Presbiteriano Reformado - Proclamando la Palabra de Dios



SOBRE EL ADVENIMIENTO FINAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO



Por Juan Calvino



Porque es justo para con Dios pagar con tribulación á los que os atribulan; Y á vosotros, que sois atribulados, dar reposo con nosotros, cuando se manifestará el Señor Jesús del cielo con los ángeles de su potencia, En llama de fuego, para dar el pago á los que no conocieron á Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; Los cuales serán castigados de eterna perdición por la presencia del Señor, y por la gloria de su potencia, Cuando viniere para ser glorificado en sus santos, y á hacerse admirable en aquel día en todos los que creyeron: (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros.) II Tesalonicenses 1:6-10 RVR 1909



Nuestro Señor tiene que aparecer procedente del cielo. Este es uno de los principales artículos de nuestra fe. Su venida no tiene que ser inútil. En consecuencia tenemos que esperar esa venida, esperando nuestra redención y salvación. No tenemos que dudar de ella. Porque ello violaría todo lo que nuestro Señor Jesucristo hizo y sufrió. Pues, ¿por qué descendió a este mundo? ¿Por qué fue vestido con carne humana? Por qué fue expuesto a la muerte? ¿Por qué fue levantado de la muerte y levantado al cielo? Así, que esta venida de nuestro Señor es para sellar y ratificar todo lo que hizo y sufrió para nuestra salvación. Ahora bien, esto debería alcanzar suficientemente para resistir todas las tentaciones de este mundo.

Pero, puesto que somos tan frágiles que no podemos poner fe en lo que Dios nos dice, ahora San Pablo usa otro argumento para confirmarnos mejor en esta esperanza, a la cual nos ha exhortado en la persona de los tesalonicenses. Dios no permitirá que lo desprecien de esa manera quienes rechazan el evangelio, sin tener en cuenta la majestad celestial de Dios. No está dispuesto a permitir que sus criaturas se levanten contra él y lo resistan. Por eso deberíamos estar tanto más confirmados en la esperanza de nuestra salvación, ya que Dios está interesado en ella como si fuera su propia causa. Este es un punto que deberíamos notar bien.

Aunque Dios nos asegura ampliamente su interés en nuestra salvación, nuestra naturaleza está tan llena de desconfianza que siempre dudamos. Pero cuando somos confrontados con la enseñanza de que Dios mantendrá su derecho y que no permitirá que su majestad sea pisoteada por los hombres, ello debería llenarnos de seguridad. Luego es cierto que Dios nos da esta gracia de unir su gloria con nuestra salvación de manera que exista una unión separable entre ambas. Puesto que Dios no puede sino mantener su majestad contra el orgullo y la rebelión de los hombres, ¿cómo no será infaliblemente cierto que nuestro Señor Jesús va a venir para darnos liberación y reposo?

Notemos entonces, que Jesucristo no puede mantener la gloria de su Padre si no se declara a si mismo como nuestro Redentor. Estas cosas no pueden ser separadas. Vemos el infinito amor de Dios para con sus fieles al unirse de tal manera a ellos que, así como no puede olvidarse de su gloria, tampoco no puede olvidar nuestra salvación. Si él emplea su poder para vengarse de aquellos que le resisten, castigará tanto más a aquellos que han afligido injustamente a los suyos. Eso es lo que San Pablo quiere decir cuando afirma aquí que Jesucristo vendrá incluso para tomar venganza de aquellos que no han conocido a Dios ni obedecido su Evangelio. Es como si dijera: «Aquí están tus enemigos que te persiguen. ¿Quieres poner en duda ahora que Dios considera tus aflicciones a efectos de tenerte piedad y aplicar el remedio? ¿Piensas que Dios no tiene en cuenta su propia gloria y que no está dispuesto a mantenerla? Aunque los adversarios te aflijan debido a que sigues el evangelio, Dios, al mantener su propia causa se manifestará como tu protector.»

Sin embargo, San Pablo nos da aquí otras amonestaciones que nos son muy útiles. Porque cuando habla de la venganza que está preparada para nuestros enemigos, dice: «Jesucristo vendrá, incluso con los ángeles de su poder y en llama de fuego.» ¿Y con qué propósito? Es para confirmar lo que sigue diciendo, es decir, que los enemigos del evangelio surtirán su castigo delante de Dios y delante del rostro de su gracia. Es como si dijera que jamás podremos comprender el tormento de los incrédulos, como que tampoco no vemos la gloria de Dios, porque cuando hablamos de la gloria de Dios sabemos que es infinita. No podemos medirla, mas tenemos que ser capturados por ella de asombro. Así es el horrible castigo preparado para los incrédulos, cuando Dios suelte su poder contra ellos. Porque así como es inestimable su majestad, también su tormenta tiene que ser incomprensible para nosotros. Suficiente con esto.

Además, cuando San Pablo habla de infieles y enemigos de Dios, dice: «No lo han conocido,» y que no han obedecido el evangelio, o que han sido rebeldes. Esta forma de hablar implica una doctrina muy útil. Porque si uno pregunta a los hombres si quieren hacer guerra contra Dios, aunque sean muy malvados, dirán que no. Sin embargo, hacen todo lo contrario a lo que profesan, puesto que no están dispuestos a estar totalmente sujetos al Evangelio. ¿Cómo es posible? Está escrito que no podemos obedecer a Dios excepto por fe. Así lo afirma San Pablo tanto en la Epístola a los Romanos como en el libro de los Hechos. Puesto que la fe consiste en auténtica obediencia, y obediencia como la que Dios demanda y aprueba, se deduce que todos los que no quieren creer el Evangelio son rebeldes contra él, y lo son en la medida en que son capaces de levantarse contra el. Si ellos protestan afirmando que esa no es su intención, los hechos son los mismos. Mediante esto se nos enseña que no podemos servir a Dios si en primer lugar no creemos en el Evangelio aceptando todo lo que contiene para humillarnos. En resumen, la fe es el principal servicio que Dios espera de los hombres. Es cierto, no obstante, que hemos de notar que la fe no es simplemente asentir con la mente lo que se nos enseña, sino que también tenemos que traer el corazón y los sentimientos. Porque no debemos aceptar únicamente con la boca y la imaginación lo que se nos dice, sino que la enseñanza tiene que ser impresa en el corazón, y debemos saber que no se nos permite oponernos a nuestro Dios. Al contrario, queremos seguir la doctrina ofrecida con un auténtico deseo. La fe entonces, proviene del corazón, donde tiene su raíz, y no consiste únicamente y simplemente de conocimiento. Porque si solamente estuviéramos convencidos de que el Evangelio es una doctrina razonable, aunque realmente no nos agrade, y que quizá incluso nos disguste y enoje, ¿acaso eso sería obediencia? Ciertamente, no.

Aprendamos entonces, a efectos de obedecer a Dios, a no solamente considerar como buena y santa la doctrina del Evangelio, sino a amarla y a unir reverencia con amor conforme a lo que David dice en la ley, que él la halla más dulce que miel y más preciosa que oro y plata. Entonces tenemos que considerar preciosa la doctrina del Evangelio, y tenerla en gran estima, más que todas las cosas que puedan parecernos dulces y dignas de amor. Cuando lo hacemos así, Dios aprobará nuestra obediencia. Ese es el servicio peculiar que él espera de nosotros. De lo contrario, será en vano que hagamos esto o aquello, todo cuanto intentemos será en vano que hagamos esto o aquello, todo cuanto intentemos será abominación delante de Dios, mientras no hayamos creído en el Evangelio.

En esto vemos cuán miserable es la condición de los papistas. Ellos mismos se atormentan más y más con sus así llamadas devociones. Creen estar bien asidos a Dios. Cuando bromean como lo hacen cuando balbucean sus Padrenuestros, cuando escuchan muchas misas, trotan en peregrinaciones, pagan dinero para hacer su abominación; cuando hacen todo esto creen que Dios tiene que concederles bienes equivalentes a sus méritos. ¿Y por qué entonces? Les falta lo principal que es la fe. Pues, aunque aquellas cosas no fuesen malas, ni contra Dios, sin embargo se volverán frívolas delante de Dios cuando de parte de los hombres son ofrecidas sin fe. Luego vemos que si bien los papistas trabajan confiadamente para servir a Dios solamente aumentan su propia condenación atrayendo aun más la ira de Dios sobre sus cabezas. Tanto es así que aquí se los llama rebeldes contra Dios, puesto que no quieren estar sujetos a la doctrina del Evangelio. Para estar seguros dirán: «Vean, nuestra intención es servir a Dios, y a ese efecto hacemos esto y aquello.»

Muy bien. Pero aquí está Dios que le invita. El le demuestra que el único bien que usted tiene está en su pura gracia y misericordia, que solamente en Jesucristo debe usted buscar salvación. El le declara que ha enviado a su Hijo para que usted pueda experimentar el resultado de su pasión, que en el nombre de Cristo y por medio de él serán recibidas y remitidas todas sus deudas, que usted no debe buscar a ningún otro abogado para hallar acceso a su majestad, que usted debería pedir ser renovado por su Espíritu Santo. He aquí nuestro Señor, hablando de esta manera. Ustedes, papistas, ¿qué están haciendo? No hay sino orgullo y presunción en ustedes. Como un toro ataca a todas las promesas que Dios les da y pretenden haber obtenido por sus propios medios lo que solamente puede darles Cristo. Ustedes depositan confianza en sus obras y méritos. Van para buscar patronos y abogados que les parecen bien. Entre tanto, Jesucristo es dejado de lado. No hay fe en ustedes. Le que es peor, ustedes son rebeldes contra Dios, libran una guerra mortal contra él, en vez de servirle y honrarle, como ustedes piensan que lo hacen.

De manera que, entonces, ciertamente tenemos que magnificar a nuestro Dios, porque nos ha rescatado de semejantes profundidades, y nos ha demostrado cuál es la verdadera entrada a su servicio, es decir, el nos une puramente a la doctrina del Evangelio y que recibamos las promesas que él nos da. Además, si percibimos que los hombres son humillados, esa es una auténtica preparación para conducirlos al servicio de Dios, incluso a la obediencia plena y perfecta que Dios aprueba. Ese es, entonces, un punto, que toda incredulidad es rebelión contra Dios, puesto que no hay obediencia a menos que comience por medio de la fe.

San Pablo dice que aquellos que no obedecen el Evangelio de ninguna manera conocen a Dios. Por lo cual vemos que la ignorancia no es una excusa para los hombres, aunque confíen en ella corno en un escudo. Les parece suficiente si no están abiertamente convencidos de haber pecado conscientemente. Afirman que Dios les tiene que perdonar todo. ¿De veras? Pero San Pablo dice específicamente que Jesucristo vendrá para destruir a aquellos que no han conocido a Dios. Comprendamos entonces, que estamos aturdidos y perdidos a menos que conozcamos a aquel que nos ha creado y a aquel que nos ha recibido. En efecto, eso es muy razonable. Porque, ¿porqué nos ha dado Dios sentido y espíritu, si no es para que conociéndolo lo podamos adorar, y para que podemos rendirle el honor que le pertenece. Les hombres quisieran ser estimados y honrados en gran manera, sin importar lo que le suceda a su Creador. ¿Acaso es correcto? ¿Acaso no es contra la naturaleza?

Sin embargo, noten que la ignorancia de los incrédulos no procede de una pura simpleza, sino que hay malicia, orgullo e hipocresía, que los llevan a no tener discreción ni sentido. ¿De qué manera? Porque si pudiéramos conocer a Dios, ciertamente vendríamos para humillarnos delante de él. Porque a los hombres les resulta imposible pensar lo que Dios es realmente, sin ser tocados en lo más Intimo por algún temor de manera de inclinarse ante él. De manera entonces, cuando somos rebeldes contra él, ello es señal de que nunca lo hemos conocido. Porque este conocimiento de Dios es algo demasiado vivo para nosotros como para decir que lo vemos y luego ser obstinados y rebeldes como incrédulos.

Si uno alega diciendo que son ignorantes, ello es cierto. Pero así también son malhechores e hipócritas. Porque, ¿acaso no tenemos todos nosotros suficientes cosas para afirmar que somos inexcusables? Aunque solamente existiera la semilla que por naturaleza Dios puso en nosotros, de manera que contemplando el cielo y la tierra debiéramos pensar que existe un Creador del cual procede todo, no obstante, Dios se revela a nosotros como en un espejo, mostrando su majestad y su gloria, y no existe nadie que no esté convencido de ello. Los más malvados, aunque se hayan mofado de Dios, viéndose en alguna desgracia, se refugiarán en él sin pensarlo. Porque Dios los impulsa a ello para despojarlos de toda excusa, de manera que los incrédulos no son tan ignorantes como para que no haya hipocresía en ellos. Ellos quieren cubrirse, puro cierran sus ojos conscientemente. En ello también hay orgullo y malicia. Porque si quisiéramos honrar a Dios tal como le corresponde, tendríamos una gran ansiedad por inquirir acerca de él y de su voluntad. Entonces, si somos tan cobardes y fríos, ello es señal de que lo despreciamos. Es decir, que no querernos ninguna otra cosa sino ser dejados en las tinieblas. ¿Cómo es posible eso? Porque si nos acercamos a Dios y él nos amonesta por nuestras faltas, deberíamos aprender a estar apesadumbrados por causa de nuestros pecados y a corregimos. Nos conformamos con estar dormidos en nuestros harapos. Así es como evitamos los penetrantes rayos de Dios.

Noten bien entonces, que no es sin causa que los hombres sean castigados, a pesar de su ignorancia. Porque no pueden alegar que fue simple ignorancia, sino más bien hipocresía, mezclada con orgullo y malicia. Es por eso que San Pablo afirma, que aquellos que han pecado sin la ley (es decir, aquellos que no han tenido el conocimiento de la palabra de Dios) también se perderán, agrega que Dios ha grabado una ley sobre el corazón de todos. Aunque quizá no tengamos las escrituras ni la predicación aun así tenemos a nuestra conciencia que debiera servimos de ley, y eso será suficiente para condenamos en el día final. Podremos tener muy bien muchos subterfugios para con los hombres y pensaremos que deberíamos ser eximidos, pero nuestra rendición de cuentas será muy deficiente cuando aparezcamos ante el Juez celestial. Allí veremos que todas nuestras excusas serán frívolas. Notemos bien este pasaje donde se dice que nuestro Señor vendrá para ejecutar su venganza sobre todos aquellos que no han conocido a Dios y que no han obedecido el Evangelio, es decir, sobre todos los incrédulos. De esa manera vemos que la fe es la única puerta a la salvación y a la vida, puesto que Jesucristo tiene que venir para turbar a aquellos que no han creído.

Además, notemos que hasta que Dios no haya iluminado a los hombres, éstos son totalmente ignorantes y ciegos. ¿Y por qué? Porque bien podemos comprender todas las cosas del cielo o de la tierra, pero hasta no haber conocido a Dios, ¿de qué nos sirve? No vamos a conocerlo hasta que él no nos ilumine por medio de su Espíritu Santo. Vemos entonces que no seremos excusados por causa de nuestra ignorancia, de modo que ninguno se adule a si mismo o se duerma. Por otra parte, notemos también que cuando hayamos conocido a Dios no es sino razonable que estemos sujetos a él, y que él nos controle, y que su voluntad guíe nuestros pensamientos y sentimientos, y que nuestra fe en el Evangelio debería ser tal que podamos profesar como David que esta doctrina nos es más dulce que la miel y más preciosa que oro y plata. Suficiente en cuanto a este punto.

Además, aquí vemos cómo Dios quiere darnos seguridad en cuanto a nuestra salvación. Porque si Jesucristo va a venir para tornar venganza de todos aquellos que no han creído el Evangelio, sino que lo han resistido, podemos y debemos deducir que el mundo será juzgado únicamente conforme al Evangelio. Ahora se nos dice que cuando en auténtica fe hayamos recibido las promesas de Dios no debemos dudar de su bondad ni de su amor hacia nosotros, ni dudar de que Jesucristo hará bien lo que nos ha ofrecido para nosotros y nuestra redención. Entonces, todos aquellos que creen en el Evangelio se pueden jactar sin ninguna duda de que Jesucristo vendrá como Redentor de ellos. Dios nos da esta certeza, siempre y cuando no rechacemos ese don.

En cuanto a lo que San Pablo dice aquí del poder y de la gloria de Jesucristo, es para indicar que su venida será tanto más terrible para todos los incrédulos y rebeldes. ¿Acaso es poca cosa cuando dice que Jesucristo vendrá en la compañía de ángeles, que vendrá con llama de fuego, que vendrá con una majestad incomprensible, en efecto, para descender con relámpagos contra todos sus enemigos? De manera que vemos aquí que San Pablo quiso amonestar aquí a los incrédulos, por si hubiera algún remedio para ellos, a efectos de advertirles que no sigan siempre incorregibles. Sin embargo, cuando vemos que todos los que son atraídos por Satanás y endurecidos no hacen sino mofarse de todas las amenazas de Dios, saquemos una lección de ello. Y cuando olmos que Jesucristo vendrá en forma tan terrible, permanezcamos de tal manera en temor y bajo control, que cuando Satanás venga para aguijonearnos a lisonjearnos para dejar de obedecer el Evangelio; quizá pensemos en decimos a nosotros mismos: «¿Adónde vamos? ¿A qué perdición? ¿Acaso estamos invocando contra nosotros a Aquel a quien es dada toda majestad, dominio y gloria para arrojar al abismo a todos los que a él se oponen?» Si pensáramos en esto ciertamente seríamos retenidos de tal manera que todos los deseos de nuestra carne y todas las tentaciones del mundo no podrían hacer nada contra nosotros.

Sin embargo, San Pablo ahora también quiso comparar la primera venida de nuestro Señor Jesucristo con la segunda. ¿Por qué es que los malvados y lo que desprecian el Evangelio se levantan tan osadamente de manera que los vemos enfurecidos y fuera de control? Es porque oyen que Jesucristo, estando aquí en este mundo, tomó la condición de un siervo, que incluso se despojó de todo a si mismo, como lo dice San Pablo, al extremo de llegar a esta muerte que era vergonzosa y llena de desgracia. Aunque los enemigos de Dios no conocen a Jesucristo sino en esta debilidad, ellos la usan como oportunidad para blasfemar contra él con semejante furia. Es cierto, pero ellos no consideran que, así como sufrió conforme a la debilidad de la carne, así también fue levantado por el poder de su Espíritu. Desplegó entonces una gloria debajo de la cual todos nosotros, tanto grandes como chicos, deberíamos temblar. Pero, nuevamente, silos incrédulos no conocen cuál fue el poder que apareció en la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, escuchen lo que dice aquí, es decir, que él no va a venir para ser despreciado.

Entonces, él vino así, para ser hecho obediente en nuestro nombre, según era necesario para pagar por nuestros pecados. Pero ahora vendrá para ser Juez. El fue juzgado y condenado para que nosotros pudiéramos ser librados delante del trono de juicio de Dios, y para que pudiéramos ser absueltos de todos nuestros pecados. Pero ya no será cuestión de venir en semejante humildad. En ese entonces él vendrá con los ángeles de su gloria. Eso es lo que San Pablo quiso decir afirmando que la venida de nuestro Señor Jesucristo será terrible.

Además, notemos que él agrega aun más: «Vendrá para ser admirado en sus santos» y para ser glorificado en ellos. No es sin causa que San Pablo agrega esta afirmación. Porque, ¿Quiénes somos nosotros para resistir la presencia del Hijo de Dios cuando venga en ardiente fuego y llamas? Cuando él venga con fuerza, más allá de todo entendimiento, ¡ay! ¿no nos derretiremos en su presencia, como la nieve en el sol, y acaso no seremos reducidos a la nada? La sola mención de esta divina gloria de Jesucristo sería suficiente para hundirnos en las profundidades. Pero San Pablo nos muestra que si somos del número de los fieles, y si en el día de hoy creemos el Evangelio, no hay por qué temer cuando aparezca Jesucristo, ni atemorizarnos por la majestad que entonces resplandecerá en él. ¿Y cómo es eso?

Porque vendrá (dice él) para ser glorificado en sus santos y ser admirado en ellos. Como diciendo que lo que dijo arriba de fuego y llama, lo que mencionó de terror y temor, no es para desanimar a los creyentes como para no desear la venida de nuestro Señor Jesucristo ni levantar sus cabezas cada vez que ella les es mencionada. Porque él vendrá para su redención. La doctrina de que nuestro Señor une estas dos cosas es suficientemente común en las Sagradas Escrituras. El vendrá para tomar venganza de sus enemigos, y vendrá para liberar a los suyos. Vendrá para ser Salvador de aquellos que le han servido y honrado, y para derribar y turbar a aquellos que se han endurecido contra él y su palabra. Entonces recordemos bien que esta terrible descripción que aquí se presenta no es para atemorizarnos, sino más bien para alegrarnos porque tal es el amor y gracia de Dios hacia nosotros. Ciertamente, nuestro Señor Jesús vendrá con terrible poder. ¿Y para qué? Para arrojar a todos sus enemigos al abismo, para vengar las heridas, insultos y aflicciones que habremos soportado.

¿Cómo es que somos dignos para que el Hijo de Dios despliegue de esa manera su majestad y se muestre con semejante terror contra aquellos que son criaturas suyas? Ciertamente no lo somos, pero él quiere hacerlo porque nos ama. Como ya he dicho, debemos ser consolados cuando dice que el Hijo de Dios vendrá, y que vendrá con semejante terror y una majestad tan terrible. Porque con esto declara eficazmente el infinito amor que tiene y muestra hacia nosotros, puesto que no escatima a su poder y majestad para vengar todas las heridas hemos soportado. Pero no podríamos regocijarnos en esto hasta no observar lo que San Pablo dice aquí, es decir que nuestro Señor Jesucristo no sólo vendrá para venganza contra sus enemigos y aquellos que se han rebelado contra el Evangelio, sino también para ser glorificado y admirado en sus santos y aquellos que han creído.

Cuando San Pablo agrega esto es como si dijera: «El vendrá para hacernos partícipes en su gloria, para que todo lo digno de honor y reverencia en él nos sea comunicado en ese momento.» En resumen, San Pablo declara que nuestro Señor Jesucristo no va a venir para guardar su gloria para si mismo, sino para que sea derramada sobre todos los miembros de su cuerpo. Por eso dice a los colosenses: «Ahora nuestra vida está oculta, pero cuando venga nuestro Señor Jesucristo, será revelada.» Entonces, él no viene para tener nada peculiar a si mismo y de lo cual nosotros somos privados, sino más bien para que su gloria sea comunicada a nosotros, no es que no haya tenido siempre preeminencia sobre los suyos, razón por la cual el es la Cabeza de Su Iglesia. En efecto, la gloria que él nos ha comunicado no es para reducir ni oscurecer la suya propia, sino que más bien nosotros tenemos que ser transformados, según San Pablo lo dice a los filipenses. En vez de estar lamentablemente lleno de debilidades como estamos ahora, tenemos que ser conformados a la vida celestial de nuestro Señor Jesucristo.

De manera que San Pablo, al hablar de esa manera, prestó especial atención a la condición de los creyentes, tal como es en esta vida. Porque somos hombres marcados, nos señalan con los dedos; nos sacan la lengua, vemos que los malhechores se mofan de los hijos de Dios. Así que es preciso volvernos despreciables de manera de no buscar nuestra propia gloria en este mundo. Ciertamente, Dios podría hacer que fuésemos estimados por todo si él quisiera, pero él quiere que soportemos esas infamias para que levantemos la mirada y busquemos nuestro triunfo en lo alto. Y, además, ¿seria propio que nosotros fuésemos glorificados y aplaudidos aquí mientras que Dios fue deshonrado? Les malhechores se mofan plenamente de Dios y si les fuera posible incluso le escupirían en la cara. Y nosotros, ¿todavía querríamos ser honrados por ellos? Si quisiéramos eso, ¿no se tendría que decir que somos demasiado cobardes? Continuado con lo que comencé a decir, aunque ahora los fieles son despreciados, algunos se mofan de ellos, otros los oprimen, son despojados de su casa y hogar, y son pisoteados; por eso es que el apóstol nos recuerda el día final, diciendo que entonces seremos admirados incluso como es admirado el Hijo de Dios. Sin embargo, no temamos que la gloria que él pone sobre nosotros falle en atemorizar a nuestros enemigos, de manera que ellos sean puestos por estrado de nuestros pies, según lo dice la Escritura. Pero aquí San Pablo muestra especialmente quienes deberían tener la esperanza de compartir la gloria del Hijo de Dios, y describe el carácter de aquellos que han creído cuando los llama «Les santos.» Porque demuestra que (1) los que están entregados a la polución de este mundo no tienen que esperar parte alguna o porción en esta herencia, ni de tener nada en común con el Hijo de Dios. Sin embargo, al agregar «aquellos que han creído» muestra (2) que la fe es la auténtica fuente y origen de toda santidad. Y, en tercer lugar muestra (3) que si tenemos una fe pura y recta no podemos sino ser más y más santificadas. Estos son los tres puntos que tenemos que recordar.

El primero es que si ahora vamos a contaminarnos y a revolcarnos en nuestra suciedad y poluciones, somos cortados del Hijo de Dios y no tenemos que esperar que su venida sea de provecho alguno para nosotros, recordemos por eso lo que dice el profeta: «No anhelen la venida del Día del Señor, porque nos será (sic) un día de terror a asombro y no un día de salvación y gozo. Será un día de crueldad y confusión. Será un día de tinieblas y sombras.» Puesto que en ese tiempo había muchos que se escudaban con el nombre de Dios, el profeta les muestra que les costará muy caro. Del mismo modo vemos que actualmente la gente más malvada hace confesión a plena boca y a toda voz. ¿Cómo es eso? ¿Acaso piensan que no tenemos a Dios y que no queremos también ser cristianos tan buenos como otros? Demasiado cierto. Pero son personas corrompidas y llenas de toda impiedad que tienen tanta religión como los perros y los cerdos. Finalmente, cuando son examinados en su vida, se ve que están llenos de deslealtad, que no tienen más lealtad o fe que los zorros; que están llenos de tretas y perjuicios, llenos de crueldad, llenos de amargura contra sus prójimos; que son dados a toda indecencia y ultraje, y todo aquel que les ofrezca más ganará su voto; abren un negocio para defraudar con ambas manos, de manera que no solamente venden su fe sino también su honor delante de los hombres; abren una feria y un mercado para entregarse ellos mismos a toda clase de mal. En resumen, se los ve extremadamente desfachatados y viles, aunque nunca dejan de jactarse de ser algunos de los más avanzados en la iglesia de Dios, de que Dios los ayudará, según ellos creen, como si él estuviese muy obligado a los de su propio tiempo dice: «¿Cómo es eso? ¿De qué se jactan? ¿Del día del Señor? ¿Creen que su venida les aprovechará de algo? No, de ninguna manera. Les será, en cambio un día espantoso, un día terrible y aterrador. Para ustedes no habrá sino terror y estupor.» De este pasaje de San Pablo tenemos que recordar que si queremos que la venida de nuestro Señor Jesucristo nos aproveche, y que él pueda aparecer como nuestro Redentor para nuestra salvación, tenemos que aprender bien a dedicarnos a la santidad y que tenemos que ser separados de las contaminaciones de este mundo y de la carne. Suficiente con esto en cuanto al primer punto.

Pero para triunfar en esto notemos que tenemos que comenzar por medio de la fe, lo cual también se deduce de lo que hemos discutido considerablemente. En efecto, la fe es la fuente de toda santidad, como se lo menciona en Hechos 15, donde San Pedro dice que por la fe Dios purifica el corazón de los hombres. Eso se dice para mostrar que por muy hermosos que puedan parecer siempre estarán contaminados e infectados delante de Dios, hasta que él los purifique por medio de la fe.

Ahora bien, por la tercera proposición somos amonestados de que si tenemos auténtica fe, no podemos sino ser más y más santificados. Esto es, somos reformados únicamente para el servicio de Dios, y somos dedicados a honrarle únicamente a él. ¿Cómo es eso? Tan pronto como por la fe agradamos a Jesucristo, él morará en nosotros, tal como lo dice toda la Escritura, y como lo dice especialmente San Pablo. Jesucristo (dice él) habita por la fe en el corazón de ustedes. Les pregunto, ¿acaso no es incompatible que Jesucristo more en nosotros y nosotros todavía andemos en vilezas y cosas inmundas? ¿Creemos que él quiere vivir en un chiquero? Entonces, es preciso que estemos consagrados a él.

Además, él no puede estar con nosotros excepto por medio de su Espíritu Santo. Y ¿Acaso no es él el Espíritu de santidad, justicia y rectitud? Entonces, ¿no sería una mezcla extraña silos hombres se jactaran de tener fe en Jesús viviendo al mismo tiempo vidas disolutas, malvadas, y contaminadas por todas las infecciones del mundo? Sería como decir: «Acepto al sol, pero no su resplandor.» Eso trastornaría todo el orden de la naturaleza. Porque es más fácil que venga el sol sin su resplandor que Jesucristo sin su justicia. Notemos bien entonces, no hemos de tomar esta cubierta de hipocresía diciendo que tenemos fe en el Evangelio y que lo creemos con un conocimiento seguro, a menos que nuestra vida corresponda a ello, demostrando que hemos recibido a Jesucristo, y que por la gracia de su Espíritu Santo nos dedica y santifica para obedecer a Dios su Padre.

De manera que no debemos apoyarnos en cosas falsas para usurpar este título de fe, puesto que es algo tan sagrado. Cuidémonos entonces de no profanarlo. Pero si creemos en el Hijo de Dios, mostremos por el resultado que hemos creído en él. También es seguro que él nos hará experimentar su poder. Nos dará la gracia para esperar con paciencia su venida. Aunque en este mundo tengamos que sufrir muchas heridas por su nombre, al final seremos revestidos con su gloria y su rectitud. El nos ha dado la promesa, la fuerza que él nos hará sentir siempre y cuando nosotros la recibamos sin duda alguna.

Inclinémonos en humilde reverencia delante de nuestro Dios.



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