianza impía sacrificó su paz con Dios, y no les trajo protección del hombre. Tal es el resultado de todo acomodamiento que hace el pueblo de Dios con el mundo.

Las enfermedades redujeron también el número. Enfermedades que surgían por el clima, el descuido y maltrato, trajo desolación con su vidas. Los vivos velaban con gran cuidado a sus compañeros moribundos, mientras que yacían en el suelo duro y frío, destituidos de todo alivio y consuelo terrenal. Pero poseían en abundancia el Bálsamo de Galáad; las consolaciones de Dios eran abundantes; las promesas destilaban dulzura sobre sus labios; las oraciones llenaban el lugar con incienso; los Salmos eran como la música celestial en sus oídos; las puertas de gloria se les abrían de par en par al morir; el dolor, la pena y las tinieblas desaparecían del alma, mientras que ascendían del tabernáculo terrenal para entrar en la Ciudad Eterna.

Un cierto número de ellos fueron condenados a la muerte y ejecutados en la horca. Prominentes entre éstos, fueron John Kid y John King, dos ministros de Cristo. Ellos recibieron su sentencia con serenidad y caminaron mano a mano, al lugar de la ejecución. Su conversación era alegre. Su perspectiva se extendía mucho más allá de la horca, de las torres de la ciudad, de las colinas elevadas que se extendían en el horizonte, e incluso más allá del sol resplandeciente que entonces brillaba en el occidente. ¡Qué paisaje magnífico sus ojos deben haber percibido entre tanto que ellos ahora habían venido al Monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la compañía innumerable de ángeles, a los espíritus de los justos hechos perfectos! Ya triunfantes en fe caminaban sobre las calles de oro, con palmas en sus manos, coronas en sus cabezas y cánticos en sus corazones. John Kid era un hombre ingenioso, que poseía generalmente un humor inocente; aún a la vista de la horca su humor era irresistible. Mirando el rostro del rey compuso un juego de palabras con sus propios nombres, diciendo, «Yo a menudo he oído y he leído de un cabrito [kid] sacrificado, pero raras veces o nunca he oído de un rey [king] que sea hecho un sacrificio».

Cuatrocientos de estos Covenanters permanecieron tranquilos ante las amenazas, promesas, sufrimientos, o penalidades prolongadas. Las semanas y meses dolorosos podían haberles agotado su paciencia, pero ellos continuaron firmes en la fe y en el testimonio, resueltos a honrar a su Señor y a Su Pacto mientras que tuviesen aliento. Ellos recordaron la promesa, «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida». Ellos eran de un tipo inflexible.

El concilio del rey, desesperanzado en procurar a traerlos a un acuerdo, se resolvió a terminar la tarea molesta enviándolos a todos a tierras lejanas. Colocaron 243 en un pequeño barco de vela, sacudido en el Océano Atlántico hasta que fue sumergido entre las olas. Los demás nunca fueron transportados.

Muchos Covenanters fueron encerrados en lugares aún más intolerables que estos. El Castillo de Dunnottar llegó a ser uno de estos lugares notables. Este castillo se encuentra en una roca que se proyecta al mar. Todavía existe aquí un espacio oscuro y profundo, llamado la Bóveda de los «Whigs», donde 167 Covenanters fueron amontonados. Cuarenta y cinco de éstos eran mujeres. El cuarto tiene 56 pies de longitud, 16 de ancho, y 12 de alto, teniendo dos pequeñas ventanas. Esta despreocupación atroz entre sexos, decencia, salud, y de todo derecho natural, despertó aún la indignación de la esposa del gobernador, quien demandó que las mujeres, después de algunos días, fuesen puestas en otra bóveda. Los presos sufrieron los horrores de estos hoyos asquerosos y oscuros por tres meses. Pero el Señor Jesucristo no los abandonó; ellos fueron sostenidos por Su gracia abundante. El oyó sus gemidos y los sostuvo en su fe. Algunos exhalaron su último suspiro en el piso duro de piedra, sin ninguna almohada en que reposar sus cabezas del dolor. ¡Bendito fin de tal horrible crueldad! Pero aún allí las «puertas de perla» se les abría de par en par, y el alma redimida se levantaba en poder para andar en la esplendente luz del mundo de arriba. Los que sobrevivieron la muerte se les ofrecía libertad a condición de tomar el juramento del rey, y de reconocer su supremacía sobre la Iglesia y sobre la conciencia. Ellos se negaron tenazmente a hacer esto. ¡Cuán grande fue la lealtad de estos hombres y mujeres al Señor Jesucristo! El encarcelamiento con todas sus amarguras les era más dulce que la libertad comprada con una conciencia contaminada.

Bass Rock, también, fue una penitenciaría para los Covenanters. Esta es una gran roca verde que se eleva notablemente del mar cerca de Edimburgo, teniendo los lados rocosos y elevados, y que son accesibles por un sólo lugar. Allá llevaron, en los años más tarde de la persecución, el exceso de presos después de que las cárceles interiores habían sido llenas. La Roca es un lugar muy desolado. Esta fue la Isla de Patmos para los Covenanters. Aquí Alexander Peden, John Blackader y muchos otros pasaron meses y años, caminando alrededor de los precipicios azotados por tempestades, o sentándose en los arrecifes contemplando hacia la tierra pensando en sus hogares desolados, en sus familias rotas, en la Iglesia arruinada y en la nación culpable. Cuándo las olas se estrellaban contra la Roca, y la marea se elevaba en alto; cuando las tempestades oscurecían la tierra, y las olas blanqueaban el mar; cuándo nada era oído por el ruido de las aguas, el rugido de la tempestad, y del chillido de las ave del mar, aún el Espíritu Santo estaba allí para iluminar a estos prisioneros de esperanza. Ellos tenían comunión con Dios; visiones de la gloria venidera iluminaban su hogar triste; ellos movían entre los paisajes celestiales; Bass Rock vino a ser habitada con ángeles. Blackader ha dejado registrado algunas experiencias ricas que él allí disfrutó.

Tenemos libertad para adorar a Dios de acuerdo a nuestra conciencia y a la Palabra. Pero no nos olvidemos que nuestra libertad es la flor, y nuestros privilegios son el fruto, que brotaron de la negra y áspera raíz de la persecución sufrida por nuestros antepasados. Si ellos no hubieran sido fieles, habríamos tenido que luchar las batallas que ellos lucharon, y sufrir como ellos sufrieron, o haber perecido en tinieblas. Por amor a las generaciones venideras, ¿no procuraremos ser nosotros igualmente fieles? Que el Señor Jesús nos conceda fuerzas y éxito.



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Capitulo 35


La Declaración de Independencia – d. C. 1680.



La persecución de los Covenanters bajo el rey Carlos II había continuado veinte años. Estos fueron años de masacre, y sus horrores aún se profundizaban.

La batalla del Puente de Bothwell fue seguida por un punto culminante de sufrimiento y sacrificio. La ira del rey, descargada por los dragoons, cayó sobre cada distrito donde los Covenanters eran hallados y perseguidos a sus escondites. Se les requería tomar el juramento de lealtad, o sufrir consecuencias espantosas. Algunos eran arrastrados a los jueces para ser sentenciados, a otros se les disparaba como tiro al blanco donde fuesen hallados. Como un fuego que se extiende en una ciudad y devora despiadadamente mientras que sus llamas encuentran combustible, de este modo este fuego parecía estar destinado a esparcirse y devorar hasta que la última gota de sangre de los Covenanters se secase en las brazas.

Los perseguidores tuvieron gran éxito. Cuatrocientos ministros, en 1662, rehusaron recibir órdenes del rey en la ejecución de su ministerio; renunciaban el hogar y todos sus consuelos, antes que admitir los reclamos de supremacía del rey sobre la Iglesia de Cristo. Estos ahora habían sido reducidos a menos que a cien ministros. Algunos fueron martirizados, algunos fueron desterrados, algunos murieron de vejez y algunos por la inclemencia de los tiempos; pero muchos, si no la mayoría, habían sido forzados a aceptar la Indulgencia y regresado a casa. Su primer amor había sido apagado por los estragos invernales. Su celo por el Señor Jesús y por Su testimonio decaía en tanto que las dificultades aumentaban. Agotados con el sufrimiento, enflaquecidos por el hambre, expuestos a los peligros, envejecidos con penas, mientras que la oscuridad se extendía sin esperanza alguna de alivio, se debilitaron y aceptaron los términos de una falsa paz. Pero no los juzguemos con severidad. Nuestro Señor ha dicho de tales, «El espíritu está ciertamente dispuesto, pero la carne es débil». La lucha duró otros ocho años, durante este tiempo hubo sesenta ministros que se sostuvieron firmes por su Pacto en vez de cuatrocientos, e incluso estos sesenta, casi para cualquiera, consideraron conveniente suspender su testimonio y mantener silencio.

Los verdaderos Covenanters sin embargo no fueron conquistados. La muerte había dado muerte a sus miles, y la apostasía a sus diez miles, mas los fieles no habían perdido su ánimo. Había todavía una fuerza vigorosa de hombres y mujeres leales, personas calladas y serias, que se sostenían valientes por el Pacto y el Testimonio de Jesucristo. Ellos eran llamados, «El remanente». Con estos, el Espíritu Santo le plació revestirse, para la buena batalla de la fe que continuaron con un ardor constante. Se presentaron en la línea de fuego donde el lugar de la guerra se hallaba más intenso, y llegaron a ser el partido agresivo, demandando del rey sus derechos del Pacto. El Señor estaba siempre con ellos; ellos lo podían escuchar, diciendo, «Ten ánimo; he vencido al mundo». Su celo y energía eran más que las olas encrespadas de la Omnipotencia de Dios, el propio poder del Señor extendiéndose por el hilo del tiempo, y golpeando contra las rocas de la maldad y del desorden – olas de energía Divina que aún han de derramarse sobre cada nación, que ha de vencer el mundo entero, y que ha de cubrir la tierra con gloria, como las aguas cubren el mar.

Estos valerosos e indómitos Covenanters creían que el tiempo había llegado para avanzar hacia adelante, y ellos aceptaron la tarea como del Señor. Ellos no solamente eran inconquistables; ellos estaban determinados a conquistar. En el principio de la persecución fueron pasivos, sometiéndose sumisamente al reproche, al robo, al encarcelamiento y a la muerte, por amor a Cristo. Esto continuó hasta que su paciencia fue agotada.

Su segunda actitud fue la de defensa propia. La opresión vuelve a un hombre sabio indignado. El pueblo venía armado a los conventículos para hacer frente con espadas y mosquetes a las tropas que atacaban sus reuniones. Estos actos de defensa propia se convirtieron en dos esfuerzos distintos para levantar un ejército para confrontar los abusos. Durante todo este tiempo los Covenanters reconocieron a Carlos II como su rey.

La tercera actitud fue de revolución. Ellos ahora habían alcanzado este punto. Desafiaban el derecho del rey de reinar. Se determinaron tomar la corona de su cabeza, y colocarla sobre la frente de un hombre que fuese digno de tal honor, de uno que «teme a Dios, y que aborrece la codicia». ¡Qué tarea tan atrevida! ¡Qué valor exhibido por estos hombres! ¡Qué confianza sin límites contra toda fuerza superior, ventaja terrenal y sabiduría humana en la integridad de su causa que proclamaba la pérdida del rey de su trono y tener que confrontar las consecuencias de esta proclamación!

Esta batalla prometía pocas esperanzas. El panorama lejano era optimista y su éxito final estaba asegurado; pero la lucha presente debe ser sangrienta y el sacrificio de vidas humanas espantoso. Cada hombre que se recluta en el ejército en esta etapa debe esperar morir en el campo de batalla. Esta posición valerosa de los Covenanters ciertamente será desafiada por todos los poderes de las tinieblas que puedan ser reunidas contra ellos. Ellos ahora despliegan el Estandarte a favor de la Corona y del Pacto de Cristo sobre los terrenos más altos posibles; la persecución, por consiguiente se emprenderá, si es posible, con un furor diez veces más grande. El rey con toda su maquinaria de destrucción los combatirá en la manera más despiadada; Satanás con todas sus huestes los asaltará ferozmente. ¿Cómo podrá escapar de ser aniquilado este noble ejército?

Pero, ¿quién dirigirá a los Covenanters en tal lucha? ¿Quién guiará este «pequeñas rebaño,» cuando las huestes de Siria llenan por todas las partes el país? ¿Dónde están los ministros ahora, cuando el toque de trompeta proclama una guerra revolucionaria contra el rey? Mientras que las noticias estremecedoras resonaban de montaña en montaña, la mayor parte de ellos se hallan en cuevas, escondidos – como los profetas de Abdías. Tres, sólo tres, salieron hacia adelante. Estos leones del Pacto son Cameron, Cargill, y Douglas. Ellos echan mano del antiguo estandarte de batalla, y levantándolo a un nuevo puesto convocan a los hijos Pactantes de la libertad para marchar bajo sus dobleces flotantes. El «remanente» dio una respuesta noble.

Este ejército abnegado era simplemente el avance de un gran ejército que ahora era preparado por la providencia de Dios para la restauración de libertad civil y religiosa. Poco esperan ellos ganar bajo las condiciones de ese tiempo, pero ellos podían retener las masas de las tinieblas, hasta que el Señor Jesús trajese Sus fuerzas poderosas a la batalla decisiva. Ellos podían arrojarse a sí mismos sobre el enemigo, y con el impacto detener su progreso. Ellos plantaron principios y comenzaron un movimiento que ocho años más tarde tuvo como resultado la Revolución bajo el Príncipe de Orange. Cameron, Cargill y Douglas empezaron la Revolución, y William, el Príncipe de Orange la terminó.

Los Covenanters que entraron a este movimiento de ahora en adelante fueron llamados Cameronians. Richard Cameron fue el líder. En el primer aniversario de la batalla del Puente de Bothwell, el 22 de junio de 1680, él, con 21 hombres montados, cabalgó hacia el tranquilo pueblo de Sanquhar. Entraron con un espíritu militar; cada caballo montaba a un soldado cristiano; estaban armados para la guerra. Al llegar al centro del pueblo, se apearon y reverentemente hicieron una oración. Luego leyeron en voz alta una Declaración de Guerra contra el rey Carlos. Esta declaración la clavaron en el poste de la intersección principal de la ciudad. ¡Qué celebración tan heroica del primer aniversario de su derrota más grande! El papel llevaba esta declaración:


Repudiamos a Carlos Estuardo como alguien que tenga derecho, autoridad, o parte a la corona de Escocia para gobernar.

Nosotros, hallados bajo el Estandarte de nuestro Señor Jesucristo, declaramos guerra contra este tirano y usurpador, y contra todo hombre de este tipo como enemigo de nuestro Señor Jesucristo de Su causa y de sus Pactos.


Luego los hombres salieron calladamente, mientras que el pueblo leía la Declaración con una mezcla de alegría y de terror. Los leones rugieron sobre las colinas de Sanquhar, y el trono del rey se estremeció; dentro de unos pocos años el monarca y su dinastía habían desaparecido de la faz de la tierra.

Estos Covenanters prepararon también otra declaración que fue llamada el Papel de Queensferry. Contenía la siguiente declaración de los principios, por los cuales ellos contendían:


La admisión de las Escrituras como la única regla de fe y de conducta;

La promoción del Reino de Dios por todo método posible y legítimo;

Un apego a la Reforma Pactante de la Iglesia Presbiteriana;

Un repudio de toda autoridad que se oponga a la Palabra de Dios.

Con un valor intrépido, agregaron lo siguiente:

«Nos ligamos y nos obligamos a defendernos y los unos a los otros, en la adoración de Dios y en nuestros derechos naturales, civiles y aquellos dados por Dios, hasta que triunfemos o pasemos estos derechos bajo debate a nuestra posteridad, para que ellos pueden empezar donde terminamos».


Los padres han terminado su trabajo. Ellos defendieron noblemente la causa en sus días; ellos ofrecieron su sangre voluntariamente para su éxito; pero no se les permitió ver la victoria final. Los principios del Pacto por los cuales ellos contendían son la esperanza del mundo. El Pacto extiende la norma, el estándar más alto para la Iglesia y para la nación. Este estándar debe ser alcanzado, o la palabra profética fracasará. La lucha ha descendido sobre nosotros en la forma de «debate». ¿Seremos fieles a la tarea que nos ha sido impuesta por los padres, quienes alzaron resueltamente el Estandarte del Pacto entre las batallas más feroces? ¿Seremos un eslabón fuerte, o seremos un eslabón roto, que conecta el ilustre pasado con el glorioso futuro? ¿Cuál de estos, seremos?



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Capitulo 36


Ayrsmoss – d. C. 1680.



Ayrsmoss es una palabra común entre los Covenanters. Aquí tenemos uno de esos numerosos lugares donde una derrota momentánea había sido transformada en gloria permanente. Un monumento de granito con una inscripción conveniente marca el lugar y el honor a los héroes caídos. Este es el campo donde Richard Cameron con un grupo fuerte de Covenanters confrontó al enemigo, y luchó la primera batalla de la guerra Revolucionaria de Escocia contra el rey Carlos II.

Ayrsmoss yace en el centro de una amplia soledad. El panorama se extiende sobre una tierra solitaria y desierta en todas las direcciones. La soledad se cierne sobre el aire mismo. El corazón se vuelve cansado y los ojos soñolientos, mientras nos sentamos en un copete de arbusto y miramos el monumento que lleva los nombres de los ilustres muertos. La meditación rehabilita fácilmente el paisaje, y en la visión, el campo vuelve a cubrirse con los horrores del conflicto. Los jinetes se estrellan uno contra el otro, el aire es cubierto con los disparos de fusiles, las espadas destellan a la luz del atardecer, los hombres caen, la sangre fluye, los Covenanters huyen, y – Cameron yace muerto en el campo.

Richard Cameron había pronunciado el principio de la libertad, que resonó por todas partes de Escocia, y hacia Inglaterra, y sobre Holanda, y llegó por fin a los oídos de William, el Príncipe de Orange. Cameron y sus compañeros Pactantes, habiendo repudiado la autoridad del rey Carlos, disputó por fuerza de armas su derecho de reinar. Ellos le habían plantado tres acusaciones en su contra. Estas fueron:


(1) Perjurio; (2) Usurpación; (3) Tiranía.


El rey había violado enormemente el Pacto al cual le había dado su juramento. El Pacto fue la constitución escocesa del gobierno, pero su violación deliberada fue traición.

El había usurpado la autoridad sobre la Iglesia, arrebatando la autoridad del Señor Jesucristo y pisoteando los derechos del pueblo en la adoración de Dios.

El había empobrecido, encarcelado, desterrado, e incluso matado despiadadamente sus súbditos en grandes números, sin ningún otro crimen más que el rehusar someter su conciencia a su voluntad tiránica.

Por lo tanto, como perjuro, el usurpador, y el tirano debe confrontar las determinaciones de guerra. La proclamación ha sido publicada; los hijos intrépidos del Pacto han llegado a una decisión. En el nombre del Señor de los ejércitos han desplegado el Estandarte para la Corona y el Pacto de Cristo. Este Estandarte a menudo puede ser roto con balas y manchado con sangre, pero nunca será doblado hasta que la causa de Cristo y la libertad prevalezcan. Estos Covenanters se han resuelto «continuar la lucha hasta que ellos venzan, o entregarla a la posteridad, para que cada generación pueda empezar donde la última terminó». Tal fue el voto solemne que ligó a estos Covenanters por su propia acción voluntaria el uno al otro, y todos a Dios y a la libertad en la adoración de Dios por Jesucristo. Unió también todas generaciones venideras en una solidaridad indivisible e invencible para la defensa de la libertad, para el triunfo de la justicia, y para la gloria de Cristo en Su Iglesia.

La Declaración de guerra había sido proclamada en Sanquhar. Allí Cameron con su grupo de veintiún hombres imploraron al Dios de las batallas, y tomaron la espada. Se detuvieron por unos pocos momentos contemplando solemnemente su Declaración; ahora clavada en un poste, y hablando a la nación. Teniendo sus caballos por el freno, se detuvieron lo suficiente para cantar un Salmo al Dios de las naciones, luego montaron. Antes que el ruido de sus corceles desapareciera gradualmente en las calles de Sanquhar, las noticias del acto atrevido se esparcía sobre las colinas. El ejército del rey, más de 10,000 hombres, se hallaba rápidamente tras las huellas de estos atrevidos revolucionarios.

Cameron no tembló ante los resultados del trabajo de ese día. Su alma estaba en fuego por el honor del Señor Jesucristo. El había expresado un deseo de morir luchando contra los enemigos declarados de su Señor. El nunca dudó del resultado final; la victoria estaba segura al final, sin importar cuales fuesen los obstáculos en el principio y las pérdidas por el camino. «QUE CRISTO REINE,» él exclamaba con fuego profético; «QUE CRISTO REINE, es el pendón que un día derrocará todos los tronos de Europa;» y él habló como si sus ojos refulgentes viesen los tronos tambaleándose, y sus oídos prestos oyesen el estrépito de su caída.

Una mes breve yacía entre la fecha de Sanquhar y de Ayrsmoss. Cameron y su pequeña compañía avanzaron cautelosamente sobre los lugares desolados. Ellos anduvieron a través de las tristes praderas, durmieron entre los arbustos florecientes, y recostaron sus cabezas fatigadas en el musgo. El suelo frío era su colchón; la niebla helada era su cobija; el cielo raso era su techo; las silenciosas estrellas eran sus centinelas; el Señor Dios Todopoderoso era su guardián. Así aguardaron el día de la batalla. Cameron gozó a buena hora la hospitalidad de amigos que se arriesgaron sus vidas al recibirlo bajo su techo.

El 22 de julio de 1680, fue el gran día memorable. La pequeña banda había entrado al centro de esta pradera solitaria. Aquí se hallaban sesenta hombres esforzados, hombres esforzados de Israel. «Todos tienen espadas, diestros en la guerra; cada uno su espada sobre su muslo, por los temores de la noche» [Cantares 3:8]. El número actual eran sesenta y tres hombres, veintitrés de ellos a caballo. Ellos se asieron de Cameron quien nunca se cansaba de predicar a Cristo a sus almas hambrientas. En este día su voz era inusualmente solemne. El tenía una certeza interna que el sol, que ahora inundaba el paisaje con esplendor y que quitaba el frío de la noche de sus venas, sus rayos ponientes mirarían su sangre y la sangre de ellos derramada sobre ese campo. Eran ahora las 4 en punto; los hombres descansaban en las pequeñas lomas que adornaban la pradera; sus caballos pacían a su lado; todo ojo a menudo escudriñaba el horizonte; en cualquier momento el peligro podría llegar.

«¡Ya vienen!» gritó uno quien vio una tropa que se acerba por la pradera. En un momento los sesenta y tres estaban en pie; los caballos fueron montados y cada hombre sacó su arma. El capitán Hackston, un veterano en la causa Pactante, asumió el mando. Cameron ofreció una oración; su oración registrada no era una súplica para seguridad ni para victoria, sino para que Dios «guardase el árbol verde y que tomase el maduro.» Ellos tomaron su posición, y aguardaron la llegada del Capitán Bruce con 120 soldados de caballería. Con determinación inflexible observaban a los dragoons cubrir el campo. Todo hombre estaba listo, todo ánimo firme. El valor de los Covenanters procedía de su conciencia; ellos sabían que su causa era justa; sus corazones los sostenía; su Pacto los fortalecía; tenían la certeza de la victoria final. Ellos ciertamente lograrán todo lo que es bueno para este momento, y para esta ocasión. Aún una derrota abrumadora será una victoria moral. El resultado será de acuerdo a la voluntad de Dios, y un acontecimiento necesario en el progreso del reino de Cristo.

Estos hombres fueron enviados para presentarse en la línea de fuego, y mostrar el espíritu, el valor y la fe de los soldados de Cristo; detrás de ellos el mundo espiritual se hallaba lleno de los ejércitos de Dios. Sus veinte-mil carruajes y millares de ángeles se acercaban para los combates sucesivos, que aún han de llenar el mundo con justicia y los cielos con alabanza.

Bruce y su tropa fueron recibidos con una lluvia mortal de balas; muchos corceles quedaban vacíos de sus jinetes. Hackston dirigió a sus jinetes en un ataque temerario; él casi partió la fuerza del enemigo en dos; pero sus hombres siendo pocos, los dragoons lo rodearon. Su caballo se atascó; él se apeó, y empleó su espada con resultados tremendos. Por fin cayó sangrando de muchas heridas. Los Covenanters fueron abatidos y vencidos en el campo de batalla. Nueve yacían muertos, entre ellos estaba Richard Cameron. Veintiséis fueron muertos en el otro lado, así fue tan firme el ánimo y el objetivo de los Covenanters ante las desventajas abrumadoras. La guerra por la libertad estaba ahora en pie; la primera sangre se había derramado, y había consagrado a Ayrsmoss. Pero el precio de la libertad es de valor muy alto; otros campos de batalla deben aún ser enrojecidos con sangre que fluirá de muchos corazones.

Nuestro disfrute de libertad civil y religiosa es tan permanente y ordinario que raras veces pensamos cual fue su sacrificio. ¡Qué dolores de tristeza, qué años de penalidades, qué arroyos de sangre nuestros padres pagaron por la herencia de la verdad y de la libertad que han dejado a sus hijos! Cuidemos en apreciar las bendiciones compradas con sangre, no sea que las perdamos.



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Capitulo 37


Los «Cameronians» - d. C. 1681.



Richard Cameron había caído en la batalla en Ayrsmoss; pero la causa no había fallado, ni sería olvidada. «En memoria eterna será el justo» [Sal. 112:6]. Sus años fueron breves, pero su trabajo fue grande. El era un joven vigoroso y robusto, se hallaba en la flor de su juventud cuando encontró la muerte. El sol había alcanzado sólo el meridiano del cielo. Mientras que sus facultades resplandecían con energía divina, y su ministerio hacía la impresión más profunda, el Señor lo llamó a la gloria. El traslado de la tierra al cielo fue repentino y sublime. Uno de los poetas ha pintado su propia concepción del acontecimiento en un poema brillante, titulado, «El Sueño de un Cameronian». Esa vida noble, tan llena de celo, de acción y de poder, dejó una impresión permanente en la Iglesia de los Covenanters. Tan poderosa fue su influencia que las personas que se mantuvieron fieles al Pacto de ahora en adelante serían llamadas Cameronians.

El campo de Ayrsmoss presentó un panorama triste esa noche. El día de partida pudo haber lanzado sobre él un atardecer resplandeciente, pero nada podía aliviar la tristeza. La luz se retiraba entre tanto que los soldados partían tomando con ellos al Capitán Hackston y otros pocos presos heridos. La noche se asentó suavemente sobre la pradera; el grito de los capitanes había dado lugar al silencio de la muerte. Nueve defensores nobles del Pacto yacían muertos en el pasto cubierto de rocío. Los amigos, pronto como la seguridad se los permitió, vinieron; y reuniendo los cuerpos, solemne y tristemente, los enterraron en una amplia tumba. El monumento presente marca el lugar donde el polvo precioso aguarda la resurrección.

La cabeza y las manos de Cameron fueron cortadas y llevadas en triunfo ignominioso por las calles de Edinburgh. La cabeza fue elevada en la punta de una lanza y puesta delante de los presos en la cárcel de la ciudad. El padre de Cameron estaba preso allí en aquel tiempo. La cabeza y las manos le fueron presentadas, con un interrogante despreciativo, «¿Conoces esto?» El golpe enorme dio rápidamente lugar a una efusión del cariño paternal. La sangre, la palidez y aún la mirada fija del rostro sin vida parecían desaparecer en el afecto benévolo del anciano padre; para él el semblante era dulce como siempre, los ojos brillaban, los labios parecían moverse, la frente estaba ceñida con dignidad sacrosanta. Mil escenas tiernas del pasado deben haberse precipitado sobre el alma del padre agitado. Él tomó esas partes frías, más preciadas para él que su propia carne, y mientras que las lágrimas fluían abundantemente, las besaba diciendo, «yo las conozco; son de mi hijo; mi propio hijo querido: el Señor no me puede dañar ni a mí ni a lo mío; la voluntad del Señor es buena.»

Cameron vivió en el período más crítico de la causa Pactante. Su vida de servicio y de sacrificio se elevó en fuerza monumental justo apenas cuando la Reforma Pactante parecía estar lista para el entierro. La inundación de las Indulgencias casi había sumergido el testimonio de los Covenanters. Muchos de los ministros habían sido arrastrados en ese lazo satánico. El resto fue intimidado, o fue incapacitado con la enfermedad y vejez. Pero había un ejército de hombres valientes y mujeres honorables, miles en número, que sin líder alguno confrontaban el furor creciente de la persecución, y continuaban su testimonio por Cristo desafiando la ira del rey. Estos fueron llamados Society People [la confraternidad de hermanos], y Cameron durante su ministerio público era su líder.

Cameron y la Society People, después conocidos como los Cameronians, han sido criticados severamente por su exclusividad. Rehusaban tener compañerismo con los ministros que aceptaron las Indulgencias y que habían consentido a la supremacía del rey sobre la Iglesia, y de igual manera con los ministros de campo que habían enmudecido el testimonio Pactante. A menudo son representados como severos, intolerables y poco caritativos en extremo. Al lanzar una mirada a la comisión de Cameron mostrará cuán infundada es la acusación.

Richard Cameron recibió la ordenación en Holanda, cuatro meses después de la batalla del Puente de Bothwell. El servicio de la ordenación fue muy solemne y conmovedor. El presbiterio sentía que estaban delegando a un siervo de Dios para hacer una obra que le costaría su vida. Mientras que los ministros ponían sus manos sobre la cabeza de Cameron en el acto de la ordenación, le fue dicho por uno de ellos, que la cabeza en que sus manos estaban colocadas un día sería cortada de su cuerpo y puesta ante el sol y luna a la vista pública. Tal fue la visión de sangre que se movía ante sus ojos durante los ocho meses de su ministerio. En ese mismo tiempo, él también recibió la exhortación: «Ve, Richard; el Estandarte público del Evangelio se haya caído en Escocia; ve a casa y levanta el Estandarte caído, y exhíbelo públicamente ante el mundo. Pero antes que pongas la mano a ello, ve a cuantos ministros de campo puedas encontrar, y extiéndeles tu invitación cordial para que vayan contigo.»

Fiel a su comisión, Cameron fue. El buscó los ministros de campo. El número de ellos ahora era cerca de sesenta. Estos se mantenían cerca de sus escondites; sus voces apenas iban más allá de la boca de sus cuevas; ellos estimaban su sangre más valiosa que su testimonio por Cristo y por Su Pacto. Veinte años de incesantes dificultades los habían desalentado; la inundación reciente de la ira del rey los había agobiado; en su mayor parte habían sido enmudecidos en su testimonio por Cristo, como las piedras en las que se escondían.

De los sesenta ministros Cameron encontró sólo dos que estuvieron dispuestos a unirse con él, y con él sostener el Estandarte del Pacto ante los ojos de la nación. Uno de éstos, Thomas Douglas, pronto desapareció, dejando a Cameron y a Cargill para dirigir solos el pueblo Pactante de Dios en su lucha que se volvía más dura cada día. Estos dos intrépidos ministros de Cristo aceptaron la responsabilidad, conociendo muy bien que el precio se pagaría, sería su propia sangre. Y ellos han sido reprochados por su exclusividad.

Veinte años antes, los ministros Pactantes llegaban a los mil. Más de la mitad de éstos habían violado el Pacto por una resolución en 1650 que concedía puestos de cargo civil a hombres que carecían requisitos morales. ¿Acaso será reprochada la minoría por no seguirlos? En 1662, la fraternidad ministerial fue de nuevo divida en dos por el decreto del rey que les requería someterse, o abandonar la casa parroquial. Cuatrocientos se negaron a obedecer. ¿Acaso serán reprochados estos por separarse de sus hermanos que se quedaban? En años subsiguientes que les siguieron a las Indulgencias, uno tras otro fueron capturados, todos menos sesenta. ¿Acaso los sesenta serán reprochados por no seguir a los otros en someterse a la supremacía del rey sobre la Iglesia? Y ahora todos, menos dos abandonaban el testimonio público por la corona de Cristo. ¿Acaso estos dos serán reprochados por separarse de los sesenta, y levantar en alto el Estandarte de Cristo?

Cameron y Cargill, con la Society People, se mantuvieron en una base separada de sus hermanos que se habían alejado de esa base, y que los habían dejado luchar solos en condiciones desfavorables y contra enemigos feroces, para una Reforma Pactante a la cual todos se habían sometido por un juramento solemne. Estos hombres, con la Society People apoyándolos, se sostenían firmes por su Pacto y juramento de Dios, los demás se habían alejado. ¿Reprochar los Cameronians por su exclusividad? Más bien, seamos sinceros y reprochémoslos porque no resbalaron, ni tropezaron, ni cayeron de los avances y logros del Pacto como sus hermanos. Estos hombres ilustres se sostuvieron en alturas de donde los otros se habían apartado; y agitando los colores del Estandarte del Pacto envejecidos por las batallas, los llamaban a que se levantasen y ocupasen el terreno donde se habían mantenido anteriormente.

Los Cameronians mantuvieron una posición alta; pero no fue ilusoria ni imaginaria; fue práctica y bíblica; aquí había tierra firme, un fundamento de piedra. En ella no hubo descarríos, ni desviaciones ni fangos. Las verdades que ellos sostuvieron eran claras, bien pulidas, inflexibles, fundamentales e inalterables. Su juramento los obligaba a defender la soberanía de Cristo, el reino de Dios y la religión Reformada.

El Estandarte flota todavía allí en el cuidado de unos pocos sucesores. Bajo el Señor de los ejércitos, el Capitán del Pacto, ellos continúan hasta este día sin ningún pensamiento de volver atrás o de arrastrar por el polvo los colores de su Estandarte. Ellos están seguros que iglesias y naciones aún subirán alturas de la doctrina del Pacto y de fidelidad bajo el Señor Jesucristo. La plaga que hoy día azota a las iglesias es un retroceso hacia abajo, lo cual es una influencia mala que atrae constantemente a la gente más y más abajo. Pero en los postreros días el Espíritu Santo será derramado sobre toda carne; entonces el mundo tendrá una resurrección espiritual, y una ascensión gloriosa a los terrenos del Pacto, por medio del Señor Jesucristo, «a quien sea el dominio y majestad eternamente». «El monte de la casa de Jehová será confirmado como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a el todas las naciones.» [Isa. 2:2].



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Capitulo 38


La «Estrella Solitaria» – d. C. 1681.



Donald Cargill fue por este tiempo el único ministro de la Society People. El fue la «Estrella Solitaria» apareciendo en el firmamento de la Iglesia Pactante. La noche se hallaba muy nublada. La tempestad de la persecución había oscurecido la tierra; la apostasía de la iglesia había profundizado la oscuridad; la ira del Señor contra la nación perseguidora y contra la iglesia apóstata, cubría a Escocia con una noche triste. Las estrellas habían desaparecido dejando una sola, un orbe solitario, que tenía el poder suficiente para romper la lobreguez mortal con sus rayos resplandecientes.

Donald Cargill fue el «Elías» de su día, el líder solitario del Pacto después de la muerte de Cameron. Indudablemente había siete mil, sí siete mil repitamos, que no habían doblado la rodilla a Baal; pero se hallaban escondidos en cuevas y en cavernas, aguardando la manifestación portentosa del poder y de la gloria del Señor. Había muchas estrellas, pero la noche era demasiado oscura para que brillasen; también ellas se habían vuelto opacas. Aún Alexander Peden el profeta fervoroso de Escocia, que nunca se había debilitado en el Pacto ni había disminuido en su carrera brillante – ni aún él se identificaba con los Cameronians en la declaración de guerra contra el rey Carlos, ni en la demanda para que bajase del trono. Cargill fue el líder solitario de los intrépidos Covenanters en su nuevo y agresivo movimiento.

Los últimos años de Cargill fueron sus mejores años, y sus últimos servicios fueron sus más grandes. El creció como el cedro, aumentando en fuerza, en servicio y en dignidad hasta que lo cortó la muerte. Su celo se elevaba en llamas con los vientos adversos: él hizo sus trabajos más nobles cuando fue más dolorosamente agobiado. El llevaba a cabo los servicios de adoración pública aún cuando se hallaba herido y sangrando; él llevaba consigo las heridas de la espada al púlpito y finalmente las cicatrices de la batalla a la tumba. Una mirada a su carrera maravillosa debe ser inspiradora.

Aún en la niñez Cargill era conocido por la oración. El creció en una granja hermosa donde los campos se sumergían en los valles y se elevaban sobre las altas colinas. La austera naturaleza enseñó al niño a desarrollar esplendor, grandeza y dignidad. Se recreaba a menudo en los linderos de ese mundo del más allá en sus meditaciones y en la oración. Pero especialmente la adoración en el hogar, la Biblia de la familia, el catecismo hogareño, la disciplina rigurosa, y los solemnes días de reposo moldearon al chico y despertaron las facultades que distinguirían al hombre. La religión en el hogar, que era estricta, solemne y una que inspiraba reverencia, formaba héroes de los hombres del Pacto. Si no hay la religión en el hogar, puede esperarse a que los niños lleguen a ser mentecatos moralmente y menesterosos espirituales.

Cuándo Cargill era aún joven, se conocía por pasar noches enteras en oración. ¡Qué noches han de haber sido para ese corazón joven! ¡Qué manifestaciones del Evangelio y del amor de Dios! ¡Qué revelaciones de la hermosura de Cristo, de la preciosidad de Su sangre y de los tesoros de Su Pacto! ¡Qué discernimiento en el valor del alma y de su comisión de parte de Dios! ¡Qué pensamientos de mayordomía, de responsabilidad, de recompensas, de castigos, del día del juicio, de la eternidad! ¡Qué visiones del reino del Señor Jesucristo, de Sus derechos como Rey, de Su gloria y majestad, de Su celo por la Iglesia, de Su indignación contra el mal, de Su defensa de lo bueno! ¡Cómo habrían sido esas noches de oración para ese corazón pequeño! El Espíritu Santo descendió sobre el tierno suplicante; la gloria del Señor resplandecía a su alrededor; el cielo se inclinaba y derramaba bendiciones sobre su cabeza; hizo muchas excursiones a ese mundo de arriba. ¡Qué vida tan maravillosa no podríamos esperar que surgiese de un comienzo como éste! ¡Observad atentamente aquel muchacho que pasa noches enteras en oración, o aún horas enteras hablando con Dios! Ciertamente el resultado será admirable.

El valor era prominente entre las cualidades que pusieron a Cargill al frente, y lo constituyó en uno de los muchos poderosos de Escocia. Él, de nada tenía temor más que del desagrado de Dios. Su intelecto monumental, pulido con educación, instruido en la Biblia y radiando con el Espíritu Santo, le dio un amplio horizonte. Él hizo el trono del Señor Jesucristo su punto de enfoque, y por lo tanto vio las cosas en su relación verdadera. El tuvo una comprensión poderosa y espiritual de las verdades de Cristo y de Su dominio universal. El vio a Jesús coronado con muchas coronas; la Iglesia unida a Cristo en matrimonio; y todo el universo sujeto a Cristo por causa de la Iglesia. La perspectiva clara y extensa de Cargill sobre Cristo y sobre Su dominio universal le permitió tomar la posición correcta en la gran lucha que en ese tiempo sacudía los fundamentos de Escocia. El escogió sabiamente el lado fuerte. El compartió su suerte con el pobre «remanente», que era perseguido, capturado y ejecutado tan rápido como los soldados sanguinarios del rey Carlos podían llevar a cabo su obra cruel. La mayoría de los hombres consideran éste el lado débil, pero los ojos de Cargill lo contemplaban desde el mundo espiritual. El contempló el poder infinito de Dios, la omnipotencia de la verdad y las huestes celestiales. El sabía que todas las fuerzas de la justicia avanzaban en armonía inigualable a favor del «remanente» que se mantenía fiel al Señor Jesucristo. Al estar consciente de este poder infinito, que reposaba sobre sus hombros, ¿cómo podría él tener miedo?

Cargill aceptó el oficio del ministerio del Evangelio con un sentido profundo de indignidad. Cuando fue instado a entrar al ministerio titubeaba, y pasó un día en ayuno y oración para conocer la voluntad del Señor. Dios le habló enviándole al corazón el mandato irresistible: «Hijo de hombre, come este rollo, y ve habla a la casa de Israel.» El tomó esto como la respuesta mientras que estas palabras resonaban en sus oídos día y noche. Ya no titubeo más; desde ese tiempo se consagró a la obra del Evangelio, y su celo lo constituyó como un punto reluciente para el enemigo.

Su servicio regular en cierta ocasión cayó en el aniversario de la restauración del rey al trono. El lugar de reunión se llenó; el país se regocijaba con el rey, aunque éste ya se había arrojado sobre la marea carmesí de la persecución. Lanzando una mirada a la audiencia y juzgando que muchos habían venido para rendir honores al rey, su alma ardía en indignación, y sus ojos destellaban con desprecio hacía el asesino que tenía la corona. «No estamos aquí,» dijo él, «para celebrar este día como otros lo celebran. En un tiempo creímos bendecir el día cuando el rey regresaba a casa, pero ahora tenemos razón suficiente para maldecirlo. Si alguno de ustedes ha venido para solemnizar este día, deseamos que se retire.» Entonces elevándose en vehemencia apasionada, clamó, «¡Ay, ay, ay del rey! Su nombre será un hedor mientras el mundo permanezca, por la traición, por la tiranía y por la lascivia.» Desde ese día buscaban su vida para quitársela; mas él vivió y predicó veinte años más.

La vida de Cargill fue sacudida por las olas más violentas. El hizo muchos escapes por un cabello. Cerca del hogar de su niñez yace un valle profundo, y abajo hay una corriente que proviene de las montañas que se precipita por un canal rodeado de piedras, batiéndose como blanca leche. En cierta ocasión estaba siendo perseguido por soldados desde Dundee, por un trecho de nueve millas. El huyó hacia abajo por el precipicio escarpado y saltó la sima. Los soldados que le seguían vinieron al lugar pero no se atrevieron a saltar. Cargill subió al dique opuesto y escapó. Cuando le fue recordado un día que él había hecho un buen salto, él contestó en una manera graciosa, «Sí, pero me di una buena carrera antes de saltar».

En otra ocasión él vio un grupo de soldados que se acercaban en busca de él. El avanzó hacia adelante serenamente, y mirándolos fijamente, siguió su camino. Ellos que no lo conocían personalmente nunca pensaron que un hombre de semblante tan alegre podría ser el que buscaban. En Queensferry la casa todavía permanece donde él y el Capitán Hall fueron arrestados. El valiente Capitán se interpuso entre Cargill y el oficial. La lucha fue regida; Hall fue herido mortalmente; Cargill también fue herido gravemente pero escapó. Pero esto no lo detuvo de cumplir con su compromiso que tenía en una reunión de conventículos; él predicó aún hallándose herido. Parecía que nada detenía a este hombre de Dios en la obra del Evangelio mas que la muerte. Sin embargo su servicio más grande aún tenemos por contarlo.

¿Habremos incorporado en nosotros el elemento del poder Divino en nuestras vidas? ¿Hacemos el trono de Jesucristo nuestro enfoque, de donde vemos todas las cosas relacionadas con El, y por El una con otras? ¿Defendemos lo que es recto, por muy débil que pueda parecer, sabiendo que toda autoridad que es de Dios están en ese lado? Los tiempos demandan vidas heroicas, hombres que no titubean bajo el reproche, ni evaden sus convicciones; hombres que sostendrán la verdad a toda costa, y que denunciarán el pecado en cada peligro. ¿Puede proveer ahora la Iglesia tales hombres?



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Capitulo 39


Un Servicio Extraordinario – d. C. 1681.


La severidad de la persecución ahora había llevado a los conventículos a los lugares más solitarios. Muy pocos ministros en este tiempo se arriesgaban, en cualquier caso, a predicar en las reuniones al aire libre. Cargill vivió más tiempo que Cameron, lo cual fue un poco más de un año. Ellos se habían acostumbrado a asistir a estas reuniones juntos; su confraternidad en el ministerio de Cristo era un gozo mutuo. Se hallaban unidos igualmente, y constituían un equipo poderoso. Donde los dos predicaban los oyentes tenían un gran banquete. Pero la muerte los había separado; Cargill sentía intensamente el desconsuelo. El llegó a ser después como una paloma que llora la pérdida de su compañero. El predicó un sermón conmovedor en el día de reposo después de la muerte de Cameron, tomando su texto del canto fúnebre del rey David sobre la muerte de Abner: «Un príncipe y grande ha caído hoy en Israel» [2 Sam. 3:38].

Cargill era ahora de setenta años de edad; con su pelo plateado, acabado y debilitado con las experiencias terribles que habían llenado su vida perseguida. Su último año fue un punto culminante apropiado, el mejor de todos sus años en el servicio del Señor. Los toques de su trompeta fueron siempre vigorosos y decisivos; una explosión, sin embargo, fue especialmente fuerte, larga y clara, cosa semejante que el mundo nunca había oído.

Este predicador de justicia denunció el pecado con una agudeza inflexible. El no era uno que hacía acepción de personas; el rey recibió su parte de reprensión y amonestación, igualmente como el más humilde de la tierra. El tenía un gran celo por el Señor Dios de los ejércitos, y no toleraría ultraje alguno contra Cristo.

El rey Carlos había cometido la deshonra más baja contra el Señor Jesucristo. El había arrebatado la corona de Cristo, había quebrantado el Pacto santo, había aplastado la Iglesia, y había derramado la sangre de los santos. El espectáculo de semejante horrible maldad hizo que hirviera la sangre de Cargill, y en momentos oportunos sus sermones se elevaban en elocuencia apasionada contra el rey malhechor. En cierta ocasión asentó una invectiva triple sobre la cabeza del rey. Esto nunca podría ser perdonado por el rey asesino que destruía el pueblo de Dios. El rey lo persiguió con ira implacable. Un precio de $1,200 se ofrecía por su cabeza, vivo o muerto. Por veinte años y más los perseguidores sanguinarios iban tras sus huellas. Veinte años, con la espada colgando sobre su cabeza, hace una vida solemne. Veinte años, entre las dificultades y los horrores de la persecución, imparten una experiencia rica. Veinte años, en el horno calentado siete veces más de lo acostumbrado, purifica un alma. Veinte años, ocultándose bajo la sombra del Altísimo, hacen a un predicador poderoso. Se decía de él, como de su Maestro, aunque en un sentido menor, «Nunca ha hablado un hombre como éste». Su voz alcanzaba círculos vastos, resonaba a través de los extensos bosques, y hacía eco en los lados rocosos de las montañas. Miles se derretían con sus tiernas palabras; y muchos marchaban en línea bajo el Pacto por su lógica poderosa. El hablaba de una experiencia profunda, implorando como un hombre que se sostenía ante el resplandor del tribunal de Cristo. Mientras que predicaba, el mundo eterno parecía brillar a su alrededor. Algunos de sus discursos han sido preservados por la prensa.

Los sermones de Cargill y sus oraciones eran generalmente cortos. El recibió una vez una amonestación apacible por su brevedad. El estaba llevando a cabo un conventículo; las personas habían venido de una larga distancia para oír la predicación; tenían hambre y sed de Dios y de Su Palabra. La gran congregación se rebosaba con la abundancia rica del Evangelio, y pendían en suspenso de los labios del ministro, cuando de repente paró. El había terminado. Uno de los oyentes, que creía que sólo una raja de pan había sido dada, cuando lo que se necesitaba era una barra entera, se le acercó y le dijo, «Ah, señor, el tiempo es largo entre las comidas, y nosotros nos hallamos en una condición hambrienta, y es dulce, bueno y sano lo que está dando; pero ¿por qué nos priva tanto con algo tan poco?» Cargill contestó, «Desde que me arrodillo solícitamente para orar, yo nunca me atrevo a orar ni a predicar con mis talentos; y cuando mi corazón no se siente conmovido ni viene de mi boca, yo siempre he creído que es tiempo para parar. Lo que no viene de mi corazón, tengo poca esperanza que llegue al corazón de otros». El podía distinguir entre el producto de sus propios talentos y lo que es del Espíritu Santo. Lo uno es como burbujas sobre el agua a almas hambrientas; lo otro como las uvas de Escol [Num. 13:24].

El acontecimiento más notable en la carrera de Cargill fue la excomunión del rey y seis de sus cómplices de la Iglesia Pactante. Estos siete hombres fueron los perseguidores principales por aquel tiempo. Anteriormente ellos habían sido Covenanters, pero habían abandonado el Convenio [Pacto], y habían caído en extrema maldad. La Iglesia nunca había tratado con sus casos; ella había perdido el poder. Los tribunales de la Iglesia eran controlados por el rey. Pero ¿acaso, por esto, la disciplina fallará? ¿Acaso la Iglesia ya no puede sostener más sus leyes y administrar sus reprensiones? ¿Acaso se ha vuelto incapaz? Las condiciones extraordinarias justifican los métodos extraordinarios. Cargill formó el osado propósito de publicar estos casos; y de infligir las reprensiones, solo y por sí mismo, como un ministro de Jesucristo. No en espíritu de venganza, ni como un anatema vano, sino con la autoridad de Dios en el nombre de Cristo; y con un sentido profundo de responsabilidad, asignó la pena espiritual a estos impenitentes transgresores manchados con sangre. La vitalidad indestructible de la Iglesia así reapareció en ese acto solemne.

Esta acción fue tomada en uno de los conventículos celebrados en Torwood a principios del otoño de 1680. La asistencia fue grande. El pueblo no sabía lo que venía. Cargill se hallaba muy alentado. Después de un poderoso sermón, él prosiguió con el acto de la excomunión. La forma fue esta:


Yo, siendo un ministro de Jesucristo, y teniendo la autoridad de parte de El, en Su nombre, y por Su Espíritu, excomulgo, hecho fuera de la Iglesia verdadera y entrego a Satanás a Carlos II, por estos motivos: (1) Su burla de Dios; (2) Su gran prevaricación; (3) Su revocación de todas las leyes para establecer la [Segunda] Reforma; (4) Su ejército tiránico en destruir el pueblo del Señor; (5) El ser un enemigo de los Protestantes verdaderos; (6) Su consentimiento en otorgar perdón a hombres asesinos; (7) Sus adulterios.


Cargill sabía que él sería juzgado desfavorablemente, por generaciones futuras, por lo que él había hecho; muchos considerarían la excomunión como algo irrazonable e injustificable. El, por consiguiente, arriesgó su reputación y autoridad en una profecía que él pronunció en su sermón en el siguiente día de reposo: «Si estos hombres mueren la muerte ordinaria de los demás hombres, entonces Dios no ha hablado por mí.» El rey Carlos fue envenenado; el Duque de York murió delirando bajo la sentencia; McKenzie murió con la sangre fluyendo de muchas partes de su cuerpo; el Duque de Monmouth fue ejecutado; Dalziel murió bebiendo, sin recibir un momento de advertencia; Lauderdale se hundió en decrepitud por desenfreno excesivo; el Duque de Rothes entró a la eternidad en la desesperación misma. La profecía tuvo su cumplimiento terrible, hasta el último hombre. «¡Horrenda cosa es caer en las manos de un Dios vivo!» [Heb. 10:31]

Ya no quedaba mucho para Cargill que hacer. Unos pocos más conventículos, el reconocimiento de la supremacía de Cristo ante los jueces, un testimonio público en la horca; entonces la sangre puede fluir y sellar la verdad que tanto amaba predicar. Sus perseguidores por fin lo descubrieron. Gran fue la alegría de sus enemigos cuando fue hallado, y atado, y precipitado a la prisión. Su juicio fue rápido, resultando en la pena de muerte. Su ejecución le siguió rápidamente. Cuándo él vino a la horca, él colocó su espalda contra la escalera, y dirigió palabras a la multitud que se había reunido para presenciar su última lucha. El rostro venerable emitía alegría. Esa mañana él había escrito algunos de sus ricos y copiosos pensamientos. Aquí está uno de ellos: «Este es el día más alegre que jamás yo he visto; mi gozo ahora comienza que nunca será interrumpido». Su alma fluía con arrebatos celestiales; la gloria del cielo prorrumpía a su alrededor. La emoción de su juventud de nuevo aceleraba su pulso; él ascendió al lugar de la horca y volteando el rostro, dijo, «El Señor sabe que subo por esta escalera con menos temor e inquietud mental de la que jamás tuve cuando subía al púlpito para predicar». Habiendo llegado a la plataforma, donde el lazo esperaba su cuello, se despidió de la tierra, y dio la bienvenida al cielo. «Adiós,» él exclamó; «Adiós, a todos mis parientes y amigos en Cristo; adiós a mis conocidos y todos los placeres terrenales; adiós a toda lectura y predicación, oración y fe, a peregrinaciones y reproches y sufrimientos. Bienvenido el gozo inefable y glorioso. ¡Bienvenidos Padre, Hijo y Espíritu Santo! en Tus manos encomiendo mi espíritu». ¡Qué era la muerte para un hombre como él sino como el comienzo de la gloria! La negra horca fue iluminada con el resplandor que brotaba de las puertas celestiales de perla.

¿Cuánto del espíritu de celo, valor, testimonio y de disciplina, aviva hoy en día a los descendientes de los Covenanters martirizados?



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Capitulo 40


Las Sociedades – d. C. 1682.



Después de la muerte de Cameron, los Covenanters del tipo «Cameronian» se formaron a sí mismos en sociedades para el culto de Dios, para su propia edificación espiritual y para la defensa del Pacto. La mitad de una docena de familias o más, teniendo la misma fe, espíritu y propósito, se reunía en el día de reposo para compañerismo y adoración. Esto se llamaba una «sociedad».

Esos fueron días de triste decadencia. La apostasía había arrastrado al gran cuerpo de Covenanters de su fundamento. Bajo la presión de la persecución y los lazos de la Indulgencia real, muchos ministros y personas habían abandonado enteramente, o hasta cierto grado, el terreno logrado de Reforma. Las personas de las Sociedades rehusaron hacer concesiones por las cuales la verdad sería suprimida, la conciencia contaminada, o algún principio bíblico sacrificado. Ellos se mantuvieron firmes a favor del Pacto, y aceptaron las consecuencias incluyendo la más dura servidumbre y los sufrimientos más grandes.

Las personas de las Sociedades han sido reprochadas para su exclusividad; rehusaron asociarse con otros en el culto de Dios, y a ningún ministro escuchaban a menos que fuese uno de los suyos. Pero, ¿por qué? Considérese sus razones, luego sean juzgados. Estas personas se mantenían solas simplemente por el hecho de que ellas habían sido dejadas solas; estos soldados de Cristo habían sido desamparados mientras que se mantenían en el terreno ganado por sus padres a costa de mucha sangre. Se mantuvieron donde el Señor Jesucristo los había puesto, dándoles un encargo solemne de guardar el juramento, y defender Sus derechos reales. Entonces, ¿deben ser reprochados, por no unirse a la apostasía general? ¿Qué dice el Señor? «Si alguno retrocediere, no agradará mi alma»[Heb. 10:39].

Desde la fortaleza del Pacto estos soldados veteranos de Cristo agitaban heroicamente el Estandarte Azul, declarando a sus hermanos, y al mundo, que por la gracia de Dios ellos nunca se rendirían. Ellos fueron los verdaderos Covenanters, los del verdadero [Estandarte] color azul, los de la estirpe antigua. Ellos no eran una secta; ellos eran el «remanente». Ellos se mantenían firmes en el terreno original; los otros habían roto el Pacto y se habían alejado. Estos eran el centro, el núcleo, la sustancia, la fuerza integrante, el cuerpo organizado, la forma visible de la Iglesia Pactante en aquellos días. Las Sociedades eran la continuación de la Iglesia que había prosperado en los días de Knox, y que tomó la postrera y mayor gloria en los tiempos de Henderson [líder en la Asamblea de Westminster]. Ellos eran la misma Iglesia, que tenía la misma fe, el mismo Convenio y los mismos servicios.

Las personas de las Sociedades no eran la rama, eran el tronco de donde las ramas habían caído. Las ramas se hallaban regadas alrededor; pero el tronco, aunque quebrantado y desfigurado, todavía estaba profundamente arraigado en la tierra del Pacto y lleno de vida.

Los perseguidores concentraron más que nunca su ataque sobre estas personas. Ellos fueron perseguidos y cazados como si fuesen animales de presa. Abundantes recompensas se ofrecían por sus líderes. Mas ellos se mantenían firmes al lado de su Pacto; no sacrificarían ni un cabello. La fidelidad a Cristo devoró toda otra consideración; esta fidelidad fue la pasión ardiente de sus vidas.

Estas sociedades eran numerosas que se extendían a través de una zona extensa. Eran mantenidas juntas por delegados que se reunían cada tres meses. De esta manera la armonía del espíritu, el propósito y el movimiento eran preservados. Se mantenían firmes como una cuadrilla de soldados veteranos, confrontando al enemigo en cada lado. Aún tomaban pasos agresivos, entregando en la manera más pública su testimonio contra la tiranía del rey y la apostasía de la Iglesia. Las minutas de estas Reuniones Generales han sido preservadas; ellas proporcionan una interesante lectura.

Después de la muerte de Cargill, estas personas no tenían a ningún ministro. Unos pocos ministros, como Alexander Peden, aun se mantenían limpios, pero ellos no se unían a estos Covenanters intrépidos en su guerra contra el rey. Ellos consideraban a las personas de las Sociedades como extremistas y fanáticas. Las Sociedades sufrieron más gravemente por los reproches y calumnias por otros hermanos que por la persecución misma, aunque ésta se volvía más violenta cada día. Pero éstos fueron hombres que tomaban más en cuenta a Dios y a su conciencia; no las consecuencias ni los hombre. La fidelidad a Cristo era su primera y única opción.

Estos Covenanters inconmovibles ahora estaban pasando por la prueba más severa de su fe. Ellos eran cazados, arrestados, atormentados, abaleados, colgados, destruidos en la manera más infernal. No se les mostró misericordia ni justicia. Pero la pena más agonizante fue el reproche que les fue lanzado por Covenanters apostatas. Por estos ellos eran difamados como hombres peligrosos, desleales a su país y una vergüenza a la religión. Todos los ministros, por el temor o con desprecio, los habían desamparado. Esto fue más duro soportar que el fuego, la horca, y la espada combinados. Ellos publicaron un llamado conmovedor a los pastores para que regresasen y apacentasen este rebaño de Dios. El llamado fue como el gemido de niños perdidos que lloran por el cuidado y la compasión de un padre. El llamado contenía estas palabras prometedoras:


Oiremos a todo ministro, ya sea en casas o por los campos, que prediquen conforme a la Palabra de Dios, a nuestros Pactos, a la Confesión de fe, y a los Catecismos, Mayor y Menor, que abracen este, nuestro llamado.


El llamado fue presentado a cuantos podrían ser hallados, pero fue rechazada por todos. Estos que rechazaron su llamado eran ministros que, veinte años atrás, habían sido expulsados de sus iglesias, porque ellos no estuvieron dispuestos abandonar su Pacto y someterse al rey. Y éstos fueron las personas que los habían seguido al desierto, que se reunían alrededor de ellos en grandes conventículos, que disfrutaban los maravillosos tiempos de comunión bajo su ministerio, y que arriesgaban sus vidas en su defensa. Ahora el rebaño había sido abandonado; los pastores habían huido.

Estas personas, sin embargo, no podían ser ignoradas. Ellas eran numerosas; unos pocos años más tarde, debido a una emergencia, reunieron un regimiento para su defensa del país sin los golpes de tambor, y anunciaron que otro regimiento o dos les seguirían después si los necesitasen. Ellos fueron valientes; dieron un testimonio muy agresivo en Lanark contra el rey y las apostasías de los tiempos. Ellos fueron inteligentes; defendieron hábilmente sus principios y su posición tanto en discurso como por escrito. Ellos fueron dedicados; hicieron su apelación siempre a Dios, al Pacto, a la conciencia y al juicio esclarecido de la cristiandad.

El Junta General determinó en 1682 educar a cuatro jóvenes para el ministerio, entre los cuales estaba James Renwick. Estos fueron enviados al colegio. Renwick fue ordenado en 1684.

Cada sociedad procuró tener una reunión cada día de reposo para el culto Divino. Esto sirvió mucho en proveer el alimento espiritual que los ministros habían fracasado dar. La «Sociedad» es un recuerdo dulce, que aun perdura en los corazones de algunos de nuestros ancianos. Hay Covenanters que aun pueden recordar las antiguas reuniones de oración, conocida en ese entonces como la «Sociedad» que descendió desde los tiempos de persecución. Ellos pueden recordar, cómo una media docena de familias, a veces más, a veces menos, que llegaban juntos calladamente por la mañana en el día de reposo a uno de sus hogares. La atmósfera, por dentro y por fuera, estaba saturada con una solemnidad sacrosanta. Un deleite silencioso, dominado con seriedad, brillaba en cada rostro. El cuarto más grande de la casa estaba lleno con hombres, con mujeres y con niños; las sillas eran complementadas con tablas, cubiertas con colchas, para asientos. A las 11 de la mañana la adoración de Dios comenzaba.

El orden del culto era el siguiente:


Un Salmo anunciado, una bendición invocada, el canto del Salmo, la lectura de un capítulo y la oración por el líder.
El versículo bíblico anunciado, la declaración de la doctrina y las observaciones.
Un segundo Salmo, el capítulo, y la oración.
La lectura en la Confesión de Fe o en un sermón.
Un tercer Salmo, el capítulo, y la oración.
Los niños recitando Salmos y Preguntas.
El Catecismo Menor recitado por toda la casa.
Un cuarto Salmo, seguido por una oración corta.
La despedida a las 3 de la tarde.

Estas sociedades fueron las raíces profundas de la Iglesia Pactante. Por medio de ellos, ella llegó a ser completamente adoctrinada en la Palabra de Dios y en Su santo Pacto. En estas reuniones los ancianos llegaron a ser como ministros en el conocimiento de Cristo, y el pueblo como los ancianos. El débil en Israel se fortalecía como la casa de David, y la casa de David como el ángel del Señor. Había gigantes en aquellos días.

La Iglesia Pactante debe revivir el espíritu y los ejercicios de la sociedad si desea recuperar su vitalidad; ella debe reanudar estos ejercicios espirituales si desea sentir de nuevo el resplandor de un vigor sano. Estas raíces han sufrido decaimiento; invariablemente los árboles son desarraigados con facilidad. Cuándo la adoración de Dios en el compañerismo cristiano caracteriza la Iglesia, el pueblo tomará fuerzas y podrá sostenerse entre los derrumbes espirituales y la apostasía general que caracteriza los tiempos en que vivimos.


Traducido por Joel Chairez



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